Elitismo para todos

La ética según Bauman

La conciencia lleva a la amargura, y remontar el sentimiento que genera en los que se atreven a ser conscientes es una tarea de sabios, tal vez de santos o de locos

A pesar de su ácida visión sobre la sociedad actual, a la cual famosamente llamó “sociedad líquida” por la incertidumbre estructural y despiadada que la caracteriza, Zygmunt Bauman se marchó hace unos días creyendo que habría una fundada esperanza, si no en otro futuro radicalmente opuesto, cuando menos en uno mejor y posible para el mundo.

También se fue convencido de que bien podría no ser así. La conciencia conduce a la amargura y remontar el sentimiento que provoca en los que se atreven a ser conscientes es una tarea de sabios, tal vez de santos o de locos sagrados.  Si la soberbia literaria de Montherlant anunció que nadie se salva de la necesidad de vivir entre imbéciles, y así se va convirtiendo en uno de ellos, la conciencia reflexiva de Bauman profundizó mediante ensayos centrales en el dantesco y complejo abismo social, político y económico establecido hoy por todo el planeta.

Las últimas fotos del pensador y académico polaco muestran su rostro surcado de arrugas, la expresión serena y una mirada irónica penetrante —aunque teñida de cierta distancia sapiencial, como si viera más allá de lo que miraba— coronada por unas pequeñas y alborotadas cejas blancas. Un rostro de atención concentrada, crítica y no sentimental que acaso irónicamente acepta la posibilidad de haber ingresado a una época histórica terminal que, por más que dure su crepúsculo, ya terminó.

La sugerente metáfora de la sociedad líquida, aquella de las desoladoras contradicciones que refirió Bauman, cuando la gente anhela vínculos duraderos pero está temerosa de establecerlos y así se vuelven efímeros y frágiles; que ha hecho de la indiferencia hacia los otros una obligación vital de todos; que ha disuelto paradigmas sociales y evaporado todo tipo de certezas, tanto filosóficas como existenciales o religiosas; que provoca migraciones forzadas semejantes a éxodos bíblicos; cuando sucede la desaparición de los Estados nación y una globalización financiera neoliberal subordina al planeta, esa metáfora líquida que describe la elusiva e impredecible condición del momento actual puede interpretarse paradójicamente como una posibilidad.

En su hermoso libro Ética posmoderna (Siglo XXI editores, 2005), Bauman recorre las estaciones donde ahora no está, salvo como acciones rigurosamente individuales, el “espacio moral” que considera sustantivo y esencial para reconstruir la vida colectiva. “Si la creación del Estado benefactor
—escribe— fue un intento por movilizar los intereses económicos en servicio de la responsabilidad moral, su desmantelamiento despliega el interés económico como un medio para liberar el cálculo político de restricciones morales”.

Bauman afirma que el desmantelamiento del Estado benefactor destruye la responsabilidad moral política y social, no solamente por sus depredadores efectos sobre los pobres y desafortunados sino, además, por sus consecuencias para los yoes morales de las personas en general, físicamente tan cerca y espiritualmente tan remotas.

Los otros, los que Bauman llama “el ser para los Otros” y considera piedra angular de la moralidad, se convierten en cuentas y cálculos, pérdidas y ganancias, en valor monetario. De ahí, entre otras cosas, el deterioro irremediable de lo público, de los servicios colectivos como la salud y la educación, la vivienda o el trabajo. Ésta es una de las caras de la posmodernidad: “la disolución de lo obligatorio en lo opcional”. La segunda es “la sectaria furia de la afirmación neotribal”: la violencia como instrumento de construcción de un orden inestable y como pedagogía mediática colectiva, la desencantada búsqueda personal de verdades parroquiales, caseras, ante el vacío del ágora, el relativismo inmoral del todo se vale. “El sueño moderno de la modernidad que legisla felicidad ha dado frutos amargos”, escribe Bauman, crítico de internet (“adormece las mentes”) y del activismo de sofá que produce, de la proliferación de sus mensajes de odio y su entronización de la banalidad. “Todo es más fácil en la vida virtual”, ironizará.

Su esperanza radica en que la conciencia moral haya sido anestesiada, no amputada. Aún es capaz de sacudirse, señala, de cumplir la hazaña de despertar del sueño dogmático. Esa responsabilidad es la más inalienable de las posesiones humanas y el mayor de sus derechos. “Existe antes de cualquier reafirmación o prueba, y después de cualquier excusa o absolución”. La moral va más allá de la razón.

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