NEFELIBATA

LAS BATALLAS DEL ARTE

La muerte de José Luís Cuevas vuelve a poner sobre la mesa de discusiones, aunque sea de forma superficial, la vieja disputa entre la Escuela Mexicana de Pintura y los artistas de La Ruptura.

Como es ya del dominio público, los últimos años de Cuevas se vieron ensombrecidos por una larga disputa familiar a consecuencia de su segundo matrimonio, pendencia que se prolongó por años y sirvió sobre todo para alimentar la chismografía de las revistas de espectáculos.

Habituado a hacer declaraciones cuya finalidad última era llamar la atención, no tenía empacho en burlarse de que, por ejemplo, Rufino Tamayo confesara ser incapaz de manejar sus finanzas, dejando el asunto en manos de su mujer Olga. Y a pregunta expresa sobre su exhibicionismo, se le cuestionó si le gustaría que lo vieran mucha gente en actos privados, a los que Cuevas respondió: “yo quiero que me vean mil millones en la intimidad.”

No fue el único que jugó un papel en la lucha contra la Escuela Mexicana de Pintura pero sí fue el más reconocido por las mayorías: le gustaba jugar el papel de rockstar. Por años y casi desde el principio, el muralista David Alfaro Siqueiros lo señaló cómo peón al servicio de la embajada norteamericana en el esfuerzo que esta realizaba (y realiza) por evitar que los países del tercer mundo construyan una identidad propia.

El muralismo mexicano ha sido, qué duda cabe ya, la única manifestación surgida de México para el resto del mundo. Su influencia se sigue notando de muchas y variadas formas por todo el mundo. Para los EUA era inadmisible que México encontrara su propia voz y se hiciera escuchar en el mundo.

Lo peor del caso es que todos esos textos que Cuevas presentó como parte de la argumentación en contra del supuesto provincianismo chauvinista mexicano ni siquiera eran redactados por él mismo. El escritor Edgar Alejandro Hernández en un magnifico texto, “José Gómez Sicre, el inventor de Cuevas”, cuenta como este abogado cubano y crítico de arte al servicio de la CIA era quien escribía la casi totalidad de los textos que Cuevas presentaba como propios.

Que la CIA determinara cuales autores debían triunfar y cotizarse en el mundo de las galerías ya no es tampoco un secreto. Cuando el ya mencionado Siqueiros argumentaba esta intromisión desde los años cuarenta era tomado a burla por mucha gente. Pero desde hace ya unas décadas es imposible ocultar en los libros de historia el papel que esta agencia tuvo en el desarrollo de, por ejemplo, el arte expresionista abstracto norteamericano, favoreciendo a Rotko y a Pollock por sobre pintores mucho más dotados como Arshile Gorky.

Hoy día, a simple vista parece que la lucha la ha ganado la embajada norteamericana. La pintura a la manera de los muralistas no tuvo continuadores dignos que la hayan hecho evolucionar.

Y las galerías promueven aquí y en el resto del mundo a los artistas sin contenido, a quienes solo realizan un juego de formas al estilo de Gabriel Orozco.  

Y en el caso de Cuevas, al final y por lo que parece, el dibujante acabó manejado en vida, en sus finanzas, en sus relaciones públicas y demás decisiones, privadas e íntimas, por su segunda esposa. Nada sabemos de su estado de salud en sus últimos años y a la fecha la causa de su muerte es desconocida. Estas miserables paradojas al final de su vida dejan en la boca un sabor a cenizas.


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