Elitismo para todos

El paso disolvente

Al haber escalado la barbarie nacional hasta aquí, y sin perspectiva alguna de que termine o cuando menos aminore, es deseable esperar que más temprano que tarde concluya en cualquiera de dos posibilidades: el enfermo muere, el enfermo se cura.

De pronto el lenguaje cambia, se vuelve áspero, alcanza otras significaciones y quienes ayer eran neutrales, parcos, comedidos, hoy emplean términos bastante más ácidos. Cae una tormenta sentimental-político-desprestigiante contra el padre Solalinde —“protagónico”, espetan sus críticos— por afirmar que un testimonio le confió que los estudiantes de Ayotzinapa están muertos. Mero y terrible sentido común, dicho ante un país que suele no escuchar lo que no quiere. Y que tan necesitado está de mantener la esperanza, así ésta sea sentimental.

Las sociedades tienen éxito mientras sus miembros creen que ello es posible. ¿Quién puede creer ahora en México que nuestra sociedad disfuncional y su casta político-criminal derivarán en un estado civilizado y democrático donde prive la ley? Al haber escalado la barbarie nacional hasta aquí, y sin perspectiva alguna de que termine o cuando menos aminore, es deseable esperar que más temprano que tarde concluya en cualquiera de dos posibilidades: el enfermo muere, el enfermo se cura. El estado de tolerancia resignada ante el proceso de la larga enfermedad mexicana entró ya en crisis y, con toda su dureza, puede ser preferible vivirlo de una vez.

¿Cuándo se chingó el país? Su deterioro, sin duda, fue progresivo y sistémico, pero hubo fechas púdicas y secretas que marcaron el itinerario subterráneo de ese descenso al abismo nacional, al México profundo de Tezcatlipoca, señor desollador, y el brutal dios cristiano materialista, donde se cultivó la sombra nacional que ahora emerge dejando fosas por todas partes: la venta de cargos públicos, la encomienda de seres humanos tratados como ganado, la negativa a otorgarles alma, su condición de naturaleza explotable, la profunda cicatriz caracterológica del origen, la impunidad y la retórica como normas invariables desde el doble discurso fundacional: una cosa se hace, otra se dice.

Una de las últimas fracturas de la biografía nacional ocurrió durante el salinismo, la etapa de privatización de lo público que antecede a la actual. Sus magnicidios, sus crímenes políticos, el alzamiento zapatista ante el tratado de globalización económica y la impunidad de todas sus desviaciones megacorruptas, hasta su duración e influyente vigencia al día de hoy, cuentan su efeméride negativa en el calendario histórico. Tan parecida aquella etapa y ésta en sus reformas neoliberales, las dos parte de un solo proyecto ideológico, económico y político impuesto en el país.

Desde entonces la disfuncionalidad avanzó como una subcultura nacional. Hoy es mayoritaria, y los clamores de denuncia no bastan para corregirla. Disfuncionalidad como dos realidades, a la manera de una acción paralela. Ejemplos: la desatención de Peña Nieto a la crisis de Estado vivida en Guerrero hoy escandalosamente, pero también en amplias partes del territorio nacional desde su toma de posesión; la meliflua creencia de que es un asunto de percepción mediática antes que un escenario de crucial importancia hasta para la propia sobrevivencia política. O la más habitual y extrema disfuncionalidad: premiar la transgresión, lo delictivo.

Se acude a la construcción del consenso —una manifestación mexicana de la filosofía de la victoria: si ganó, haya sido como haya sido, la razón moral está de su lado— para legitimar una y otra vez aquello que se sobresocializa como verdad. Ayotzinapa es parte del México profundo e indígena que estorba, justo por ser históricamente equidistante y simbólicamente contrario, los designios de un proyecto hegemónico en el cual existen poblaciones y capas sociales prescindibles.

Esta cadena causal no excluye la orden criminal del alcalde facineroso de Iguala y su delictiva mujer cómplice, hermana de maleantes —dos personajes de la más cruda novela negra—, para romperles la madre a los estudiantes de la normal rural por pretender sabotear el informe de labores de la fina dama convenientemente encaminada como sucesora del marido.

La suma de circunstancias que dan lugar a cualquier instante de lo real y sus manifestaciones son infinitas. Sin embargo, algunos de ellos concentran consecuencias mayores, dan lugar a un paso disolvente del momento anterior. Por ello se vuelve más áspero el lenguaje: un símil de la realidad. En el dolor nos hacemos, dijo Benavente.

Por supuesto, todo necesita comenzar como una hipótesis. La de ahora es ésta: las cosas sucedidas son un preludio, una apertura a algo más, a un fluido en movimiento.

fmsolana@yahoo.com.mx