Elitismo para todos

Salinger y nueve / I

La vida y la obra del escritor son mucho más asombrosas y mucho menos truculentas y anormales de lo que se afirma: es asombrosa su renuncia tajante a la fama, su repentina desaparición de la escena pública y su disposición de no publicar más.

Al final todo hace sentido. La vida y la obra de J. D. Salinger son mucho más asombrosas y mucho menos truculentas y anormales de lo que se afirma. Es asombrosa su renuncia tajante a la fama, su repentina desaparición de la escena pública y su disposición de no publicar más. En 1951 había aparecido El guardiánentre el centeno, una novela talismánica y profundamente influyente que hasta hoy ha vendido más de 65 millones de ejemplares, y en 1953 el libro Nueve cuentos, que agrupaba algunos de los publicados con gran éxito en The New Yorker. Luego siguió otra narración, Fanny y Zooey, y un cuento, “Hapworth 16, 1924”, publicado en junio de 1965 antes del inviolado silencio que guardaría hasta su muerte en 2010.

Pero a la vez no es asombrosa su renuncia, su apartamiento, su negativa a publicar. Estas acciones fueron necesarias para dar lugar a su escritura misma, a lo que alcanza en ella. En la monumental aproximación a su vida y obra —que no se parece a una biografía y, sin embargo, lo es— de David Shields y Shane Salerno, Salinger (Seix Barral, 2014), ellos concluyen que diez condiciones determinaron la vida de tal genio literario, quien escribió: “Estoy en este mundo pero no formo parte de él”.

Uno. Su anatomía, en la cual faltaba un testículo, circunstancia que lo avergonzaba mucho. Esa carencia está reflejada en su obra donde, como afirman los retratistas críticos, se sucede una y otra vez la obsesión de varones maduros por una sexualidad no genital. De ahí se infiere la intensa atracción que Salinger vivió por chicas muy jóvenes y sin experiencia sexual, con una de las cuales se casaría. Otras conclusiones a las que llegan Shields y Salerno son discutibles, como de que aquel testículo ectópico fue también causa de su reclusión y apartamiento del escrutinio público.

Dos. Haber perdido a la bella y joven Oona O’Neill y vivir la vida entera “colgado” de una relación no consumada. Tres. La guerra, en la cual experimentó cuatro campañas atroces y un descubrimiento desquiciante para el cual no tenía ninguna preparación, aquel “capítulo final de purificación espiritual”, el más desesperanzador y destructor espiritualmente posible, como afirmó alguien: el encuentro inesperado con el campo de exterminio nazi de Kaufering IV. Salinger, según los autores, convirtió sus heridas de guerra en un arco de violín para tañer su arte, pues fue la guerra la que, al destruirlo, lo creó. El propio escritor le dirá después a A. E. Hotchner que “el arte de la escritura es la experiencia magnificada”.

Cuatro. Su conversión al vedanta hindú y su “resuelto” cumplimiento de las cuatro etapas que pregona ese camino: el aprendizaje, la vida familiar, el apartamiento y la renuncia al mundo. Dos fronteras cruciales determinan la vida de Salinger: el antes y el después de la guerra, y el antes y el después de la religión, afirman Shields y Salerno: “La guerra lo destruyó como hombre pero lo convirtió en un gran artista; la religión le ofreció consuelo espiritual tras la guerra pero destruyó su arte”. Esta última afirmación es equivocada, pues el genio narrativo de Salinger consiste, además, en transmitir literariamente contenidos religiosos sin que ellos preponderen sobre el vehículo empleado, sobre la literatura como tal, sin degradarla estéticamente, y es de creerse que su arte nunca resultó destruido. Muestra de ello es Nueve cuentos, tema de esta nota. Y también las obras escritas por Salinger que serán publicadas de manera escalonada entre 2015 y 2020.

Cinco. Después de interpretar unos años con cierta buena voluntad el papel de un hombre que había dejado atrás la pesadilla de la guerra y regresaba a su natal Nueva York, la atmósfera laica y materialista de la ciudad resultó insoportable tanto creativa como existencialmente para Salinger, quien se marchó a Cornish y allí pasó solitario las dos últimas décadas de su vida, dedicado a prácticas espirituales (que la distancia ignorante de los biógrafos con el tema reduce a un “preparándose para el otro mundo”) y escribiendo una obra que sería póstuma por decisión expresa —decisión que contiene la renuncia al fruto del acto: publicar, pero no al acto mismo: escribir—. Es el “como sí” que la deidad Krishna le requiere a Arjuna, el Hamlet indio, quien duda antes de entrar al combate: entregarse a la circunstancia por completo, con la máxima impecabilidad posible. Aquellos fueron sus “años de trabajo”. Propenso al retraimiento, ahora Salinger se retrajo más. Creció el mito.

fmsolana@yahoo.com.mx