Elitismo para todos

De otra manera

Cada palabra en sí misma es una perspectiva, un tiro visual, una manera diferenciada y específica de considerar algo pues las palabras son las marcas del espíritu.

Todo pensamiento que verdaderamente piensa se mueve al margen de lo pensado. No deja de considerar aquello mismo que reflexiona, pero ya la mera operación que hace para mirarlo desde un nuevo punto de vista —y aun desde varios, obligación de un pensamiento creativo, profundo o distinto— es un desplazamiento acerca de lo reflexionado. Hay muchas analogías de esta operación cognitiva, cuya síntesis es la muy conocida definición: mirar es rodear un objeto, multiplicar sus aproximaciones, verlo desde horizontes distintos, poliédricos, multifacéticos.

Y el lenguaje es el instrumento principal de esta operación. Al término “depresión”, por ejemplo, que lo mismo sirve hoy en día para un barrido que para un fregado, en aras de la precisión debe oponerse alguno de los más de veinte sinónimos que es posible encontrar en cualquier diccionario relativamente completo, incluso en los incorporados a los procesadores de palabras electrónicos: “desaliento”, “abatimiento”, “desánimo”, “humillación”, “desmoralización”, “desesperanza”, “decaimiento”, “claudicación”, “postración”, “agobio”, “flaqueza”, “desfallecimiento”, “apocamiento”, “agotamiento”, “cansancio”, “nostalgia”, “melancolía”, “tristeza”, y hay más.

Cada palabra en sí misma es una perspectiva, un tiro visual, una manera diferenciada y específica de considerar algo pues las palabras son las marcas del espíritu, y se acepte o se crea que el lenguaje es un don humano que adviene o que se desarrolla por circunstancias funcionales, o por las dos cosas a la vez, todas las degradaciones personales y sociales comienzan con la degradación del lenguaje. Nunca será lo mismo decir “vamos a darle piso al cabrón” que “vamos a matar a tal persona”, pues en el enunciado mismo del acto está su enunciación, es decir, su sentido profundo y su significado moral.

Una forma de esa degradación humana es la avasallante hegemonía del lugar común, de las lenguas de madera que encorsetan el pensamiento, el decir colectivo. “Aviesos fines”, “oscuros intereses”, son términos habituales que se aplican a quienes se quiere desmerecer. He oído aquí y allá, una y otra vez que la investigación periodística de Aristegui Noticias sobre la Casa Blanca de Peña Nieto y su esposa —una más entre tantas hechas por los maharajás mexicanos, esa capa ahíta de riqueza mal habida que se pudre encima de la miseria nacional— le fue provista al portal por el aparato de inteligencia de otro político, ahora exhibido y en riesgo por su corrupción.

La casa existe, es una evidencia incuestionable, y también la dudosa operación para obtener su propiedad, Pero su exhibición pública es parte, dicen los informados, de una operación conspirativa de gran calado para frenar o impedir o desviar las reformas estructurales de este régimen, o debilitar al grupo en el poder de parte de los “aviesos fines” y los “oscuros intereses” que están detrás de aquello que aunque está hecho, está dicho y está visto, no importa. Yo creo lo contrario: que la evidencia empírica es suficiente para considerar lo demás como epifenómenos, unos quizá más importantes que otros, más pintorescos, pero nada más. La situación nacional, por desgracia, no es solamente un problema de percepción.

En fin: hay tantos factores que deberían incorporarse a lo anterior para matizarlo o multiplicarlo que exceden tanto el espacio mismo del texto como el ánimo y la capacidad de quien lo escribe. Es posible que en tanto país y sociedad nos vaya la vida, o la perdamos, ante la inepta y unilateral gestión de las oligarquías. Será una tarea de salvación nacional entonces escudriñar los pliegues e intersticios del gobierno terminal —o porque concluya o cambie o aun empeore— que México padece. En efecto, no hay nadie perfecto o impoluto. Todos somos semivíctimas y semicómplices, conforme establece la definición sartreana. Pero desde luego existen gradaciones, y el valor moral de cualquiera no está en lo que dice sino en lo que hace. Conforme voy envejeciendo confirmo, una y otra vez, que tiene razón el inmortal Cervantes en la legendaria frase Del Quijote: “Repara, hermano Sancho, que nadie es más que otro si no hace más que otro”. ¿Cuánto ha hecho Aristegui?

Uno dispone y la escritura propone. Este texto era para comentar aquella frase de Stendhal: “Por otro camino”, que tanto intriga a su biógrafo Michael Wood. Será para otra vez.


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