Elitismo para todos

Acerca de lo real

La historia enseña, sin embargo, que las derrotas sobrevienen cuando las élites suponen que han dominado para siempre la existencia de los demás

La insensata observación de Hegel: “Todo lo real es racional, todo lo racional es real”, justifica eso que va ocurriendo aceleradamente: un sistema global de pensamiento único que se considera natural cuando es un artificio inducido, una construcción oligárquica, un proyecto de interés privado y transnacional impuesto mediante la extendida práctica contemporánea de la sobresocialización.

Es tan triste como alentador saber que ya lo sabíamos, o cuando menos que las antenas de la raza (escritores, artistas, pensadores, científicos e intelectuales) ya lo habían advertido. En la raíz de la batalla por las ideas existe un diseño conservador y excluyente cuyas huellas son obvias. Los engaños de la sociedad del espectáculo y el aprendizaje social globalizado incluyen la desacreditación de cualquier teoría de la conspiración, de cualquier “visión policiaca” o “causalidad diabólica” que sugiera la existencia de fuerzas ocultas cuyos designios conducen la historia humana.

Sin embargo, la sociedad tardomoderna es una formidable empresa de sugestión que ha producido la mentalidad actual, fabricándola de tal manera que se vea obligada a desconocer la existencia o la mera posibilidad de haber sido fabricada. Este impedimento es el mayor secreto de todos.

El último episodio de la batalla por las ideas empezó en la década de los años setenta del siglo pasado, cuando la contracultura liberal dominaba el escenario público y mediático ante el sangriento fracaso de la guerra de Vietnam, la corrupción política y los masivamente rechazados valores del sistema capitalista. Fanáticos religiosos, ideólogos de derecha, financieros y hombres de negocios se comprometieron en un esfuerzo a largo plazo, una “larga marcha” que duraría 30 años hasta capturar el Estado y moldear la mentalidad común.

Influyentes y ricas fundaciones ultraconservadoras se empeñaron desde entonces en contrarrestar, a través del dominio de los medios masivos de comunicación y el control de la mentalidad común, la crítica que veían surgir desde los campus universitarios y el pensamiento de izquierda. Sobrevendría el “fin de la historia” proclamado por uno de los tantos intelectuales orgánicos de esa revolución conservadora, que a partir de 2001 alcanzaría la hegemonía planetaria como si hubiera sido un hecho espontáneo, natural y benéfico para toda la humanidad.

Los mensajes de la ultraderecha han sido cuidadosamente diseñados y difundidos gracias a avanzadas técnicas de marketing, relaciones políticas y gestión pública que insistentemente, como observa Eric Laurent, se repiten hasta ser asumidas como propias por las mayorías.

Desde la negación de la existencia del bien común para reemplazarlo por la disolvente noción del interés individual, hasta la afirmación tajante de que los sistemas de seguridad social, los derechos laborales o las escuelas públicas ya no funcionan debido a que son un freno para la “competitividad”. Desde la abolición de las obligaciones históricas de los Estados nacionales y sus soberanías hasta la interesada exacerbación del crimen y la inestabilidad colectiva, los mensajes son inoculados en la conciencia de la población desde múltiples medios simultáneos.

Esta sobresocialización responde a la técnica llamada Mighty Wurlitzer por la CIA: propaganda incansablemente pertinaz para que se considere como la verdad. Un estudio de la organización People for the American Way citado por Laurent dice que “el resultado de esta estrategia invisible en extremo es una amplificación extraordinaria de los puntos de vista de la derecha sobre una gran variedad de temas”. A partir de entonces lo real, así fuera manipulado, nihilista y destructivo como suele volver el neoliberalismo lo que toca, se volvería incuestionablemente racional.

Tienen razón porque han vencido. Han vencido porque tienen razón. La filosofía de la victoria se torna así una creencia sacramentada, devocional. La historia enseña, sin embargo, que las derrotas sobrevienen cuando las élites suponen que han dominado para siempre la existencia de los demás. Cuéntese a la naturaleza en esa falsa nómina del éxito contra el fracaso. Cuéntese aquello que es infra y supra racional: los campos mórficos o un cosmos que no obedece a ninguna linealidad, las insondables profundidades de la conciencia humana o los espacios semánticos, los horizontes metafísicos que no sabemos todavía nombrar.

Toda acción de resistencia es un paso lateral.

fmsolana@yahoo.com.mx