Elitismo para todos

El martirio palestino

La última ilustración europea declaró que después de la "Shoa", del Holocausto, era imposible hacer poesía; ¿qué será imposible hacer cuando los exterminados se han vuelto exterminadores?

Gaza es como un campo de concentración. Aquí se nace, se malvive y se espera la muerte”, clama con desesperación Salah el Sousi, profesor de farmacia en la universidad local, entrevistado por Beatriz Lecumberri (Proceso, núm. 1967) en un conmovedor reportaje sobre uno de los más escalofriantes fenómenos de la historia moderna, cuando las víctimas de ayer son los verdugos de hoy y los campos de concentración los establecen quienes hace pocas décadas fueron asesinados en ellos. La última ilustración europea declaró que después de la Shoa, del Holocausto, era imposible hacer poesía. ¿Qué será imposible hacer cuando los exterminados se han vuelto exterminadores?

La desproporción bíblica de la lucha judía para destruir Gaza, una franja cercada por Israel desde 2007 y aislada por aire, mar y tierra luego del cierre de las fronteras egipcias a la caída de Morsi, asoma atroz en las cifras de hace apenas un par de días: 189 habitantes de Gaza muertos, la gran mayoría civiles inocentes, entre ellos niños y adolescentes, y más de mil heridos, contra un habitante de Israel fallecido por uno de los cientos de misiles lanzados desde la franja contra territorio judío por Hamás y la Yihad Islámica, perturbadores pero poco efectivos. Más casi 600 casas e instalaciones destruidas en los despiadados y sistemáticos bombardeos sobre el campo de concentración que Israel ha construido.

Juan Cruz cuenta en El País la historia de Yusef y Anas Qandil, padre e hijo, que salieron de su casa la noche del viernes al escuchar una explosión de aviso previo a un bombardeo y se alejaron para guarecerse. Los golpeó un pequeño proyectil de precisión disparado por uno de los aviones no tripulados, los drones israelíes que sobrevuelan Gaza día y noche. Son proyectiles que dejan un cráter minúsculo al explotar y cuya onda expansiva mata en un radio de 12 metros. Sus esquirlas siegan los miembros como cuchillas, según explica al reportero Sobi Skaik, cirujano del hospital de Al Shifa, a quien le parece perversa la denominación de “ataques quirúrgicos” para referirse a los cruentos bombardeos de los drones, que han atestado de heridos y mutilados la institución donde escasea todo y la cual se encuentra al borde de su capacidad.

Esta terrible desproporción entre el poderío militar de Israel y lo inerme del pueblo de Gaza, 80% del cual depende de la ayuda internacional para sobrevivir, como consigna Beatriz Lecumberri en su nota, la aguda disparidad entre el castigo que le inflige el ejército judío a la población y las razones que aduce para ello, en ese lugar donde entrar y salir es prácticamente imposible para sus habitantes, donde se repite el horror nazi con otras víctimas propiciatorias. Tal mal repetido no es banal, no lo fue en Auschwitz, no lo es en Gaza.

Mientras el presidente palestino Mahmud Abás denuncia un genocidio y escala la gravedad del ataque al señalar que no es solamente contra Hamás sino contra todo el pueblo palestino, el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu justifica la desmedida operación militar, llamada eufemísticamente Margen Protector, como legítimas medidas precautorias que podrían anunciar la tan temida intervención terrestre, una que sería aún peor, según los asustados habitantes de Gaza, a las ocurridas en 2008 y 2012.

Hamás continúa lanzando misiles contra Israel en una política suicida donde se agita el espectro de la resistencia contra los invasores como un bárbaro factor de unificación. Lo que Israel castiga esta vez no es el brutal asesinato de tres jóvenes israelíes a manos de una facción descontrolada de Hamás, sino el gobierno de coalición palestino entre esa facción radical y Fatah, partido del presidente palestino, vuelto responsable de los asesinatos por Israel, interesado en debilitar a su frágil gobierno y radicalizar militarmente la obstaculización de la normalidad en la zona invadida, una política del horror impune (¿por qué Israel nunca ha sido sancionado internacionalmente?, ¿por qué es un Estado al margen de la legislación mundial?) a la que la violencia exterminadora le es indispensable.

La llanura de Armagedón, escenario apocalíptico del conflicto final, está situada en Palestina. Cuando la cuenta larga de la historia coincida con la cuenta corta, dícese que sobrevendrá la conflagración definitiva con la que concluirá esta edad oscura. Mientras tanto sucede el genocidio palestino: esa mimetización maligna de aquellas víctimas hoy convertidas en ejecutores.

fmsolana@yahoo.com.mx