Elitismo para todos

Salinger y "nueve" / y II

En palabras de Paul Alexander, Salinger era un ermitaño que coqueteaba de cuando en cuando con el público para recordarle que era un ermitaño.

La sexta condición propuesta por los biógrafos Shields y Salerno para intentar explicar lo inexplicable, el genio literario de Salinger, consiste en el cumplimiento de la segunda etapa entre las cuatro que predica el credo del vedanta al que se convirtió el escritor de El guardián entre el centeno: la vida familiar. Aun sin contar con un temperamento propicio para ser marido o padre, Salinger cumplió formalmente esa etapa, la cual describe en alguno de sus cuentos con una perfección literaria contradictoria con el imperfecto y ausente modo de vivirla que tuvo. Esa paradoja tan común en el drama humano del escritor: poder escribir sabiamente sobre lo que no se logrará vivir con satisfactoria normalidad.

La séptima condición es un mero énfasis de la anterior: los hijos. Salinger tuvo dos que según los biógrafos representaron la mejor encarnación posible de partes distintas de sí mismo: Matthew y Margaret. El hijo reverente y agradecido, devoto del padre y ahora administrador del patrimonio de Salinger y del proceso de publicación de sus textos inéditos. La hija rebelde, crítica del padre y confrontadora, cuyo libro de memorias, Elguardián de los sueños, es descrito como una canción de amor desgarrada de la hija al padre en 450 páginas, la cual “no importaba: él estaba a millones de kilómetros de distancia, en su torre”. Y la octava circunstancia, la obsesión de Salinger, tanto en su obra como en su vida, por las jovencitas al borde de la sexualidad: “un mundo físico edénico, una sexualidad anterior al Pecado”, anterior al tiempo atroz de la guerra que convierte todos los cuerpos en cadáveres. Traumas, culpas por haber sobrevivido, inconsciencia deseada y no obtenida, concluyen Shields y Salerno, para casi saldar así el mapa emocional de Salinger.

Son las últimas dos condiciones, la reclusión y el desapego, las que acabarán de construir el fenómeno de esta existencia tan singular. En palabras de Paul Alexander, Salinger era un ermitaño que coqueteaba de cuando en cuando con el público para recordarle que era un ermitaño. La retirada del mundo, etapa final del vedanta, también representa la estrategia publicitaria perfecta: si era invisible para la gente, podría estar en todos los lugares de la imaginación pública.

Esta afirmación de los biógrafos, cínica y utilitaria, sugiere que Salinger instrumentó para su beneficio literario la religión a la que se convirtió. Shields y Salerno transcriben lo que señala Margaret, la hija, al exponer el desapego, la última condición de las diez mencionadas para explicar al autor de Nueve cuentos: “Siente desapego por tu dolor, pero Dios sabe que el suyo se lo toma con una seriedad mortal”. Margaret acabó dándose cuenta, según escribe en sus corrosivas y afligidas memorias, que Salinger, contra todas sus declaraciones y escritos, era un hombre sumamente necesitado de atención. Se trata una vez más de la frágil reputación de los muertos, además de una interpretación posmoderna desacralizante, signo de la época, que no atiende lo sustantivo, lo único verdaderamente sobreviviente: la obra del autor.

El genio narrativo de Salinger consiste en un arte de la sustracción mediante el cual quien elabora una historia que conoce en todos sus detalles, aun aquellos pormenorizados y minúsculos, no la cuenta así sino habiéndola sintetizado. Todas las cargas ocultas y los sentidos implícitos de una narrativa que sólo muestra sus conclusiones, como si se tratara de un lienzo en el cual los fondos y las veladuras que se han ido untando en capas no aparecen delante de la mirada y sin embargo no dejan de ser parte definitiva de la obra. De tal manera, el volumen de Nueve cuentos comienza con una narración ejemplar e incomparable, “Un día perfecto para el pez plátano”, y cierra con la deslumbrante pieza “Teddy”, donde se muestra la capacidad estética de Salinger para integrar con inesperada naturalidad temas orientales y metafísicos en un horizonte ajeno hasta entonces a la irrupción de ese sincretismo, un poderoso signo cultural de la época.

 “Las mejores obras de Salinger no son buenas. No son muy buenas. Y no son magníficas. Son perfectas. ‘Perfectas’, sin embargo, no es necesariamente el mayor elogio que se les puede hacer”, escribe David Shields. Dicha perfección es una virtud inapelable: el lector está dentro del texto en cuanto inicia su lectura. La voz narrativa se dirige a él, como si hubiera estado esperándolo: él está en el cuento, él mismo es el cuento.

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