Elitismo para todos

Los hombres sagrados

Escribir es una bondad que comprende porque nombra el dolor y lo re-presenta, y al hacerlo, aunque ello obligue al autor a vivir de nuevo el sufrimiento insoportable, se convierte en una gramática de la pertenencia mutua…

La moral de la novela —un género literario dividido en dos polaridades: las buenas y las malas novelas— consiste en iluminar zonas del ser y su circunstancia antes desconocidas, no mostradas o no surgidas hasta entonces. Lo demás es prescindible. Cuántos hemos escrito novelas prescindibles. Y, sin embargo, en estas turbulentas antesalas de un desenlace histórico que parece aguardarse aún sin que se perciba que ya está ocurriendo, surgen esos artefactos moralmente perturbadores, conmovedores, icásticos. Y escalofriantes también.

Son cantos elegiacos al dolor, a las disoluciones y coagulaciones del alma humana que nuestro momento histórico contiene inmisericorde, como una siega sin botón de apagado. En tales tiempos las cosas se trastocan y el lenguaje cambia. El lenguaje es el sistema inmunológico del espíritu, y éste debe emplearlo para colocar lo que se va viviendo en una zona de comprensión. No es circunstancial que sea un poeta quien entone, a partir del asesinato de su hijo, el testimonio literario de la hora actual, el libro concluyente de estos días. Un poeta que además abandonará para siempre la poesía en aquel instante fatal y tendrá que escribir un largo hilo narrativo cuya dura crudeza tendrá una y otra vez momentos de expresividad poética. Una poesía del dolor moral extremo, del sacrificio irracional.

“Algo se rompió dentro de sí y mirándolas lloró. Cerró los ojos: en la oscuridad de sus párpados volvía a buscar una vez más a su hijo. No lo encontró como habría querido encontrarlo: idéntico a la noche en que se despidieron”, escribe Sicilia contando de Sicilia y su inmenso vacío trágico, esa evocación mordiente y somática,  imposible de curar nunca, que marcará la marcha de la conciencia hecha durante meses con un puñado de personas dignas y dolientes como él, para volver visibles a las víctimas, a los desaparecidos, a los deudos ignorados en su búsqueda dantesca, y también al mal criminal, económico, policial, político, judicial, cultural incluso, al mal del Estado mexicano fallido y cómplice que lo permite.

La defensa del lenguaje significa también emplearlo en una zona de bondad, una de las formas más altas de la inteligencia humana: la bondad comprende. Escribir es una bondad que comprende porque nombra el dolor y lo re-presenta, y al hacerlo, aunque ello obligue al autor a vivir de nuevo el sufrimiento insoportable, se convierte en una gramática de la pertenencia mutua que nos atañe y sucede a todos. Hasta a aquellos que no quieren saberlo.

El deshabitado es un libro nutrido de esa virtud, de una resistencia contra la divinidad actuante en la historia, contra la Iglesia simoniaca de las jerarquías eclesiásticas indiferentes y uncidas al carro de los faraones, contra la banalidad del mal y su desproporción entre los hechos que lleva a cabo y quienes los perpetran, contra la dipsomanía de la grilla paralizante que sufren las izquierdas, contra la insensibilidad de López Obrador y sus huestes ante la verdadera crucifixión mexicana, contra las positividades idealistas de una democracia solamente retórica y paralítica. Contra lo real atroz, contra el infierno y sus sicarios. Y podría parecer que hasta contra la esperanza no de un futuro mejor sino simplemente de un futuro.

La composición del personaje de Sicilia escrito por Sicilia es muy singular. La estructura, dirían algunos, y otros la psicología del personaje, que es casi tal como es, salvando la distancia entre lo vivido, lo recordado y lo escrito. Más ese correlato objetivo del que se ha hablado líneas atrás: el que escribe se toma como materia narrativa de lo que escribe.

Un concepto central en esta novela hecha de lenguaje sin afeites, con sangre y vida, con altísimo valor civil, pensamiento, fe y clamor al cielo, con sabiduría biográfica y profunda cultura intelectual de la galaxia Gutenberg, es el del homo sacer, el hombre sagrado, aquel que quedaba proscrito de la ley, entre sus intersticios, y perdía la protección del Estado. Aquellos hombres sagrados siguen estando entre nosotros, somos nosotros. Y es dicha condición la que promete una esperanza, una acción en el mundo, el cual tal vez no tenga remedio, pero en el que hay que resistir. Acaso esa sea la hiperpolítica que esta hora de metamorfosis requiere. Quienes la intenten a su manera quizá comprenderán.

Regalaré El deshabitado a quienes pueda. Gracias, Javier Sicilia, tu fe te consolará sin falta. Tu canónica escritura ya comenzó a hacerlo.

fmsolana@yahoo.com.mx