Elitismo para todos

Estrategias del desencanto /I

Sobre las tres paradojas. Nuestro destino implacable, habrá dicho Shakespeare, es la desilusión en todas nuestras empresas. Como si el tiempo mancillara sin cesar todo lo que toca, lo que antaño fue una esperanza hogaño es una pesadilla. El Renacimiento, aquella etapa inicial y promisoria donde surgió la mente moderna, ha derivado en tres espantosas inconsecuencias: del necesario individualismo que inició nuestra época histórica hemos llegado a una asfixiante masificación; del naturalismo que obligó a la mente humana a mirar de nuevo el mundo y razonarlo mediante su observación directa hemos pasado a la enajenante mecanicidad; del humanismo liberador y antropocéntrico hemos mutado hasta alcanzar una sistemática y ominosa deshumanización.

La economía de la verdad. “Llamar al pan el pan y que aparezca en la mesa el pan de todos los días”, escribió Octavio Paz, otro practicante de aquella operación esencial de la cultura que Confucio llamó “corrección de las denominaciones” al ser consultado por el legendario emperador chino para enfrentar la crisis y unificar al país: designar a las cosas por su nombre y hacer coincidir lo que se dice con lo que se piensa, se siente y se realiza. A pesar de su degradación sistemática, de su envilecimiento constante, el lenguaje sigue siendo la casa del ser descrita por el filósofo, aquella morada donde la conciencia habita. ¿Hasta cuándo continuaremos diciendo las malas palabras que nuestro sistema sobresocializa sin cesar como si fueran mantras posibilitadores, llaves que abren las puertas del desarrollo humano y conducen al bienestar? “Competitividad”, por ejemplo, una trampa del capital como lo señaló Marx desde el siglo XIX y hoy tiene que recordarnos Byung-Chul Han en su imprescindible libro Psicopolítica, repetida una y otra vez por oligarcas, presidentes, funcionarios, rectores universitarios, intelectuales orgánicos y comentócratas de toda laya, siguiendo aquella política del convencimiento tácito anticipada por la Reina de Corazones: ya te lo dije tres veces, entonces es verdad. Ser libre no es otra cosa que realizarse mutuamente (en la raíz indoeuropea de la palabra “libertad” está la palabra “amigo”). De ahí que la libre competencia que se sostiene en la libertad individual sea solamente “la relación del capital consigo mismo como otro capital, vale decir, el comportamiento real del capital en cuanto capital”. Una libre competencia donde no son libres los individuos, aunque eso se nos diga, sino el capital. El horror económico del capitalismo neoliberal como un viático a los oprimidos para agradecer la opresión. El engaño es un estado de la mente y es la mente de todo Estado, dirá un pensador.

Aquello de afuera que ahora está adentro. En su post scriptum sobre las sociedades de control actuales, Gilles Deleuze afirma que el régimen disciplinario del pasado inmediato se organizó como un “cuerpo”, como un régimen biopolítico. El régimen neoliberal, en cambio, se comporta como un “alma”: la psicopolítica es su forma de gobierno y ella “instituye entre los individuos una rivalidad interminable a modo de sana competición”. De ahí que la motivación, el proyecto, la competencia, la optimización y la iniciativa sean inherentes a la técnica de dominación psicopolítica del régimen neoliberal, según Byung-Chul Han. Los símbolos referenciales han cambiado y aluden a la culpa de un fracaso que si antes estuvo fuera de las personas ahora radica en su propio interior. Por ello la enfermedad de estos días es la depresión. Y la serpiente su emblema porque ella encarna la culpa, las deudas que el régimen neoliberal establece como medio de dominación. La culpa de no tener “éxito”, aquella ideología, la más falsa en circulación.

Contra el saber. En un párrafo memorable de la novela Número cero de Umberto Eco aparece otro epitafio de esta época terminal. Ahí se dice que los perdedores y los autodidactas siempre saben mucho más que los ganadores, “si quieres ganar, tienes que concentrarte en un solo objetivo, y más te vale no perder el tiempo en saber más”. Conclusión lapidaria contra el homo sapiens de ayer apenas: el placer de la erudición está reservado a los perdedores. No existe ya aquel encuentro con las totalidades sino la miseria neoliberal del pensamiento “especializado”. Pre-racionales, racionales, trans-racionales. Los primeros van siendo abrumadoras mayorías mediáticas, los segundos naufragan en su incertidumbre, los terceros representan la pequeña masa crítica que alguna vez cambiará lo real.

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