Elitismo para todos

Sartori y la mutación

El politólogo cita cómo la saturación informativa mediante las imágenes no transforma a las masas en energía, sino que produce más masa

Giovanni Sartori considera que el acto de tele-ver está cambiando la naturaleza de los seres humanos. Su premisa proviene de una evidencia: hoy se vive la primacía de la imagen. Hasta hace poco era al revés. Antes lo inteligible era más importante que las imágenes. Ahora lo que prepondera es un ver sin entender. Antes prevalecía el homo sapiens. Ahora el homo videns es abrumadora mayoría planetaria.

La condición que hace único al homo sapiens es su capacidad simbólica, de ahí que viva en dos planos a la vez. En un universo físico y en otro simbólico compuesto de lenguaje, arte, mito, religión. Aquello que no se ve forzosamente, pero de lo que se puede y debe hablar.

Todas las formas de vida cultural están comprendidas en la expresión latina animal symbolicum. Los seres humanos somos un animal parlante, un animal loquax, que constantemente está hablando consigo mismo. Tal característica —lo que se llama el “lenguaje-palabra”, el lenguaje de nuestra habla— es única y determinante. El telespectador, en cambio, es mucho más un animal vidente que simbólico.

El homo sapiens habitó en la Galaxia Gutenberg, una época de la cultura y la conciencia humanas comenzada quinientos años atrás que, sin remedio, parece haberse terminado a partir de los años cincuenta del siglo pasado.

Y Sartori analiza una consecuencia que llama discapacidad cultural, una mutación social de resultados regresivos producida por el cambio a la naturaleza del acto comunicativo hecho por la televisión.

Hasta la radio, la comunicación estaba construida con palabras. Las palabras son un símbolo que se resuelve en lo que significan, en lo que nos hacen entender. La imagen, recuerda el pensador, es pura y simple representación visual. Así que la televisión trasladó culturalmente el valor de las cosas antes dichas con palabras y necesariamente pensadas en la mente a las cosas ahora representadas en imágenes.

Sartori se pregunta qué sucede entonces con lo no visualizable, la mayor parte de lo que existe, cuando se reitera que “todo” lo que de verdad existe acaba siendo visualizado. Y al serlo, se da por hecho que es un hecho real. La televisión, el tele-ver, una práctica ahora multiplicada hasta en las palmas de la mano, ha estimulado la violencia, ha sido culturalmente regresiva y ha habituado a la audiencia a una información escasa pero abrumadora y en tiempo real, sobresocializada una y otra vez, presentada sin contexto, intencional.

Nos preocupa quién controla los medios de comunicación, pero no nos percatamos que es el instrumento mismo lo que escapó ya a nuestro control, advierte Sartori, quien cita cómo la saturación informativa mediante las imágenes no transforma a las masas en energía, sino que produce más masa. La televisión entonces destruye más saber y entendimiento del que trasmite.

Sartori ataca al homo videns, pero no se hace ilusiones. Se resigna lúcidamente a su desarrollo inevitable. Y acaso en último extremo útil, dice en un infrecuente tono optimista, siempre y cuando la sociedad no desemboque en la vida inútil cuyo único provecho es matar el tiempo. También desea que la escuela abandone la mala pedagogía y la degradación en que ha caído y se oponga al pospensamiento que ella misma ha contribuido a crear.

Aunque mi batalla estuviera perdida de antemano, no me importa, escribe el autor, enarbolando una máxima de Guillermo d’Orange: “No es necesario esperar para emprender, ni lograr para perseverar”.

Todo resulta una paradoja de la proximidad. La crítica debe hacerse, aunque quede resignada a ámbitos pequeños y aun escondida, se invisibilice. Quizá estas son las retaguardias que mañana serán vanguardias, así ese mañana parezca utópico.

“Al principio fue la palabra”, dijo el Evangelio de Juan. Ahora el libro tutelar diría: “Al principio fue la imagen”. Digitalizar es un instrumento de descomposición o recomposición: cualquier conjunto de cosas puede ser manipulado y mezclado. De ahí que para el homo videns ninguna realidad sea estable o definitiva, sino relativa, perentoria, intercambiable, superficial, fugaz.

Con la muerte de Giovanni Sartori la Galaxia Gutenberg ha perdido a otro más de sus últimos estrategas. En la oscura desbandada van desgranándose los sabios. Diría George Steiner que ya no nos quedan más comienzos. Pero sí ideas, opciones, resistencias cercanas y posibles: volver a lo táctil, lo somático. Volver al símbolo, a lo que no se ve.

fmsolana@yahoo.com.mx