Elitismo para todos

Un poliedro abierto

La comprensión es un acto narrativo donde la memoria estratifica y recuerda, vuelve a contar la vida vivida; ese acto de distancia ante la experiencia propia la vuelve, paradójicamente, propia.

Se lee por ahí que de joven se aprende y de viejo se comprende. No sucede a todos, desde luego. No igual. ¿Qué se comprende? La palabra es compleja, está compuesta de varios sentidos: abrazar, ceñir, rodear por todas partes una cosa, contener o incluirla en sí, entender, alcanzar, penetrar.

La comprensión es un acto narrativo donde la memoria estratifica y recuerda, vuelve a contar la vida vivida. Ese acto de distancia ante la experiencia propia la vuelve, paradójicamente, propia. Es la historia jasídica del humilde rabino que insistentemente sueña con ir a un puente ante un castillo, donde, al hacerlo, encontrará la clave de un tesoro propio que ignora. “Para poder ser he de ser otro, salir de mí, buscarme entre los otros”, escribió Octavio Paz al decir lo mismo.

No sucede a todos. Por ejemplo, no puede ocurrirle a Zutano, quien es un sesentón intoxicado por dos sustancias: su autoconcepto y sus opiniones, meros tics retóricos de su opinión sobre sí mismo, tan ahíto de sí, tan lleno. Zutano jamás llegará a ninguna iluminación profana o trascendente, para la que el budismo señala la evacuación de toda opinión, volviendo casi fisiológica la limpieza de la mente y su disposición para mirar todo como si fuera la primera vez, para rodear el objeto sin opinión alguna.

Pero en cambio le sucede a Mengano por vías propias. Él no tiene autoconcepto. O entra y sale de algo parecido a una amable rendición del yo, que obtuvo como un don proveniente de quién sabe dónde, o de plano nunca llevó a cabo tal elaboración personal tan propia de la modernidad, el yo sentimental e hipertrofiado contemporáneo, el “yo siento” como identificación profunda en lugar del adecuado “yo pienso” como reflexión cognitiva.

Mengano se ajusta a aquella afirmación antigua: todo es fácil para un hombre sencillo. Y acaso al revés: todo es sencillo para un hombre fácil, que por serlo no sufre maltrato de nadie, tampoco de alguna tarea. Zutano sí, sufriendo tanto para imponer su autoconcepto, no solo a sí mismo, cosa por demás fácil, sino a los demás, tarea muy desgraciada, porque uno (Freud dixit) siempre es otro para los otros, nunca aquel que se cree ser. Y constataciones de ello, cuando el infierno resultan los demás, Zutano percibe todo el tiempo.

En Perengano hay otra vía. Elaboró la narrativa de sí mismo y así la restableció. Actuó sobre su pasado (o las versiones de ese pasado, pues es todo lo que hay), lo maceró introduciendo las variantes que aportan los tantos puntos de vista desde los que se rodea, y se comprende al objeto. Podría decirse que lo educó un Merlín volviéndolo pájaro, pez y ardilla para enseñarle algo que bautizó con nombre rimbombante: psicología de la mutabilidad.

De dos modos: a) bebe tu sangre, poeta, y b) disuelve y coagula. El primero es divisa lírica y el segundo precepto alquímico. Como sea, Perengano va comprendiendo su propia vida ya no como una biografía anecdótica sino como un proceso donde los eventos acontecidos no afectan el proceso, con un cometido: dejar todas las versiones de su vida atrás.

Su aspiración es la misma que aquella propuesta por una maestra de meditación: siendo nadie, yendo a ninguna parte. Zutano, al revés. Emplea tanta energía en reafirmar el personaje que desempeña y nada queda para un acto de recogimiento que le permitiera la distancia ante sí mismo. Nunca conocerá el gozo dicho por Santa Teresa: “Bienaventurado sea el Señor, que me libró de mí”.

Quizá de ello se trata. De cómo librarse cada uno de sí. Perengano y Mengano, mediante caminos alternos pero coincidentes en su destino, lo saben. Zutano no.

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