Elitismo para todos

Dos saetas

Puede escogerse la fórmula para transitar por estos procelosos días, cuyas metáforas son terribles: un barco gigantesco que surca un mar de ahogados, mientras a bordo se suceden angustiosas conferencias sobre el estado de las cosas.

Cruzaron el cielo como una fuerza aérea. Atareados y poderosos, volaban hacia algún lugar próximo, pues en verano los patos bajan desde el norte para anidar y reproducirse. Ninguna otra ave vuela igual que ellos, sumergidos en un mar invisible que van desplazando en el metaespacio donde viajan, en otra dimensión.

Siempre he creído que la pregunta de Mark David Chapman, el asesino de John Lennon, al ver las aguas congeladas de Central Park: “¿A dónde van los patos en invierno?”, se contesta: algunos de ellos vienen aquí.

La sonda espacial News Horizons se encuentra fugazmente con Plutón para levantar el velo del último de los mundos sin explorar del mundo clásico. Para la astrología analítica, Plutón, el príncipe de las tinieblas, representa las profundidades de las tinieblas interiores, de las capas arcaicas de la psique: el estado sado-anal con las fuerzas oscuras, según dicen los textos, con lo negro, lo feo, lo sucio, lo malo, la revuelta, el sadismo, la angustia, lo absurdo, la nada y la muerte.

Por otra parte, es símbolo de la reconstitución radical sobre nuevas bases y que rechaza los elementos dañinos o superfluos. Significa una criba o el trabajo en lo echado a perder. Nada de esto, desde luego, le interesa a los patos saeta que rasgan el cielo con su trayectoria. Su intenso presente no admite ninguna especulación.

Fue Nietzsche quien promulgó el dictum de la época: no hay hechos, sino interpretaciones. Por eso surgió la hermenéutica, la ciencia de la interpretación. Somos intérpretes que interpretamos interpretaciones.

Se ha multiplicado entre la gente una perspectiva, una interpretación casi fatal de la realidad contemporánea. Ya afirmaba la primera filosofía occidental que el Logos era común a todos, pero que cada quien actuaba como si fuera dueño de una lógica particular. Hoy los diarios del desasosiego personal se vuelven comunes, a la manera de un Logos negativo. O de otra forma: hoy la gente común está triste y desencantada.

Surgió ya en todo su negativo esplendor la oscuridad de la época y habrá quienes extiendan el término de campo de concentración para detallar sociológicamente las condiciones que van prevaleciendo en la sociedad planetaria. Parece no haber alternativas: a) la autocorrección del sistema: una utopía; b) su mantenimiento prolongado, y c) su agravamiento. Van ocurriendo B y C.

La realidad se estrecha y una gran parte de ella se vuelve desde dura hasta insoportable. El pensamiento único solo propone una forma material de estar en el mundo y lo inmediato es entre falso, inalcanzable y evanescente. No en balde la época cambió sus paradigmas cuando de las discusiones sobre el compromiso político de los intelectuales, éstos pasaron a debatir la muerte del hombre.

Un dato más entre otros es que esta época fue prevista, nombrada y descrita por los textos antiguos. La consejería está abierta: lo que no nos aniquila, nos vuelve más fuertes (Nietzsche), en el centro del huracán mora la calma (varios), el piso que tira es el piso que levanta (proverbio tántrico). Puede escogerse la fórmula para transitar por estos procelosos días, cuyas metáforas son terribles: un barco gigantesco que surca un mar de ahogados, mientras a bordo se suceden angustiosas conferencias sobre el estado de las cosas (Sloterdijk).

Si la imagen del campo de concentración es operativamente posible de ser pensada, quedan dos actitudes ante ello, conforme a testimonios directos (Primo Levi): abandonarse hasta el final o tener todos los días algunos gestos de recuperación de la dignidad humana: aliñarse al violento despertar, limpiarse la cara si era posible, enderezarse la ropa, amarrarse los zapatos. “¿Por qué haces eso?”, le preguntaba otro confinado al que le parecía ocioso. Para seguir siendo humano, contestaba el escritor, o algo similar.

Es un juego de espejos, una suma de paradojas: en el sinsentido encontrar sentido, en el dolor fortaleza. Los consuelos estoicos, una política de los pequeños gestos, de los ámbitos que dependen de uno, de los pequeños formatos, mientras suena la hora de que lo colapsado se reformule.

Si todo es interpretación, la acción posible está en el cambio de la interpretación. Toda interpretación es una suma de palabras. Las palabras son perspectivas. El vuelo de los patos es una escritura.

fmsolana@yahoo.com.mx