Elitismo para todos

El desplome

Es atroz aniquilar a los ciudadanos, atropellarlos, y es doblemente atroz evitar a sangre y fuego que se informe sobre ello; seguirá ocurriendo el horror porque se castiga su visibilización pública.

O es disfuncional el gobierno por incapaz o es cómplice por acción. Las nubes negras se multiplican en el horizonte nacional inmediato: la caída del precio del petróleo, el no crecimiento económico, la devaluación del peso frente al dólar, la corrupción y su consecuente impunidad como métodos políticos, el ensimismamiento autista de Los Pinos, el descenso en picada de la credibilidad presidencial, la violencia incesante y dirigida, la voraz cleptocracia insaciable, la inepta y deshonesta clase política, la miseria nacional creciente, la manipulación mediática cotidiana. Tal es el grave estado del país.

El asesinato del fotógrafo y periodista Rubén Espinosa, colaborador de la agencia Cuartoscuro y de la revista Proceso, y de cuatro mujeres con las que estaba reunido en la colonia Narvarte, entre ellas la activista Nadia Vera, podría ser una provocación, un ajusticiamiento y un escarmiento de este momento salvaje y desarticulado. Un atentado antidemocrático contra la libertad de expresión y el derecho público a la información, el cumplimiento de un contrato dictado en Veracruz contra su vida como represalia por sus tareas informativas y las de los medios críticos en los que trabajaba, una advertencia más para todo el gremio periodístico libre.

Si se debe a una suma arbitraria del sangriento karma de nuestros días dantescos: depredadores que sacrificaron al periodista y a las mujeres un fin de semana del horror urbano, el hecho es máximamente malo. Si es producto de otros intereses, un fascismo criminal está actuando contra la sociedad abierta y contra sus mediadores, los periodistas, a través de células de asesinos.

Las cifras son escalofriantes: más de cien periodistas mexicanos muertos en unos cuantos años, más que en Bagdad o Siria, zonas de guerra. Esa estadística muestra un exterminio selectivo de relativamente pequeña escala ahora que las cantidades de muertos son incontables en el osario mexicano, pero de consecuencias mayores para cualquier sociedad. Es atroz aniquilar a los ciudadanos, atropellarlos, y es doblemente atroz evitar a sangre y fuego que se informe sobre ello. Seguirá ocurriendo el horror porque se castiga su visibilización pública. Un doble cerrojo que las mafias político-criminales quieren cerrar, haciéndole tragar la llave a la gente.

En algún memorable “Inventario”, José Emilio Pacheco narró el espanto con el que Marshall McLuhan regresó a su país después de una visita a México en 1975. Pronosticó inviabilidades y desdichas para una sociedad cuya publicitaria democratización del deseo era propia de burguesías ahí inexistentes, en la desigualdad crónica de una tierra de maharajás, para la cual pronosticó una inevitable insurrección del rencor. El país luce ahora, desde esa perspectiva, como un inmenso campo de concentración.

—La falta de integridad del mexicano es altísima— dice mi mujer. Estamos platicando de la burbuja autorreferencial en que vive el presidente, y de cómo, no habiendo responsables de nada, todos son irresponsables de todo. Los actos en este país no tienen consecuencia alguna. Recordamos la lapidaria sentencia final del oráculo de Jodorowski: México es el país que se crucifica a sí mismo para dar lugar a otro momento. Nos preguntamos cuál es. Comentamos cifras leídas apenas: siete de cada diez mexicanos tienen obesidad o sobrepeso, somos campeones mundiales en ello. ¿Estábamos tan enfermos antes de la televisión y su publicidad lobotomizante, éramos más inteligentes como sociedad? La crucifixión nacional consiste en experimentar los efectos devastadores de una doctrina neoliberal del shock económico-político, de una apertura comercial desigual y despiadada, privatizaciones gansteriles, desregulaciones arbitrarias y dramáticas disminuciones del gasto público. Los efectos de la destrucción social, de su “modernización” thatcheriana: no hay sociedad, solamente hay individuos, la mayoría de los cuales son prescindibles.

La metáfora de estas horas malas es la inauguración presidencial de un estadio de futbol vacío. Los vacíos siempre se llenan. El Logos mexicano está roto. Tantos años de sentimentalismo: “No le digas, porque se va a sentir”, de doble vínculo, de doble país: el real y el formal, han dado paso a un momento extraño, sin síntesis otra vez, más oscuro que antes.

Como si las sombras se traslucieran advirtiéndonos algo.

fmsolana@yahoo.com.mx