Elitismo para todos

Vivencia, experiencia

El control está adentro de las personas, no afuera, y creen vivir en libertad; pero la existencia requiere de la negatividad, lo oscuro, el contraste, lo otro: distanciémonos de la positividad.

En su polisémico y —debe insistirse en ello— sobresalientemente condensado pensamiento original, Byung-Chul Han traslada una teoría de la obscenidad tomada de Sartre hasta los cuerpos sociales, sus procesos y movimientos. Afirma que estos se hacen obscenos “cuando se despojan de toda narratividad, de toda dirección, de todo sentido”.

La narratividad está compuesta por el pensamiento, el cual, a diferencia del cálculo, no es transparente para sí mismo y no sigue rutas conocidas, está entregado a lo abierto, lo imprevisible; dentro de él hay una negatividad (elegir, diferenciar, establecer valores son actos de negatividad) que permite tener experiencias capaces de llevar a la transformación personal.

Existe una evidente disparidad que Byung-Chul anota: el cálculo permanece siempre igual a sí mismo, el pensamiento no. La negatividad marca la experiencia, lo mismo que al conocimiento. Uno solo de estos, escribe, “puede cuestionar en conjunto y transformar lo existente”. La experiencia provoca transformaciones. Y en esto radica la distancia entre la experiencia, que otorga la fuerza existencial para cambiar, y la vivencia, que aun siendo espectacular o memorable, “deja intacto lo ya existente”.

La hegemonía de la vivencia en el mundo global (vinculada al predominio del homo videns tardomoderno, aquel que ve sin comprender) puede probarse al acudir a autores tan celebrados como Stieg Larsson y su adictiva trilogía negra, para confirmar que la antigua relación clásica entre la peripecia (la experiencia vivida) y el reconocimiento (la transformación alcanzada), donde radicaba aquello que los textos de teoría literaria llamaron “psicología del personaje”, no existe más porque ahora los personajes actúan sin cesar y ninguna circunstancia los lleva al reconocimiento interior, a la esfera mental donde el ser debe narrar sus actos para sí mismo y así comprenderlos. Los personajes solamente tienen vivencias que se resuelven como anécdotas externas a ellos. Todo el culto mediático y cultural a la acción reitera y reproduce dicha mentalidad.

La narración se distingue porque en su transcurso necesita imágenes, “una escenografía” interior. La “terminación” del individuo (la buena muerte, diríamos) solo es posible. Según Byung-Chul. Dentro de una narración, pues nada más en ella, en la peregrinación de la vida que se va viviendo como “un suceso narrativo”, puede entenderse el final de la existencia “como consumación”. La vida es un camino rico en semántica, en significados potenciales, en sentidos a descifrar. ¿Cómo? Narrándola para uno mismo. “La narración ejerce una selección”, escribe el autor, considerando entonces que la memoria está sometida a una constante reordenación e inscripción, a una reelaboración creativa del recuerdo. En cambio, los datos del anecdotario “permanecen iguales a sí mismos”, no están estratificados —como sí lo está la memoria—, quedan unos sobre otros y no pueden ni recordarse ni olvidarse.

Una ideología de la intimidad, a la cual el autor define como “la fórmula psicológica de la transparencia”, ha construido nuestra sociedad de la confesión habitada por narcisistas (“el narcisismo es expresión de la intimidad consigo sin distancias”), que en lugar de estar abiertos a las experiencias quieren antes experimentarse a ellos mismos, son usuarios terminales de sí. Les falta la capacidad de distancia escénica frente a su vida, la capacidad de juego, la autoironía propia de la narratividad. “En las experiencias encontramos al otro. Por el contrario, en las vivencias nos hallamos a nosotros mismos en todas partes”, escribe el autor. Y también: “El narcisista que cae en la depresión se ahoga consigo en su intimidad sin límites”.

Podría anotarse mucho más sobre esta síntesis relampagueante: pocas veces hay tanto en tan poco. Su observación sobre el lenguaje operativo, meramente funcional (“pobreza semántica”) de la comunicación; la dictadura del corazón introducida por Rousseau y característica de la conciencia moderna; la sociedad del control vigente donde el sujeto se desnuda no por coacción externa sino por una necesidad sentida dentro de sí; la exigencia obsesiva de transparencia en medio de un mundo
de confianza desvanecida.

Hoy la vigilancia no es un ataque a la libertad pues cada uno se entrega a la mirada panóptica del control. El control está adentro de las personas, no afuera, y creen vivir en libertad. Pero la existencia requiere la negatividad, lo oscuro, el contraste, lo otro. Está claro: distanciémonos de la positividad.

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