Elitismo para todos

El arte de perderse

Una y otra vez he regresado a Walter Benjamin. Lo conocí por la formativa mediación de José María Pérez Gay, el sabio austrohungarista, y ahora me devuelve a él la inesperada mención de un amigo que lo ha descubierto.

Hay grandes textos sobre sus grandes libros, como suelen causarlos los genios de la literatura. Son anillos, resonancias, las ondas expansivas o capilaridades que llamamos cultura escrita.

En un hermoso ensayo, “Bajo el signo de Saturno”, Susan Sontag da cuenta del método literario indirecto que Walter Benjamin empleará para contar el pasado, un modo que consiste en evocar los acontecimientos por las reacciones que entonces provocaron, los lugares a través de las emociones depositadas en ellos, a otras personas por el encuentro con uno mismo, a los sentimientos y conductas de aquellos momentos infantiles como una anticipación de pasiones futuras y fracasos que de ahí derivarían.

Desde una lateralidad similar a la de Perseo, el héroe mitológico que decapitó a la Medusa mirando su reflejo en el escudo, una metáfora alusiva a la acción poética que debe hacerse no directamente sino mediante un paso al lado de la propia vida, trazando una cierta parábola para mirarla, para cambiar el punto de vista. La teoría literaria habla del correlato objetivo, del usarse a uno mismo como materia narrativa y contarlo como si fuera de otro porque la memoria es una frágil flor que reposa en el pasado y exige aproximársele con cautela.

Benjamin era un triste. Testimonios de su juventud lo describen marcado por una profunda tristeza y él mismo se consideraba un melancólico. Desdeñaba las explicaciones psicológicas modernas y prefería invocar la hermenéutica astrológica: “Yo vine al mundo bajo el signo de Saturno: la estrella de revolución más lenta, el planeta de las desviaciones y demoras”.

Para entender sus obras mayores se debe saber que dependen de una teoría de la melancolía. Así como Proust escribió en busca del tiempo perdido, Benjamin lo hizo para encontrar los espacios físicos de la memoria, espacios mentales y sensitivos que se dejan atrás en el tiempo. También para intentar un imposible control del tiempo, aquella aspiración fáustica del ser humano —“Detente, instante, eres tan hermoso”, clama Fausto— que Benjamin representará en el dibujo de Paul Klee como el ángel de la historia volando hacia atrás y mirando con nostalgia y melancolía lo que deja.

La melancolía es uno de los cuatro humores medievales del cuerpo y de la conciencia, su origen radica en el recuerdo nostálgico, es una tristeza vaga, profunda, sosegada y permanente, como dicen los diccionarios. Contiene ruinas, visiones y ensueños de una época cuyo crepúsculo ya ocurrió y su oscuridad avanza. Y, sin embargo, “el único placer que el melancólico se permite, y es poderoso, es la alegoría”, escribió Benjamin. Esa es la manera característica de los melancólicos para leer el mundo: todo es y todos son una alegoría, una interpretación en la cual representan o simbolizan otra cosa.

El legendario Infancia en Berlín comienza así: “Importa poco no saber orientarse en una ciudad. Perderse, en cambio, en una ciudad como se pierde en el bosque, requiere aprendizaje”. Un arte que Benjamin dirá haber aprendido tarde, aunque habrá dominado magistralmente mediante una “filosofía narrativa” ideal e insólita donde los parques, las calles, las casas familiares, el zoológico o el quiosco de música son poderosos personajes de la escritura.

Una fría noche otoñal del 26 de septiembre de 1940 Walter Benjamin se suicidó en la pensión del pueblo francés de Port Bou en los Pirineos, a la que había regresado sin poder subir la montaña para cruzar la frontera que lo alejaría del peligro nazi.

El camino fue áspero y difícil. Al final debió rendirse y volver. Mal vestido para el intento y cargando una maleta de manuscritos, esa noche dejó de ser fiel al lema que guiaba su vida intelectual, tomado del jesuita español Baltasar Gracián: “En todas las cosas trata de poner el tiempo a tu lado”. Tampoco pudo ser congruente con una línea escrita en tiempos más felices: “Nada puede acabar con mi paciencia”.

Una sobredosis de morfina ingerida en su habitación lo condujo al éxodo. De las iluminaciones profanas que habría tenido en su vida creativa pasó a una iluminación definitiva o a una calcinación metafísica o ingresó a la nada y meramente dejó de ser.

La modernidad, escribió, debe estar bajo el signo del suicidio.

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