Elitismo para todos

La sanación del horror

LAS CATÁSTROFES HISTÓRICAS no suceden el día que se muestran ante el espanto público sus atrocidades escénicas; de nuevo: brutales efectos de añejas y manipuladas causas, donde el bien es el mal y el mal es el mal

Los libros sagrados del budismo tibetano llaman a la última fase de la cuarta edad de este ciclo humano "Edad de la progresiva corrupción", y el jainismo se refiere a ella como "Edad tristemente triste". La brutal y cobarde carnicería recién perpetrada por los terroristas del demencial Estado Islámico en París responde a tales momentos terminales, se entiendan como el preludio final de un ciclo escatológico o como la clausura de un proceso civilizatorio y cultural que hasta hace poco se consideraba globalmente común.

En su absurdo espanto hay una semiótica, un sistema complejo de signos, de significados y significantes que cruzan despiadadamente toda la historia contemporánea para representar su síntesis y su espejo, sus sueños rotos y sus pesadillas vigentes, su condición concentracionaria y también los sangrientos resultados del sistema doctrinario vigente que manipula al "rebaño de los perplejos" (Walter Lippmann) de donde provienen tanto los inocentes asesinados como sus enajenados verdugos.

Si bien estos últimos resultan henchidos de apasionada y criminal intensidad tóxico-religiosa y los otros viven encerrados bajo su propia incertidumbre, todos están fijos por la pasividad de la sumisión a la autoridad (política, económica, tecnológica, mediática o devocional), por la avaricia y la ganancia personales (así sea el ingenuo paraíso prometido a los "mártires" fundamentalistas), por la falta de interés en los demás (la única libertad posmoderna globalizada: la de ser indiferentes), por el miedo a enemigos reales o imaginarios (una reiterada estrategia aquí o allá: el musulmán terrorista o el "cruzado" occidental).

El fin de todo ello es "mantener al rebaño perplejo" (Noam Chomsky), sea al perpetrar la destrucción, sea al sufrirla. Tiene razón Francisco, el pontífice romano, al señalar que es blasfemo matar o meramente decir que se mata en nombre de Dios ("pretender situar a Dios a nuestro lado, en contra de los otros, es sencillamente una blasfemia": Raimon Pannikar). Por desgracia, esa blasfemia viene perpetrándose como una causa histórica sistemática que el monoteísmo de las tres religiones del Libro ha legitimado desde sus orígenes, convirtiéndola en aberrante, sangrienta teología.

"Cada vez habrá más fuentes de angustia —escriben Edgar Morin y Anne Brigitte Kern en su esencial libro Tierra-Patria—, y cada vez habrá más necesidad de participación, de fervor, de fraternidad, los únicos que saben, no aniquilar, sino rechazar la angustia. El amor es el antídoto, la réplica —no la respuesta— a la angustia". Morin y Kern se preguntan si no podremos descongelar la enorme cantidad de amor petrificado en discursos religiosos y construcciones abstractas para dedicarlo no a lo inmortal sino a lo mortal, no a lo general sino a lo particular, no solo a nosotros y a los nuestros sino a los otros.

Todo ello luce como una utopía näif pero insustituible ante la historia contemporánea y los delirantes juegos de poder ocultos para las mayorías, diseñados desde agendas desconocidas y fines geopolíticos que no se hacen del conocimiento público. ¿Cómo surgió el EI? ¿No es el monstruoso producto de un colonialismo occidental adicto al petróleo y de su doble discurso, de su violenta e insidiosa imposición de formas culturales únicas, de un monosaber que niega la diversidad propia de lo humano para unificarlo en un inmenso mall planetario que piense, compre, sienta y viva exactamente igual, como lo dicta el opresivo autoritarismo neoliberal en todas partes? Efectos siniestros de causas intencionales que muy poco, o nada, se contemplan.

¿Destruirá la guerra esa marea histórica que de nuevo hace surgir una mentalidad yihadista infernal proveniente del siglo VII? Aunque coyunturalmente ocurra, las causas de una conflagración mayor ya están activas. Las catástrofes históricas no suceden el día que se muestran ante el espanto público sus atrocidades escénicas. De nuevo: brutales efectos de añejas y manipuladas causas, donde el bien es el mal y el mal es el mal.

La generación Bataclán, como la llama el diario francés Liberación, sobrevivirá. Lo mismo París, en tanto no caiga todo Occidente. El fin de un mundo es el fin de una ilusión, según René Guénon, maestro francés del espíritu convertido a un civilizado islam que hoy se borra ante la barbarie. Pues como diría el poeta Cavafis, ¿qué hará el poder dominante sin bárbaros?: "Al fin y al cabo, esa gente era una solución".


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