Elitismo para todos

Saldos y cuentas

El perdón es un acto de poder que saca de la cárcel del recuerdo torturante a quien lo concede; antes que ser una acción moral es un acto de madurez cognitiva, un alto beneficio personal evidente: toda virtud es energía.

Es una historia conocida, común para cualquiera. Vino tiempo, llegó tiempo, como dice la endecha castellana, y al cabo un hombre logró concluir con su pasado.

Esto es: saber que la familia donde naciera significaba cumplir una tarea. No lo formuló así desde el principio y el desmoronamiento familiar vivido tendría consecuencias. A varios de los suyos esa historia del esplendor perdido los destruyó sin piedad, pero este hombre fue un sobreviviente de la debacle.

Quizá su temprana condición de indagante sobre la saga familiar anunciaba ya que su destino sería contarla de nuevo para conocerla, entenderla y luego conducirla a su debido final. Éste mismo que días atrás el hombre pusiera en curso: destruir papeles e imágenes de décadas atrás donde se consignaban dramas, tragedias, momentos felices, deudas, equivocaciones, retardos y tantos conflictos de sus mayores.

Al hacerlo se sintió liberado, y dicha libertad era la misma que él concedió a su abuelo al desheredar a su padre, a su padre al desconocer a su abuelo, a su abuela al sufrir con las tribulaciones de los hijos, a los hijos al enfrentarse entre sí, a los tíos al mentir sobre asuntos monetarios, a la tía al morir con la casa destechada, al río de bienes pignorados y perdidos, de vidas derivadas en la nada, salvo en la memoria del último de la estirpe, el concluyente. Así se sintió.

Su mujer preguntó si eso no le dejaba un vacío. Él le dijo que más bien le permitía sentirse en un espacio abierto, despejado. Buscó un símil, el de una alta planicie mental y emotiva en la cual suceden cosas decisivas. La de la autoridad, una de ellas. Primero había sido hijo de su padre, después padre de su padre. Ahora vivía el intenso sentimiento de ser padre de sí mismo. Borrando las huellas y los dilemas, liberando a todos sus mayores de una terca y humana biografía que debe olvidarse para ser extinguida: un desvanecimiento otorgado por él. Mientras más viejo se va sintiendo más libre y más radical.

Profundiza en la tarea de calcinación biográfica y el hombre percibe otras sincronías: haber pasado de la destrucción del concepto de familia a su superación mediante una narrativa. Ahora se pone a pensar por qué la narrativa cura. Flota en su mente aquella historia del último de los descendientes que exclama no saber ni el tiempo ni el lugar ni el modo de los ritos propiciatorios anteriores, pero confía en que las oraciones, lo único que recuerda, tendrán el mismo efecto de los antiguos rituales.

La primera regla nietzscheana de la salud mental: cúrate del resentimiento, representa una narrativa. El individuo debe contarse de nuevo todo aquello que lo perturba para verlo y dejarlo pasar. De ahí que el perdón sea un acto de poder que saca de la cárcel del recuerdo torturante a quien lo concede. Antes que ser una acción moral es un acto de madurez cognitiva, un alto beneficio personal evidente: toda virtud es energía.

Descubre una consecuencia aledaña: ahora sus mayores, semivíctimas y semicómplices en su propio drama, le simpatizan profundamente. Despiertan en él la ternura de los destinos cumplidos, inevitables, sucedidos, y el agradecimiento de quien los contempla por última vez. Toda la secuencia está concluida y la tarea también.

La operación de este hombre requiere, igual que Perseo ante Medusa, un espejo, una proyección, un verse en los otros. Ahora observa en sí mismo las razones del temperamento heredado, de la neurosis de destino en fase concluyente y se complace ante un tiempo nuevo. No es la superación total del sujeto psicológico, pero sí de su determinación biográfica. Como quitarse de encima un caparazón o aceptarse, al modo del personaje de Musil, como un hombre sin atributos.

Ecos de Ulises Matrero resuenan en este cuento: mi nombre es Nadie, diría el hombre llegando a la conclusión que permite establecer toda narrativa: el terso descanso de decir había una vez, la serena distancia de decir hubo una vez. Más viejo y más memorioso, más libre y más atrevido, más radical y más contento.

Quien se enferma con el lenguaje, desde él se cura. Así ocurrió aquí. Papeles que se queman, amables olvidos que se conceden y sinapsis neuronales que se purifican. Una desagregación o una levedad para consigo mismo. El hombre se siente más ligero, a punto de comenzar.

fmsolana@yahoo.com.mx