Elitismo para todos

El deshabitado

“Bebe tu dolor, poeta”, y sal a clamar a la plaza pública por las víctimas invisibles y los desaparecidos sin nombre, y por tu hijo asesinado, por sus amigos asesinados.

De la prevención al pasmo, del pasmo al más vivo pesar, luego a la admiración ante un heroísmo trágico y a la sorpresa terrible por mirar el rastro, el abismo criminal del horror y del mal en que está sumido México, hasta deshabitarse uno también al ir leyendo y terminar profundamente conmovido por una sensación de oscura desesperanza que, sin embargo, algo indecible promete.

La prevención surge ante una estructura narrativa donde el autor habla de sí mismo en tercera persona y se llama igual que su protagonista, desdoblamiento del que la objetividad literaria podría desconfiar. Pronto queda clara la necesidad, el porqué de novelar así algo que efectivamente ha ocurrido: aparecerán en la historia otros muchos personajes correspondientes a seres de carne y hueso que llevan el mismo nombre en la vida real, y algunos de ellos serán retratados desde una interioridad que el autor imagina literariamente y que la obra construye en el espacio intangible de la ficción.

El pasmo proviene de la crudeza con que se testimonia y escribe (que no se cuenta ni se reseña ni se reporta: esto es mucho más que eso) El deshabitado, de Javier Sicilia (Grijalbo-Proceso, 2016). Aquel dictum romántico del “Bebe tu sangre, poeta”, ahora se hace despiadadamente posmoderno: “Bebe tu dolor, poeta”, y sal a clamar a la plaza pública por las víctimas invisibles y los desaparecidos sin nombre, y por tu hijo asesinado, por sus amigos asesinados, sal a clamar contra el horror.

El pasmo surge también del autorretrato, no hecho en escorzo literario sino desde muy cerca de un hombre en el dolor y la pérdida profundos, franco hasta el áspero límite del lenguaje, de poderosa vida interior poética y devocional, expulsado hacia la vorágine pública por los atroces acontecimientos, desencantado hasta el extremo del arco histórico contemporáneo. Venido además desde una profunda fe cristiana anarquista alimentada por corrientes de retaguardia; por utopías comunitarias y orgánicas como el confortante pequeño formato del Arca establecida por Lanza del Vasto en Francia, o
por él mismo en Morelos; por pensadores concretos, no especulativos, cuya obra es un compromiso con aquellos seres, los otros, que Dios ha puesto en el camino.

La admiración es un resultado tal vez indeseable pero igual de necesario en todo esto, en el infierno mexicano, en su puesta en marcha, su gestión, su mantenimiento. El escenario es singular y simbólico. Trátase de un poeta e intelectual católico que, en sus palabras, “adelantándose a su momento y a la pobre conciencia política del país, había intentado unir absurdamente la espiritualidad con la política”. Obligado por el brutal sacrificio de su primogénito recogió las prendas de su dolor y decidió acometer un acto de dignidad ejemplar a cuya convocatoria acudieron otros deudos hasta entonces dispersos o solitarios: hacerlo visible y multiplicarlo en el dolor de todos.

Sicilia había intentado exactamente lo contrario a ese amor abstracto, un rostro del mal que denunciaría elocuentemente con la fuerza del lenguaje ante toda la nación y en el extranjero, viajando miles de kilómetros, cruzando todo el país, llegando hasta Washington, denunciando armas, putrefacciones y guerra de drogas, cleptocracias políticas, gobiernos sin justicia como el nuestro que habían devenido en bandas de criminales.

Es significativo para la curación del horror mexicano saber que la gesta de ciudadanización más reciente provino de una dignidad poética vuelta política. Con episodios como un discurso en Arizona, tierra de las armas, donde Sicilia, fiel a su costumbre, inició su discurso con versos de Funeral blues del poeta Auden. O con el encuentro entre el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, fundado por él y un puñado de gente digna, y la clase política, de presidentes a funcionarios y candidatos, todos ellos fustigados públicamente por un discurso de resonancias tan humanas como las milenarias voces de la tragedia griega oponiéndose al mal tiránico y al oprobio. Téngase éxito o no al hacerlo, pues el gesto adquiere otros alcances.

El deshabitado es una obra desgarradora que clausura la ilusión democrática del Estado, y pone en escena el infierno en la tierra, cuyo origen se encuentra en la materialización extrema que la deidad capitalista, el dinero, ha impuesto, y en las extrapolaciones que la sociedad del consumo ha hecho surgir a una escala planetaria, con este énfasis espantoso en nuestro crucificado país.

fmsolana@yahoo.com.mx