Elitismo para todos

El infierno idéntico

Byung-Chul Han afirma que la transparencia va más allá de la corrupción y de la libertad de información para convertirse en una coacción sistémica que se apodera de todos los sucesos sociales y los modifica.

No se trata de la bendición de la costumbre, aquel recurso protector de la conciencia, sino precisamente de lo igual: en todas partes lo mismo. Ahí está el mafioso y corrompido campeonato brasileño de futbol para demostrarlo, espectáculo publicitario global cuya aspiración mediática es que lo vean todos. Tal vez ocurrirá.

“El dinero, que todo lo hace comparable con todo, suprime cualquier rasgo de lo inconmensurable, cualquier singularidad de las cosas”, escribe Byung-Chul Han en su segundo y poderoso breviario, La sociedad de latransparencia (Herder, Barcelona, 2013). Tal sociedad es un “infierno de lo igual”, afirma el autor, quien señala que la transparencia va más allá de la corrupción y de la libertad de información para convertirse en una coacción sistémica que se apodera de todos los sucesos sociales y los modifica.

“Las cosas se hacen transparentes cuando abandonan cualquier negatividad, cuando se alisan y allanan, cuando se insertan sin resistencia en el torrente liso del capital, la comunicación y la información”. Byung-Chul Han postula que la actual es una sociedad de la positividad determinada mercadológicamente por el exceso y la saturación de lo posible, por la negación de las contradicciones y de los planteamientos opuestos. Ejemplo de ello es el “me gusta” de Facebook, no acompañado de un “no me gusta”, opción negativa necesaria para cualquier fenómeno orgánico, pero no así para la máquina, que se mueve en la positividad: “Solo lo muerto es totalmente transparente”, observa el autor.

Entonces, según este pensador lapidario, la sociedad positiva se despide de toda reflexión dialéctica —una consideración de los contrarios— y de toda reflexión hermenéutica —un ejercicio sobre el sentido—, abandona así las operaciones cognitivas de la época anterior. Tampoco acepta ningún sentimiento negativo: “Se olvida de enfrentarse al sufrimiento y al dolor, de darles forma”. Y el amor se ve domesticado como confort y consumo, asépticamente despojado del sufrimiento y la pasión, los cuales son reemplazados por las perturbaciones psíquicas emblemáticas de estas horas: “el agotamiento, el cansancio y la depresión, que han de atribuirse al exceso de positividad”.

La negatividad de la distinción alimenta la vida del espíritu y sostiene atento nuestro interés por lo necesariamente desconocido en nosotros, en los otros, en lo otro. Sin ella sucede “una excrecencia general
y una promiscuidad de las cosas”. Escribe el autor que “el alma humana necesita esferas en las que pueda estar ensí misma sin la mirada del otro”. Que sólo la máquina es transparente. Que la comunicación alcanza su velocidad máxima “donde lo igual responde a lo igual, cuando tiene lugar una reacción en cadena de lo igual”.

Dado que la negatividad y resistencia de lo otro, de lo extraño perturba la veloz comunicación de lo igual, la transparencia lo elimina para convertir a la sociedad en una sociedad uniformada, un rasgo totalitario señalado por el autor. Byung-Chul cita a Ulrich Schacht: “Una nueva palabra para la uniformación: transparencia”. De ahí que ante esta sociedad de la transparencia cuyo afán va apoderándose de todo —“un infierno de lo igual” donde sin cesar ocurre lo que define como pornografía: “el contacto inmediato entre la imagen y el ojo”—, el autor lacónicamente proponga a sus lectores “ejercitarse en la actitud de la distancia”.

Siguiendo la evidencia empírica suficiente para demostrarlo, Byung-Chul aduce que más información no conduce necesariamente a mejores decisiones, y que en cambio “hoy se atrofia la capacidad superior de juzgar a causa de la creciente y pululante masa de información”. La sobresocialización de esta masa de contenidos idénticos hace que “la actual sociedad de la opinión deje intacto lo existente”, el marco de relaciones sociopolíticas que no se cuestionan. En la sociedad de la transparencia la política degenera en una “pospolítica” compuesta de referéndums, pues solo el espacio despolitizado es completamente transparente. Tanta información y comunicación no eliminan la imprecisión prevaleciente en el todo histórico: “más bien la agravan”.

Transparencia y verdad no son idénticas, recuerda el escueto autor de este breve libro esencial. Su epígrafe es de Peter Handke y resume la negatividad irrenunciable al espíritu del ser humano, el misterio intransparente del mundo, su fascinante opacidad: “Vivo de aquello que los otros no saben de mí”.

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