NEFELIBATA

LA LARGA BÚSQUEDA DE IRVING PENN

Me gustaba hacer la siguiente dinámica con las chicas jóvenes que visitaban mi estudio: les mostraba la más reciente revista Vogue y les pedía que a simple vista me dijeran cuales de las sesiones fotográficas aparecidas ahí les parecían más arriesgadas y modernas. La respuesta casi era invariable y señalaban las fotos realizadas por Irving Penn.

Enseguida las invitaba a que dijeran cómo creían que era el autor de esas fotos. Casi todas lo imaginaban como alguien cuya traza y maneras de vestir, peinar y actuar debían por supuesto coincidir con esas tan originales imágenes.

Para ellas estaba claro que a juzgar por su trabajo, debía tratarse de un tipazo de alrededor de treinta y cinco años, una mezcla entre modelo y estrella de rock.La verdad es que las fotos que yo les mostraba eran la obra de un anciano que rebasaba ya los ochenta años.

Porque Irving Penn tuvo una vida muy prolongada y creativa. Junto con Ávedon, Jeanloup Sieff y Helmut Newton, perteneció a una generación de fotógrafos de glamour que parecía inmortal.

En el caso de Penn, esto aparentaba no ser mera retórica, pues llegó activo a sus noventa y dos años, edad a la que falleció.Conocí su trabajo desde chico pero de una manera dispersa, pues veía su crédito en los retratos de los más grandes pintores del Siglo XX, como Picasso, Tamayo y Balthus entre otros. Y tardé algún tiempo en caer en cuenta que se trataba del mismo autor de las bellas y extrañas fotos que mes con mes encontraba en la revista de modas.

Comencé a comprar la revista Vogue cuando, tras hojearla, me cercioraba de que contuviera algún nuevo trabajo suyo. Tenía la certeza de que era testigo del brillante final de una carrera que para principios de la década de los noventa rebasaba los cuarenta años de actividad.

Su creatividad había de prolongarse todavía una década más y se materializó en una obra que cautiva por su vigencia.Nacido en el diecisiete, comenzó a tomar fotos de calle a sus veinte años.

Tenía toda la intención de convertirse en un artista, por lo cual se trasladó a México para estudiar pintura. Nunca llegó a serlo, aunque jamás perdió su afición por el dibujo y las artes plásticas.Tras una estancia de casi dos años en nuestro país, regresa a Nueva York donde consigue trabajo en la glamorosa revista Vogue. Ahí comienza a fotografiar a las grandes personalidades de la cultura.

Llevaba ya varias portadas e incluso lo envían a Europa donde amplía su portafolio de retratos. Pero él siente que a su trabajo le falta algo.De una u otra forma conoce la obra de Martín Chambi, el gran fotógrafo cuzqueño que, aunque radicado en los Andes, desarrolló una obra magnífica, retratando a hacendados y campesinos de su región y que, pese a vivir en esa remota provincia de Sudamérica, es un hombre bastante culto que mantiene correspondencia con intelectuales de ambos continentes.

Penn se siente deslumbrado por la obra del andino, le escribe y ante la imposibilidad de que Martín Chambi ya casi sexagenario vaya a Nueva York, Penn viaja en 1948 a el Perú donde pasa un año en calidad de asistente, pagándole la renta del estudio para trabajar en él y aprenderle  lo que haga falta.

No se ha equivocado:  cuando regresa a Nueva York se nota que su trabajo se ha refinado y su calidad ya es incontrovertible. Es entonces que su carrera se consolida.

Irving Penn ha encontrado un punto de equilibrio y está a punto de ser él mismo un maestro. Así habría de pasar el siguiente medio siglo, realizando una obra que no deja de ser extraordinaria. 


flaviobecerra@hotmail.com