Elitismo para todos

Príncipe lampedusa

A partir de la publicación de "El Gatopardo" ninguna novela de la literatura italiana ha provocado tantas discusiones, pasiones y polémicas; conforme aumentaban su reconocimiento y popularidad surgieron sus críticos.

En las primeras horas del 23 de julio de 1957 murió, mientras dormía a solas, Giuseppe Tomasi, duque de Palma y príncipe de Lampedusa, autor inmortal de El Gatopardo. El príncipe estaba triste al ir muriendo, como lo supo la baronesa Alessandra Wolff-Stomersee, su mujer, cuando leyó sus últimos diarios, los cuales provocaron que ella transcribiera en el suyo un poema sintetizador: “Ahora el dolor lastra mi sombra, y no está nada mal/ […] mientras el musgo urde despacio el final de mi nombre olvidado”.

Gioacchino, su hijo adoptivo, recibió una carta para abrirla después de la muerte del remitente. En ella Lampedusa le escribía sobre la preocupación por publicar la novela, pero no a sus expensas. Como anota el biógrafo David Gilmour, aun en vísperas del final el príncipe conservaba su orgullo innato, sabía que la novela debía conocerse pero no toleraría la humillación de pagar por ello.

Cuando apareciera un año después editada por Giorgio Bassani, quien cotejara el original llegado a sus manos providenciales con el manuscrito del autor para fundar la versión definitiva, éste contaría de la primera y única vez que se viera con el príncipe de Lampedusa, antiguo feudatario de una isla desierta y casi vacía que cierta antepasada suya había vendido para salvar los restos de una aristocrática fortuna de siglos que se evaporaba.

Quien brilló en ese verano de 1954 en San Pellegrino Terme, con motivo de la reunión literaria ahí celebrada, fue el poeta Lucio Piccolo, al cual Eugenio Montale llamó nuevo y auténtico, una revelación según Bassani, que el tiempo y la obra confirmarían. Piccolo había llegado desde Sicilia por tren, acompañado de un primo mayor que él y de un criado que nunca se alejaba de los dos señores a los que servía. Alto, corpulento y taciturno, pálido como los meridionales, con un gabán abotonado, el ala del sombrero caída sobre los ojos, un nudoso bastón en el que se apoyaba al caminar y un silencio que nunca fue roto: al retratarlo de primera impresión, Bassani pensó que Lampedusa parecía un general de la reserva o un alto funcionario retirado. No lo volvió a ver y no supo a qué se dedicaba.

La amiga que entregó a Bassani el original de El Gatopardo, enviado a dos o tres gentes más sin la firma del autor, fue inquirida sobre el nombre del escritor y contestó que sin duda era obra de alguna anciana solterona siciliana. A partir de su publicación, apunta Gilmour, ninguna novela de la literatura italiana ha provocado tantas discusiones, pasiones y polémicas. Conforme aumentaban su reconocimiento y popularidad surgieron críticos de Lampedusa divididos en cuatro categorías: católicos fervientes que reprobaban su pesimismo; literatos de izquierda que denunciaban su falta de compromiso social; marxistas que atacaban su visión de la historia, y apologistas sicilianos que se declaraban hondamente ofendidos por la disolvente y ácida visión de Sicilia expresada por don Fabrizio, príncipe de Salina.

Los teóricos literarios deploraron que El Gatopardo no contuviera audacias formales o tributos joyceanos. Ninguna experimentalidad que permitiera estructuralidades o deconstrucciones. Una historia perfecta, en cambio, absolutamente clásica en su forma que, como confiesa Bassani sorprendido, fue elaborada desde el principio hasta el fin en unos pocos meses de 1955 hasta 1957. Antes Lampedusa solamente había escrito una historia de la literatura inglesa para uso del pequeño grupo privado al que impartía clase. Ahora se dedica metódicamente a hacerlo, con el tiempo contado y luchando contra la enfermedad.

Bassani recuperó textos inéditos en Palermo, hogar de Lampedusa, cuando visitó a la viuda del escritor; entre ellos encontró cuatro cuentos que darían lugar al único otro libro existente, El profesor y la sirena, donde aparece uno de los más grandes relatos de la literatura universal, aquel sobre el senador Rosario La Ciura y la sirena Liguea. Producto de la misma mano veloz e inspirada que en solo un par de años daría lugar a un escritor cuya perfección es, si cabe, mayor aún que la de Juan Rulfo: dos libros deslumbrantes e inesperados, pero póstumos los dos.

“Una frase de los últimos meses, breve, casi susurrada y trágica: No lucho más”, consignó Lampedusa por entonces. Su reconciliación entre la vida y la muerte fue El Gatopardo, una obra que lo preparó para la vida vivida y la memoria que la trascendía. Así se gana el óbolo de la vida: escribiéndola para bien morir. Y la tristeza final se evapora.

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