Elitismo para todos

Al fin

Cuando Camus dijo: “Basta con las sucias esperanzas”, hablaba de las falsas ilusiones dirigidas a lo imposible; la esperanza auténtica siempre hace referencia a lo posible.

Para Rafael Tovar y de Teresa,
con un abrazo entrañable


A) Bienaventurado sea el Señor —o Laing, o Artaud, o Guénon, o Murena, o Yourcenar, o quien haya sido, que repentinamente logra que uno se libre de sí—. Luego de tantos años de vida centrada en el yo, esa hipótesis inútil, debe pasarse a otras consideraciones mentales y emotivas, a otra manera de estar en la existencia, más allá de los discursos predominantes y de las formas aceptadas de la interpretación.

B) Ya decía el inagotable Karl Kraus que el psicoanálisis, la obsesión por el yo, era una manifestación de la misma enfermedad que se pretendía curar. Y tal dolencia, vuelta enfermedad planetaria por el impacto cultural de su fundador, un signo propio de la época moderna, consiste en la exaltación del yo introspectivo, obsesivamente consciente de sí mismo, donde no se percibe la persona en su totalidad sino solo como una conciencia determinada por conflictos y angustias interiores que requiere levantar un sistema lógico cerrado, neurótico, en el que cada elemento sea manipulable para alcanzar una imaginaria seguridad emocional.

C) Acaso hubo sido la reciente lectura del teórico de la antipsiquiatría: “La sombra de la familia oscurece la visión individual. Hasta que no se logra ver la familia en cada uno de nosotros, no se consigue ver con claridad ni a la familia ni a nosotros mismos”, aquella que permitió obtener distancia sobre el origen y relativizar la procedencia personal. Más vale tarde que nunca: de pronto la infancia ya no es destino y la constelación parental es superada porque resulta absorbida: disuelve y coagula, se llama la operación. Entonces nos llamamos Nadie, ya no somos ni hijos ni padres de nuestro padre sino padres de nosotros mismos. Inmensa libertad.

D) “Nadie sabe para quién trabaja”, encabezaba Alfonso Reyes un artículo de hace más de 60 años dedicado al ilustre y pesimista linaje de los Huxley. Aunque sí se sabe, aceptaría el gran prosista unas pocas líneas después: uno trabaja para el “tercero en discordia”, aquel a quien los profetas de las reivindicaciones económicas llaman “intermediario” y quien siempre se queda con el provecho de los afanes ajenos. Sin embargo, señalaba el maestro, no hay que exagerar. “Yo decidí un día suprimir al intermediario: por nada del mundo pude conseguir que el carnicero de la esquina me diera un filete a cambio de un soneto”. Los astros, aceptó Borges, fueron generosos con Reyes. Los intermediarios no, porque con nadie lo son.

E) Entre ciertos pensadores —Jung uno de ellos— suele afirmarse que cuando un hombre sabe más que los otros se retira a su silencio interior. Alguien dijo entonces que los lunes, jueves y domingos esperaba, y que los martes y los sábados los disponía para la desesperación. No mencionar los miércoles en dicha cuenta acaso era una indicación de que se requiere el silencio interior cuando menos una vez por semana, bien sea debido a que ese día se sabe más que el prójimo, quizá porque ese día se sabe menos. El silencio por exceso, el silencio al carecer.

F) El centenario Albert Camus sigue vivo y su figura aún es evocada como la del filósofo práctico y vivencial de esta época donde lo terrible ya ha sucedido. Luego del admirado y reverencial asombro que en la Francia liberada provocó el primer número público de Combat, el heroico diario de la Resistencia que anunciaba su nombre como jefe de redacción en primera plana, un texto inédito de 1939 recién publicado postula cuatro exigencias hechas entonces al periodismo de esa época pero vitales al difícil arte contemporáneo de existir ahora y eventualmente comprender, dotar de sentido lo que se vive: la lucidez, el rechazo, la ironía, la obstinación. A estas virtudes hay que sumar aquello que llamó “un método del todo nuevo”: la justicia y la generosidad.

E) Camus dijo: “Basta con las sucias esperanzas”. Hablaba de las falsas ilusiones dirigidas a lo imposible. La esperanza auténtica siempre hace referencia a lo posible. Por ello Simone Weil estableció que es casto quien dirige su deseo no al porvenir sino a la criatura presente: toda virtud es energía y su fundamento es la atención. Entonces las esperanzas sobre una democracia cognitiva, así se circunscriba a unos cuantos aunque suficientes como masa crítica, son perspectivas fundadas en la posibilidad. Asimismo la síntesis de los opuestos: esperma y sangre, sol y luna, sujeto y potencia, día y noche, luz y pensamiento, vocal y consonante, vida y muerte, dolor y felicidad.