NEFELIBATA

BUÑUEL CUMPLE 116 AÑOS

“Yo había visto en esos días una película mexicana (sólo años después sabría que era de Buñuel y quién era Buñuel) que me entusiasmó… un relato de niños hombres, jóvenes lobeznos endurecidos por las ásperas condiciones de vida en los suburbios”.

Así recuerda Marito Vargas Llosa en La Tía Julia y el Escribidor su primer contacto con el cine del fantástico director español.   Por mi parte, yo tampoco sabía quién era Luis Buñuel cuando por primera vez vi sus películas. Lo más seguro es que haya sido Robinson Crusoe, cinta de aventuras que daban de vez en cuando por las noches en el viejo canal ocho a mediados de los setenta.

Eso sí, tuve la rara fortuna de que la primera ocasión que vi una película suya sabiendo que era de él fue al asistir a un cine club gratuito donde exhibieron Un Perro Andaluz, su primer cinta, acompañada de Simón del Desierto. Aunque nada más dura diecisiete minutos y yo tenía once años, recuerdo de manera muy vívida la experiencia. No entendí gran cosa de lo que vi, pero la huella emocional que ambas películas me dejaron fue muy profunda.

Luis Buñuel festeja hoy, 22 de febrero, su cumpleaños ciento dieciséis, lo cual es un magnífico pretexto para decir de nuevo lo que ya todos sabemos: que su obra es genial, que es el más grande artista que ha dado el surrealismo. Y sobre todo, otra vez invitar al disfrute de las películas que soñó, pensó, escribió y dirigió.

Aunque es necesario acotar que, sobre todo en sus cintas más personales el término disfrute debe usarse en un sentido casi opuesto al dado en los medios masivos y publicitarios, es decir, el de un abandono pasivo, un masaje al cerebro; las mejores películas de Buñuel apelan al sentido crítico del espectador, lo hacen poner en tela de juicio lo que da por hecho de las instituciones sociales y de la manera en que los humanos nos relacionamos.

No hace mucho se llevó a cabo un ciclo de cine surrealista en un museo local. En él se proyectaron sus dos primeras cintas, la ya mencionada Un Perro Andaluz, de 1927, y La Edad de Oro, del año siguiente.

La experiencia es concluyente: mientras que la gran mayoría de cineastas que abordan lo onírico y se esfuerzan por construir atmósferas de ensueño, Buñuel no tiene ninguna intención de poetizar: a más de setenta y cinco años de distancia ambas películas siguen teniendo una rabiosa capacidad de incomodar.

Luego de la caída del triunfo del franquismo en España, Buñuel tuvo que exiliarse en Estados Unidos. Ya había trabajado antes en Hollywood, pero ahora casado y con dos pequeños hijos no pudo colocarse en ningún estudio, así que probó suerte en la Costa Este. Logró hacer que Iris Barry, director del archivo cinematográfico del Museo de Arte Moderno de Nueva York, lo contratara.Entre las muchas chambas que tuvo que desempeñar estuvo la preparación de versiones en español de las películas que se realizaban con motivo de la Segunda Guerra Mundial.

Estas versiones se distribuían luego en Latinoamérica. También le fue encomendada la programación de las cintas que se presentaban en la sala del Museo. Ya que Buñuel estaba muy familiarizado con el cine europeo, los ciclos que organizaba eran toda una delicia.

Entre los asiduos a la sala de proyecciones del Museo se contaba a un adolescente de doce años que, según todos sus biógrafos, nunca destacó por su desempeño escolar pero sí por su inclinación por el ajedrez y por su voraz apetito por todo tipo de películas, no sólo las de corridas comerciales, el futuro director Stanley Kubrick.

En ese entonces a ambos les faltaba mucho camino por recorrer. Kubrick tendría que aprender el oficio de fotógrafo, trabajar para una revista ilustrada para después poder contar historias con imágenes.

Sobre todo tuvo que comprender que las estrategias que se planteaba en el tablero de ajedrez podían librarse en una escala mayor en el set de rodaje para así afirmar su voluntad de control.Y aunque Buñuel ya había rodado en Europa dos magníficas películas y un documental, además de participar en varios proyectos como guionista, editor y co-director, en el año de 1940 nadie en Nueva York (ni en ninguna otra parte de los Estados Unidos) lo consideraban de veras un director.

Imposible saber si Buñuel, entonces de cuarenta años, llegó a cruzar palabra con el joven Kubrick. Quizá ni siquiera asistía a las funciones que él mismo organizaba y programaba.

No sabemos tampoco en qué medida las cintas elegidas por Buñuel marcaron a su futuro colega, o si en lo futuro Kubrick llegó a ver algunas de las cintas que después rodaría Buñuel en México y en Europa.Ahora sabemos que los dos son grandes.

Quizá en la historia del cine no ha habido autores con tan maligna predisposición a demostrar una y otra vez lo endebles que son los grandes discursos sobre los que se finca la cultura burguesa tal como la conocemos y la facilidad con que los mecanismos sociales pueden desmoronarse en ciertas circunstancias.

Me gusta pensar que ese encuentro tangencial tiene algo de cataclismo cósmico, similar al de dos cuerpos celestes que jamás colisionan pero cuyas órbitas se ven afectadas por su fuerza de gravedad.Pero la experiencia demuestra que luego de los derrumbes siempre es posible construir algo con el cascajo restante.

Como bien le gustaba recordar a Luis Buñuel: aunque el freudismo sobre el que se edificó la corriente surrealista muy pronto se convirtió en una iglesia con respuestas para todo, la exploración del subconsciente dejó abierta una ventana maravillosa hacia el interior del hombre.


flaviobecerra@hotmail.com