Elitismo para todos

Los polos equidistantes

A saber qué es moralmente más habitable: una pertenencia integral y acrítica a un credo, o una desesperada y solitaria lucha por mantener la identidad personal.

Mansur, un sufí español de origen y convertido al islam, dice en una reciente entrevista: “Todos los días le pido a Alá que me ayude a convertir mi ego en mi alfombra de rezo”. Su mansedumbre mística es una de las varias corrientes e interpretaciones islámicas que existen, y ésta es ajena a las limitaciones de aquellas visiones egocéntricas que nos infectan a todos, según afirmaba Edward W. Said, el intelectual palestino autor de Orientalismo, ese gran desmontaje crítico de los estereotipos musulmanes construidos por la cultura occidental para justificar la conquista y dominación europea del mundo árabe y establecer al respecto un consenso fabricado.

En este mainstream posmoderno de la capitulación generalizada, con los saberes puestos al servicio de la reiteración de las cosas como mediáticamente se nos presenta que son —“La acción policiaca de límites discursivos sobre lo que está y no está permitido es muy fuerte”, escribe Said—, el filósofo francés Yves Michaud argumenta (El País, 18-1-15) que los valores de las culturas islámicas son incompatibles con los occidentales, entre ellos la libertad de expresión, la cual rechazan categóricamente.

Michaud cuenta a Joseba Elola, su entrevistador, que años atrás dio una clase de filosofía en Niza donde criticó los argumentos de Santo Tomás de Aquino. Un amable joven musulmán se le acercó durante el receso para decirle que no comprendía cómo, siendo el escolástico un santo, él se atrevía a criticarlo.

Después refiere, razonando que la libertad da miedo (“Es el tema del último libro de Houellebecq, de hecho”), lo que el otro día le dijo un taxista: “Lo bueno que tiene la ‘verdadera’ religión es que hay reglas para todo: para comportarse en familia, con los amigos, con los enemigos; hay plegarias antes de comer, antes de entrar al baño; es una vida enmarcada, uno está a gusto de esa manera”. Así los jóvenes buscan reglas en el fundamentalismo, señala el filósofo, porque la libertad les provoca miedo.

En tal modelo de sociedades incompatibles, que Michaud equipara con la polarización política entre el marxismo y el capitalismo, sus pronósticos son pesimistas porque en una última visita a Argel constató que la generación árabe cosmopolita e ilustrada de 50 años dio lugar a las nuevas generaciones que son islamistas, “no necesariamente de manera agresiva”.

Las estructuras reglamentadas ganan así un valor incomprensible para la evanescente y multiforme identidad flotante, como la llama Michaud, propia de las sociedades occidentales y del individuo de atención dispersa y emociones difusas que habita en ellas. El consenso occidental construido establece que una vida normada, “enmarcada” en todos sus eventos y en el proceso mismo que llamamos existencia, cancela la libertad esencial de la persona, su capacidad de elección.

Pero esto es una verdad parcial y, como siempre, está sujeta a interpretación. La existencia reglamentada sucede en los espacios dirigidos a restringir la desatención. La misma obediencia que el islam pide —otra virtud o condición negada con histeria por la revuelta moderna contra la autoridad— es la que se practica en un retiro budista o en un retiro cristiano. En tales situaciones se entiende que debe desarrollarse la autoconciencia, el etiquetamiento mental y la organización sistemática del tiempo para focalizar la conciencia y desarrollar su poderosa atención. Sin distracciones, otra virtud excluyente entre la sociedad del entretenimiento y el islam.

De nueva cuenta, además, Occidente actúa con su doble moral característica. La organización francesa La Cuadrature du Net denunció que “el gobierno responde a un ataque contra los derechos civiles con nuevas restricciones a la libertad de expresión” (Proceso, núm. 1994).

Said hizo hincapié en el epígrafe de una novela del escritor inglés E. M. Forster, Howard’s End: “Solamente relaciona”. Es importante relacionar las cosas entre sí, decía. Dicha operación también supondría establecer zonas culturales neutras y tolerantes donde pudiera suceder el encuentro entre Occidente y el islam. En las dos partes hay fuerzas empeñadas en la colisión del choque de civilizaciones, una profecía autocumplida de la geopolítica occidental capitalista.

Todos los problemas nacen de la falta de atención. A saber qué es moralmente más habitable: una pertenencia integral y acrítica a un credo, o una desesperada y solitaria lucha por mantener la identidad personal.

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