Elitismo para todos

El valor de Arreola

Reclamando la libertad bien entendida de su arte literario, decía poder demostrar que cada párrafo de su literatura llevaba la sustancia de su vida personal, su sangre y su sensualidad más exacerbada; se consideraba “un poco artista, solamente”.

Hablando alguna vez del primer encuentro que tuvo con Antonio Alatorre, quien sería su entrañable amigo, Juan José Arreola lo describió como un hombre afanoso de conocimiento que desde niño empezó a saber y a conocer y a practicar ese arte de la apropiación de bienes ajenos en qué consiste la cultura.

La descripción también era la suya, pues la vida literaria e intelectual de Arreola, desde una temprana edad que él ya ha contado, significó esa impaciencia del conocimiento autodidacta y voraz en su adherencia a las vastas corrientes del pensamiento y la creación, a la extensa red de vasos capilares y continuidades donde hasta hace poco venía transmitiéndose el espíritu de la cultura, su bosque de signos y vinculaciones, el canon de la memoria común.

En algún texto memorable Arreola empleó su poderosa imaginación y su erudición chispeante para determinar que en el interior del nombre genérico “Ensayo” actuaba la palabra latina que designaba al catador de alimentos para los reyes. Reunió el riesgo de aquel oficio con la acción crítica e indagante de la prosa ensayística: otro retrato de sí mismo y sus empeños, pues debe anotarse la audacia intelectual entre sus profundos méritos literarios y culturales, un rasgo dado por esa condición individual solitaria que prescindió de intermediarios entre él como aprendiz y el libro y su autor.

Tal vez ha sido el mismo personaje público, su excentricidad y energía (recuérdese que toda virtud es energía) lo que ha matizado el gran talento literario de Arreola, un don que se manifestaba urgente entre tantos otros que poseía, como su fascinación hacia la vida y el intenso ejercicio de sus pasiones, o la generosidad aristocrática con sus amigos y hasta desconocidos desde su heroica y crónica pobreza. Llegó a reclamar su fama de estilista literario, un epíteto dicho por la crítica que sentía mustio y sin alma. Afirmaba que entre sus textos se encontraba toda la fluidez, aun la plebeya, toda la incesante corriente del lenguaje, al fin su única pertenencia y la auténtica patria del escritor verdadero. En cuanto a Arreola, como con todas las mentes y obras superiores, deberá decirse que ese lenguaje fue el Logos.

Entre sus saberes diversos Arreola frecuentó las culturas orientales. Esa formación insaciable o su legendaria y aguda penetración irónica, su visión dislocadamente literaria de la realidad, pudieron hacerle conocer aquella sentencia china que advierte sobre la muerte de las virtudes y la sobrevivencia de los ritos y los ceremoniales laicos en sustitución de ellas.

Sin embargo, de conocer la iniciativa de la diputada Verónica Delgadillo para declararlo Benemérito Ilustre y trasladar sus restos mortales a la Plaza de los Jaliscienses Ilustres, Arreola se mostraría de acuerdo en aceptar —acaso con una divertida sonrisa y un ácido comentario— el sitio canónico que le corresponde entre las autoridades de la cultura y el lenguaje, una sucesión en el tiempo que funda el pensamiento y la sensibilidad humanos, el lugar que le pertenece entre esos muertos inolvidables que la perseverancia de la memoria colectiva, un destello del milagro resistente contra los profesionales del olvido: la cultura es el diálogo de los que están vivos con aquellos muertos que nunca han muerto.

De todos modos no pasaría nada si la iniciativa de honrar a un muerto ilustre no prosperara. Y menos con Arreola. Una mañana perentoria, cuando se vencía el plazo editorial para entregar un libro, José Emilio Pacheco contó haberse presentado a las nueve en Elba y Lerma para recibir el dictado que Arreola haría tumbado de espaldas desde un catre. Ante la pregunta de éste, Pacheco sugirió empezar por la cebra. Contó después que como si estuviera leyendo un texto invisible, el Bestiario empezó a fluir de sus labios: ‘La cebra toma en serio su vistosa apariencia, y al saberse rayada, se entigrece. Presa de su entejado lustroso, vive en la cautividad galopante de una libertad mal entendida”.

Ese rapto creativo característico del sistema mental de Arreola, la posesión por el genio de lenguaje, merece el lugar común de un homenaje. Reclamando la libertad bien entendida de su arte literario, Arreola decía poder demostrar que cada párrafo de su literatura llevaba la sustancia de su vida personal, su sangre y su sensualidad más exacerbada. Se consideraba “un poco artista, solamente”. Más bien un gozador de la vida, un “vividor” nutrido, más que de la cultura libresca, en la cultura vital.

fmsolana@yahoo.com.mx