Elitismo para todos

Lo otro muerto

Hay simetría entre la erupción del México profundo justo cuando el dirigente y su régimen festinan la modernización alcanzada sin atender la desigualdad orgánica mexicana y el sistemático estado de no derecho.

Los adjetivos de magnitud, advierte Basho, poeta budista, conducen a la infelicidad porque son inexactos. Sin embargo (y esta es una de las tribulaciones modernas), el lenguaje queda por debajo de los horrores que nombra, que define. Los adjetivos de magnitud entonces son indispensables. Se presentan cuando se requieren y de eso se encarga la lógica del lenguaje. Y tampoco bastan. ¿Cómo decirle al último horror mexicano de la crucifixión nacional en el caso Ayotzinapa, para que al decirle así se defina su verdadero origen y se conjure para siempre una situación igual? ¿Barbarie, matanza, terror?

El caso de Iguala y sus muertos y desaparecidos, los crímenes de Estado cometidos por el edil y su policía municipal que les dispara, mata a seis de ellos y entrega a los demás estudiantes normalistas de Ayotzinapa al grupo delictivo Guerreros Unidos, dueño del ayuntamiento, muestra la putrefacción extrema de un gobierno criminalizado y de una casta política en donde radica el corazón mismo de la ilegalidad, ese segundo Estado fáctico que ahora subordina al Estado formal y ejerce el terror público para atemorizar a la sociedad atacando a sus jóvenes, enviando así un sangriento mensaje contra su existencia libre y su viabilidad democrática.

Un deterioro de tal magnitud involucra a todos los órdenes del gobierno y a toda la casta política y mandos militares y policiacos que han intervenido o sido omisos durante décadas en Guerrero, tierra de violencia ancestral y fosas clandestinas y cacicazgos políticos brutales propios del esperpento nacional, como el cara dura del inepto e impune gobernador Ángel Aguirre, que hace política discursiva con la tragedia para salvar el pellejo, lo único que le importa hacer: tiene respuesta para todo, inventa consultas sobre su permanencia, hace del amago de renuncia un arma en su beneficio, obtiene los inmorales apoyos del congreso local y del corrupto PRD, y así sobrevive un poco más porque él mismo va marcando la agenda retórica en cuyo guión está la administración de la tragedia y el engaño abusivo de que acaso los desaparecidos volverán con vida. Esto es México.

Surge un súbito paralelo con 1968 dada la inesperada, violenta y a fin de cuentas innecesaria represión, la solidaridad estudiantil coincidente con la movilización politécnica —una institución históricamente hermana de las normales rurales—, y además el escándalo internacional luego de la admirativa operación publicitaria por las atrevidas reformas neoliberales peñanietistas. La sincronía se entiende como una puesta a punto de posibilidades verdaderas. Y hay simetría entre la erupción del México profundo justo cuando el dirigente y su régimen festinan la modernización alcanzada sin atender, como siempre lo ha hecho, la desigualdad orgánica mexicana, el sistemático estado de no derecho, la vieja patología social: nuestra duradera enfermedad que ahora se agrava.

Del México coludido provino la demorada reacción que algunos columnistas observaron en Los Pinos. Varios días de distancia declarativa considerándolo un acto meramente regional hasta decir que se trataba de un acto “prácticamente” de barbarie. Varios días para asumir la primera y quizá definitiva crisis política que Peña Nieto vive, con otra sincronicidad más: con gran éxito de público se estrena la vitriólica y devastadora película del genio satírico de Luis Estrada sobre un candidato vuelto presidente por una cadena televisora.

Nada que ver con la rectificación de los nombres, aquella primera acción de buen gobierno propuesta por Confucio: cuando se nombra una cosa, ese nombre debe emplearse en forma segura; cuando se dice algo, eso que se dice debe ser practicable. Nada que ver, además, por la gran dificultad de decidir cuál sería la primera acción en un largo proceso de refundación nacional, en esa revertebración del Estado de derecho indicada por algunos.

—¿Qué sigue? —pregunta ella. Volvemos de Lagos de Moreno, donde la comunidad estudiantil de la Universidad de Guadalajara salió a la calle a protestar por la detención policiaca y posterior asesinato del alumno Ricardo de Jesús Esparza Villegas durante el Festival Cervantino de Guanajuato. Es un día sombrío, de caras largas y apesadumbradas, de rostros llenos de desasosiego. Estado fallido. Estado fallecido. Su cadáver es un zombi: una institución muerta-viva.

Se trata de una acción que inicie el lento camino del cambio o precipite la aceleración del fin. ¿Cuál?

fmsolana@yahoo.com.mx