Elitismo para todos

La urna de Freud

La madrugada que unió el año pasado con el actual fue escenario de un intento de robo: la de un jarrón griego del siglo IV a. C. que contiene las cenizas del padre del psicoanálisis y su esposa; he aquí cinco hipótesis al respecto.

Ladrones desconocidos trataron de robar el jarrón griego del siglo IV antes de Cristo decorado con la imagen de Dionisos, dios del vino en esa representación, que guarda las cenizas de Sigmund Freud y su esposa Martha en un crematorio londinense donde también reposan las cenizas de Bram Stoker, autor de Drácula, y las de la cantante Amy Winehouse.

Hipótesis A: lo intentó un converso de las sectas padre Freud, necesitado de las cenizas del padre fundador y su esposa, pues cómo separar unas de otras para llevar a cabo ritos mitográficos de comunión con ellas. Tal vez no con el alcance de obtener una cura —el psicoanálisis es parte de la misma enfermedad que pretende curar (Kraus) — sino para permitirle un abrazamiento rotundo de su neurosis para tenerla en explicación.

El problema es quien está invocado para llevar a cabo tal autoexploración de una sola palabra: yo. Ese yo lo ha construido la modernidad, y no es el estado más amplio, el más lúcido de la conciencia, ni el más moral de la persona. Existen zonas de la mente a donde vamos cuando nos omitimos a nosotros mismos. En ellas se mantiene la observación antes que el juicio, la intuición antes que la razón y un comportamiento ético hacia lo y los demás.

Aventurar, entonces, un patrón explicativo de uno mismo bajo la mitografía freudiana, hecha de tragedias edípicas, de pulsiones y sótanos de la razón, de deseos corruptos, de transferencias y contratransferencias (el psicoanálisis es una ideología de la sospecha: las cosas ocultan siempre otros contenidos latentes, y solo los iniciados, los psicoanalistas, pueden desenterrarlos para el conocimiento del paciente), sería —esa explicación aventurada— una acción circular, autorreferencial, mecánica, propia de un autoconocimiento sesgado e inferior.

Karl Kraus fue contemporáneo de Freud y su vecino en Viena durante las primeras décadas del siglo pasado. Y detestó sus teorías. Le parecieron equivocadas, parciales, un arbitrario sistema ensayístico que tenía que creerse primero para ser puesto en práctica, y dejarlo instalar en la conciencia como una entidad autónoma que se apoderará del ego, quien es su protagonista y será su esclavo. Lo único que se quema en el infierno es el yo.

Hipótesis B: el intento de robo que dañó seriamente el jarrón griego, parte de los dos mil objetos antiguos que Freud tenía en su casa londinense, respondió al interés de un coleccionista por la pieza, valorada aún más por las ilustres cenizas que guardaba. Tal variante es dudosa por el violento y malogrado intento de robo, que no parecería provenir de profesionales.

Hipótesis C: los agresores no tenían idea de lo que hacían. Pura casualidad. Para el sistema freudiano la casualidad no existe. Su alcance simbólico no llega a las mezclas alquímicas y orientales de Jung, otro adepto temprano que rompió con Freud, pero si en la razón de ser de la conciencia actúan razones que se ignoran siempre, profanar la urna del fundador del psicoanálisis debe tener muchos significantes y significados: valores simbólicos.

Hipótesis D: la circunstancia de que Bram Stoker repose a un lado, porque resulta imaginable la existencia de un solo creyente del escritor de Drácula dispuesto a evitar influencias contaminantes en las cenizas del autor de su culto.

Entre los desmanes que se le cuentan al psicoanálisis está la apertura de las coladeras de la conciencia y la clausura de la esclusa de conexión con la supraconciencia. Algunos se preguntan quién invistió a Freud de la capacidad de iniciar a otros en un proceso elaborado solamente por él. Se indica que el psicoanálisis adquiere forma de sistema ahistórico de pensamiento bajo el trauma infligido a Freud, miembro de la judería liberal vienesa, por la historia moderna.

Hipótesis E: un adverso al epígrafe usado por Freud de la Eneida, de Virgilio: Flectere si nequeo superos, Acheronta movebo —Si no puedo conciliar a los dioses celestiales, moveré a los del infierno (el río Aqueronte) —, quiso cobrar venganza indirecta con la urna, tomando en cuenta que esos dioses infernales de los impulsos instintivos reprimidos contienen implicaciones subversivas para el poder.

El jarrón de Dionisos le fue regalado a Freud por su amiga y alumna, la princesa María Bonaparte, quien en 1938 lo ayudó a escapar de la Viena nazi hasta Londres, junto con su esposa e hija. Quizá la inaceptable violencia luctuosa ejercida contra él solo haya sido una triste protesta contra el yo.

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