Elitismo para todos

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La irritación que el anacronismo aparente de Ayotzinapa provoca en varios proviene de una alteridad, de una diferencia que el pensamiento único no puede aceptar: un proyecto ideológico distinto, tan equivocado como el capitalismo.

Cada quien entiende según puede hacerlo. El asunto de entender tiene que ver con el entendedor, con el lugar de observación desde el que se mira, se siente y se interpreta el fenómeno. Mirar es rodear un objeto, multiplicar el punto de vista en torno suyo, practicar con él una psicología de la mutabilidad. Asunto nada fácil porque hay que tener un sentido del yo poliédrico y mercurial, de poco o escaso autoconcepto personal atrofiante. Además somos (o eso creemos) nuestro punto de vista, nuestra sacrosanta opinión, nuestras convicciones —por eso el budismo define la iluminación como la evacuación de toda opinión.

Por sus atrocidades ostensibles, la masacre de Ayotzinapa ha sido escenario de definiciones que a muchos lacera y agravia, a otros indigna, a aquellos irrita, a unos deja indiferentes, para algunos se convierte en peregrinación —como para los deudos de los desaparecidos—, y para otros se hace causa política contra un sistema corrupto e inepto que es visto como enemigo.

La irritación que el anacronismo aparente de Ayotzinapa provoca en varios —exponiendo como principal el argumento secundario sobre la responsabilidad en la tragedia de quienes enviaron a los normalistas a botear ese día a Iguala, una práctica acostumbrada, antes que el sangriento e imprevisto desenlace mismo— proviene de una alteridad, de una diferencia que el pensamiento único no puede aceptar: un proyecto ideológico distinto, tan equivocado como el capitalismo, así éste sea hegemónico y esa condición le ofrezca una victoria temporal. La historia es como las olas de la marea que van y vienen, y al capitalismo y al marxismo, los dos sistemas ideológicos materialistas y modernos, tesis y antítesis complementarias a las cuales alguna vez seguirá una síntesis, otro estadio político que continúe el proceso humano y desmienta la falacia neoliberal del fin de la historia.

La distopía marxista del normalismo rural no hacía daño alguno mientras se mantuviera en la escala testimonial en que había estado. Sin navajas de Occam a la mano para atenerse rigurosamente a las versiones reales, posibles, a las evidencias nacionales empíricas de corrupción, desigualdad, criminalización, sigue hablándose de conjuras en torno a Ayotzinapa mediante argumentaciones que no se atreven directamente a decirlo pero que parecieran justificar los acontecimientos. Es paradójico: la derecha no acepta la existencia de conjuras pero se las achaca a la izquierda sin cesar, o a poderes imperialistas estadunidenses como los que un lamentable e histerizado opinante adujo para explicar el por qué de los atroces fenómenos mexicanos recientes.

Dice Monedero, un pensador social, que una abstracta y orwelliana política del pensamiento ha hecho grandes esfuerzos por ocultar parcelas de realidad de una manera premeditada. Es lo que Sousa Santos llama “recortes de realidad”, recortes del pensamiento y de la reflexión para facilitar la aceptación acrítica y pasiva del cortoplacismo económico, político, ecológico y social característicos de la lógica capitalista y de su destructiva patología de la rentabilidad.

Las tres líneas maestras de la propuesta reconstructiva de este autor —una brillante manera de despensar lo que el pensamiento hegemónico, la dictadura de lo idéntico, da por incuestionable y establecido— son las siguientes: 1) una nueva teoría de la historia que ensanche el presente dando cabida a las experiencias sociales silenciadas por no corresponder a las monoculturas del saber y de la práctica dominante, que encoja el futuro y su falaz exaltación del progreso para sustituirlo con la búsqueda de alternativas tanto utópicas como realistas; 2) la superación de los preconceptos eurocéntricos y occidentalizados de las ciencias sociales, parte de la colonización de un seudosaber impuesto por intereses geopolíticos, y 3) la reconstrucción teórica y práctica del Estado y de la democracia en el contexto de la globalización.

La historia no ha terminado. Las plagas son dominantes y que los oprimidos aún admiran aquello que los
oprime, ese poderoso imaginario que esclaviza la mente común. Pero hay la posibilidad de pensar la alternativa, en cualquier variante y con cualquier soporte, y afrontar el desaliento político, la resignación social y un fenómeno emergente: los autoritarismos vandálicos en nombre de los desaparecidos.

Todo depende del punto de vista al mirar.

fmsolana@yahoo.com.mx