Elitismo para todos

El maestro discreto

Como escritor nunca fue ajonjolí de todos los moles, político opinante, estrella televisiva, pontífice cultural; Pacheco eligió la no distracción y ello le dio un carácter moral a su obra.


José Emilio Pacheco fue un hombre de letras integral, el más completo y seguramente el más querido de nuestros últimos tiempos literarios. Fascinante, obsesivo, avanzadísimo traductor. Poeta emblemático y cantor de un crepúsculo urbano, de una mutación desafortunada pero vesperal, dicha en una poética de lo inmediato, comprensible para cualquiera, transparente como el agua que ocupa el espacio que se le da. Narrador afortunado de títulos tan geniales como sus agudas e impecables tramas, las entrañables historias de una ciudad evaporándose y en ella los poderosos seres literarios de la imaginación, el recuerdo sensible, los arquetipos humanos. Periodista cultural excepcional, cuasi anónimo, didáctico sin serlo, educador de miles, proveedor de la memoria y los muertos inolvidables, de los eslabones para entender nuestro cronotopo.

El extendido respeto por José Emilio Pacheco débese a la persona y su fidelidad. Como escritor nunca fue ajonjolí de todos los moles, asesor de nadie, político opinante, estrella televisiva, pontífice cultural, en un momento donde los vínculos entre el príncipe, los medios y los escritores e intelectuales se intensificaron. Pacheco eligió la no distracción y ello le dio un carácter moral a su misma obra, que no lo requeriría pero que desde luego no le estorba. Esa discreción perseverante no tuvo aristas excluyentes. Siempre fue amable, generoso, sencillo y accesible.

Pocos privilegios literarios como recoger la Antesala de José Emilio todos los jueves durante años históricos en su casa de la Condesa, aquel escenario de las batallas en nuestros desiertos. Era el placer del texto leído antes que los lectores del suplemento, siempre brillante, inesperado, y además recibirlo de su atento autor, quien se comportaba con delicada timidez, volcada toda su atención en el otro, preguntándole por sus formas de transportarse y advirtiéndole acerca de los riesgos en aquellas calles donde antes estuviera la promesa de una ciudad y un tiempo ahora desviados.

“En la innoble y letal colonia penitenciaria / que hasta hace poco llamamos ciudad de México”, escribe Pacheco en “Paseo de la Reforma”, amante desconsolado de una ciudad hipertrofiada y hecha otra. En “Fin de siglo” señala que la sangre derramada clama venganza: “No quiero nada para mí. / Sólo anhelo lo posible imposible: / un mundo sin víctimas”. En “El gran teatro del mundo” dice lo ácido inevitable: “Somos legión y somos prescindibles, desechables, inmemorables. Nos hemos vuelto comparsas de un melodrama en que bajo el nombre de noticias el mundo se ofrece como espectáculo a sí mismo”.

Toda la época queda escrita en su literatura, materia que al estar hecha de palabras se desprende de su referencia crítica inmediata para convertirse en lenguaje cargado de sentido, que aún va más allá, o viene desde más acá, desde las influencias canónicas que en Pacheco, gran erudito, voraz lector, humanista profundamente ilustrado, se volvieron una de las obras principales de nuestros días.

Una línea debida a él —de Cuatro cuartetos, de Eliot, cuya traducción anotada le llevó 30 años; “Tengo una nueva versión”, me dijo cuando le llevé un ejemplar de husocrítico que publicaba la versión anterior entonces ya perfecta—: “Para nosotros sólo cuenta el intento / lo demás no es asunto nuestro”, condensa la dedicación en el oficio, en la cual uno se ha desprendido de lo tercero: todo lo demás, que no es asunto nuestro. No solamente la versatilidad intelectual y creativa, sus equívocas solicitaciones, sino su telón proyectivo: el producto y las masas, hace de muchos escritores gente poco seria.

La discreción proverbial en Pacheco, quizá solo modificada en la rigurosa intimidad, en el cenáculo protector, y desde luego sublimada constantemente en literatura, lo rodeó de una respetabilidad propia, del aura única de un santo oculto que era un héroe público, como se vio en auditorios multitudinarios al paso de los años. La literatura y la discreción. La literatura y la dedicación.

De la fidelidad a la palabra y sus variantes inagotables se desprende el sentido de haber vivido. Que por cada quien hable su vida. Nos vamos quedando solos, pues como dijo un poeta desasosegado, se nos murió Pacheco, un muerto de todos. Ojalá y las muy queridas Cristina y Laura Emilia editen aquello que está pendiente: Inventario, por ejemplo. Ojalá y exista un diario: el maestro aumentaría la lección de una vida y una obra ya completas. Paliaría su ausencia, otra orfandad.

fmsolana@yahoo.com.mx