NEFELIBATA

PROKÓFIEV: LUTO A CONTRACORRIENTE

La música de Prokófiev es tierna y feroz al mismo tiempo. A sesenta y tres años de su muerte, la suya es una obra vigorosa que además conserva intacta su capacidad de generar polémicas.

Sin ir más lejos, cuando el Nazas se reinauguró en el año 2004 como teatro, fue con una puesta en escena de su Cenicienta, a cargo del Ballet de Montecarlo.

Enseguida de esa función inaugural alguna locutora de radio etiquetó la obra como psicológica y freudiana; un columnista de diario escribió que se trataba de un show impropio para tal recinto cultural; un señor de entre el público expresó en voz alta su inconformidad a la hora de la salida: esto no fue ballet, fueron “puras joterías”.

Y eso que La Cenicienta es mucho más convencional que otros de sus ballets.No es para menos.

Prokófiev fue quien sacudió con sus disonancias y extravagantes armonías la costra de confitura que años de tradición romántica habían formado en el paladar del conservador público ruso de inicios del siglo XX.La vida del compositor estuvo llena de ironías y paradojas.

Nacido en 1891, ingresó al Conservatorio de San Petersburgo a los trece años. Pronto se ganó el calificativo de Niño Terrible de la música, papel que desempeñó con gusto; abundan anécdotas que pintan su astringente personalidad a lo largo de su vida.

Educado en los últimos años de la sociedad zarista, hizo carrera en Europa y en América.Al volver a su patria, Rusia se había transformado en la URSS.

El mundo oficial criticó entonces su música como demasiado difícil, un ataque elitista contra el gusto proletario. Los nuevos comisarios culturales soviéticos resultaron tanto o más conservadores que los maestros del viejo conservatorio zarista. Luego de la Revolución de 1917 se vivió en la URSS una apertura hacia todas las experimentaciones creativas.

Por desgracia esto cambió de manera radical cuando Stalin se hizo con el poder. A principios de los años treinta el partido comunista enunció la teoría del Realismo Socialista, que condenaba a las vanguardias artísticas como una manifestación de la decadencia capitalista.

La sola acusación de hacer arte por el arte y no arte para el pueblo podía destruir la carrera de cualquier escritor, pintor o músico. No pocos creadores fueron encarcelados y ejecutados por salirse de los estrechos límites impuestos.

La fama internacional de Prokófiev, junto a la de Shostakóvich, Miaskóvsky y otros colegas, lejos de protegerlo lo convertía en blanco preferido para las duras reprimendas oficiales. Prokófiev murió el mismo día que Stalin, el 5 de marzo de 1953.

Así que su fallecimiento pasó desapercibido en su país y en el resto del mundo por varios días, incluso semanas.El contraste entre ambos funerales no pudo ser mayor. Aunque Prokófiev fue velado en el Palacio del Sindicato de Compositores, la totalidad de los burócratas de la cultura estaban en las ceremonias para el dictador.

El más importante compositor de la URSS tuvo una despedida solitaria.Solo asistieron sus dos hijos, su joven viuda Mira (pues Lina, la primer esposa, purgaba una arbitraria condena de ocho años en un campo de trabajos forzados), un par de jóvenes intérpretes que pronto serían famosos en todo el mundo, el pianista Sviatoslav Richter y el violinista David Óistraj y un puñado de amigos íntimos.

Luego de décadas de la tiranía de Stalin, millones de rusos se sentían consustanciados con el sátrapa que los sojuzgó con brutalidad. Ahora se volcaban en masa rumbo a sus exequias oficiales.

El reducido cortejo fúnebre de Prokófiev tuvo que avanzar con su pena y con su muerto a contracorriente de los ríos de gente que se vaciaban en la Plaza Roja.Hubo que dar grandes rodeos por las nevadas, estrechas calles laterales, pues las avenidas principales se encontraban atestadas o bloqueadas por barricadas militares, tanques de guerra y alambradas de púas. Moscú parecía estar de nuevo bajo estado de sitio.Ni el compositor ni el matarife fueron los únicos muertos ese día.

En su afán por acercarse al lugar donde estaban los despojos embalsamados de Stalin, en muchos puntos del Kremlin el orden fue rebasado por las multitudes ganadas por la histeria.

Cientos de personas fallecieron asfixiadas y pisoteadas por la muchedumbre enloquecida. Ni siquiera muerto Stalin dejaba de dañar a su pueblo.Fue imposible conseguir flores en lo más profundo de aquél invierno.

Richter cortó una rama de pino del cementerio de Novodiévichi para colocarla sobre el ataúd. Más difícil fue encontrar en toda la obra de Sergei Prokófiev música adecuada para la ocasión.

A la distancia, resulta increíble que alguien que sufriera tantas contrariedades y desilusiones a lo largo de los años, especialmente de los últimos, hubiera compuesto tan poca música triste.

Para su entierro sólo sirvieron los dos movimientos lentos de su Primer Sonata para Violín, que Óistraj se encargó de tocar. Alguna vez, siete años antes, Prokófiev le había indicado que en esa composición el violín debía sonar como el viento en un cementerio corriendo entre las tumbas. 


flaviobecerra@hotmail.com