Elitismo para todos

Proponiendo síntesis

La peripecia y el reconocimiento, la vivencia y la experiencia, la anécdota y la narración, el cuerpo y la mente, lo negativo y lo positivo seguirán siendo un par de opuestos cuya acción conjunta resulta indispensable para la afirmación de la conciencia y las tareas de la cognición.

El acto narrativo de la conciencia fue descrito hace dos mil años en palabras atribuidas por el Evangelio de Tomás al Jesús de los apócrifos, que luego integrarían ciertas vertientes de la psicología occidental: “lo que saques que esté dentro de ti te salvará, lo que no saques que esté dentro de ti te destruirá”. Sacarlo es contarlo, pensarlo, recordarlo, interpretarlo, comprenderlo, decírnoslo. Sacarlo es el acto de la contemplación o el reconocimiento, no el de la peripecia o la acción, en la cual la conciencia todavía no puede elaborar ninguna distancia entre el hecho significante y el significado de lo hecho. El texto mental que así se elabora es un ensayo donde se prueba y mide, donde se recrea la vida vivida.

Tal integración en la economía psíquica, tal narrativa individual es aquello que el empolvado canon aristotélico definió como experiencia. La teoría literaria tendrá que hacer un ajuste, o dicho correctamente, una mutilación, en cuanto a sus antiguas definiciones sobre la psicología del personaje.

Avanzando en etapas disgregantes —y aceptando nuestro estar histórico en una época de disolución—, los tratados semánticos futuros aludirán a este momento como el final (temporal, no definitivo) del individuo reflexivo, el que vuelve a vivir su vida en la dimensión de la memoria, y la hegemonía acrítica del sujeto activo, quien sólo existe en el hacer, en una inercia vivencial que al cesar vacía, evapora la compleja, la hecha de muchas cosas mente humana, para dejar en su lugar el evanescente nivel de los fenómenos por ellos mismos, de la acción por la misma acción. De los medios convertidos en fines.

Más un elemento de esa condición externa de la acción, presente en la trilogía de Stieg Larsson mencionada en el artículo anterior a éste, y que autores como Elémire Zolla llaman un reflejo condicionado inducido por todo el mundo en el sistema de pensamiento global: preguntarse, ante cualquier problema, “si éste tiene un aspecto social, es decir, divulgativo; si es accesible a un ingente número de seres genéricos”. Dicho reflejo condicionado e impuesto cumple como una compensación ideológica ante la supresión del individuo individuado, diferenciado de la masa, ante la propagación del infierno de lo idéntico, de la dictadura del consenso cuya viga maestra es la acción.

Romper la milenaria díada narrativa de la peripecia y el reconocimiento es colectivizar, unificar, uniformizar, pues así se postulen caracteres literarios tan individualmente excepcionales como Lisbeth Salander, su carencia de espacio interior y su exceso de acción exterior, aun dentro del género de la novela negra, retrata una conciencia cuya superficialidad ontológica e inmediatez empírica ha perdido el dominio ante el tiempo, donde sucede la experiencia multiplicante y conectiva del pensamiento y la memoria, para habitar sobre todo en el espacio, donde ocurre la experiencia aislada y unilateral de los sentidos. De ahí el predominio de la imagen y la agonía del concepto. El crepúsculo cultural del homo sapiens y el advenimiento del homo videns en el mundo superficial y plano que debe poblarse de embrujos tecnológicos para simular virtualmente una atmósfera de multidimensionalidad.

La cultura crítica moderna está llena de lamentos por lo que termina y de advertencias sobre lo que vendrá, de avisos históricos de incendio y naufragios sistémicos, como si la aceptable vida apenas anterior hubiera terminado y en su lugar comenzara la cada vez más dura sobrevivencia. La cultura posmoderna, en cambio, celebratoria y auto referencial, construida por interpretaciones de interpretaciones, tecnologizada y materialista, ideológicamente positiva y colectivamente uniforme, se sostiene sobre un mecanismo de prestidigitación: la fascinación de los oprimidos ante el mundo de sus opresores.

La peripecia y el reconocimiento, la vivencia y la experiencia, la anécdota y la narración, el cuerpo y la mente, lo negativo y lo positivo seguirán siendo un par de opuestos cuya acción conjunta resulta indispensable para la afirmación de la conciencia y las tareas de la cognición, el atributo irrenunciable. Su reunión operativa representa el andamiaje de características humanas que no pueden perderse, así históricamente se reduzcan o parezcan ser desagregables. La historia actúa como las olas de las mareas: se retiran, vuelven y nunca se han ido.

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