Elitismo para todos

Pasado pendiente

En la última etapa de la vida la persona debe retirarse, antes lo hacía a un lugar aislado, ahora solo al interior de cada quien; debe haber tantos modos para intentarlo como existan individuos.

Un hexagrama del I Ching se llama “El trabajo en lo echado a perder”. Contiene las condiciones de aquello sucedido que pudo haber sido distinto y dirigir a la persona hacia otra dirección existencial. Pasados posibles que están pendientes. En los puntos del espacio-tiempo donde éste se curva los tiempos se encuentran. Son portales que pueden llevar al futuro tanto como al pasado, con una condición: no tocar, no actuar en ninguno de ellos, pues sobre todo en el pasado cualquier perturbación modificaría el presente y este texto nunca se escribiría.

Hay una paradoja, sin embargo. Es posible actuar en las consecuencias del pasado, tratar de cambiar sus efectos, y así se estará trabajando en lo echado a perder. Y entonces influir el pasado mismo, cambiarlo como se cambia una narración. Esta es la historia de un hombre que se hizo viejo y actuó sobre su pasado para mirarlo otra vez. Luego consiguió disolverlo. ¿Qué logró? Cierta levedad, una casi santa indiferencia y una casi docta ignorancia.

Operativamente se apartó de las corrientes dominantes y siguió viejas fórmulas, divisiones temporales muy antiguas. En la última etapa de la vida la persona debe retirarse, antes lo hacía a un lugar aislado, ahora solo al interior de cada quien. Debe haber tantos modos para intentarlo como existan individuos. El del hombre mencionado consistió en esparcir sobre su mesa las fechas esenciales de su biografía, las fechas púdicas y secretas de momentos inconfesados y remotos, perdidos en el maquillaje del recuerdo, en la niebla de la desmemoria, para reconsiderar sus efemérides. Así lo dijo cuando me lo explicó:

—¿Sabe qué hice? Me fui contando algunas cosas y utilicé una técnica literaria: correlato objetivo. Uno se usa a sí mismo para contar, con ciertos disloques y variantes, una historia que es la propia y a partir de ese momento ya no. Se lo digo más simple: disuelva y coagule. Vea su vida de nuevo y cuéntela. Escríbala para que deje de ser.

Puse en práctica dicha técnica y funcionó. Pero después introduje otra variante que me ha llevado a donde estoy. Actué sobre pasados imaginarios, que no eran propios y que fui recogiendo de aquí y de allá. Entendí entonces que nada humano me era ajeno y que cualquier destino resultaba potencialmente mío. Desde esa terraza histórica avancé un paso más. Quise licuar la sustancia de todo aquello y obtener algo todavía más básico, más esencial.

Debí pagar altos costos emocionales de todos modos. Compartir imaginariamente destinos humanos contenía una parte sombría, hasta espantosa: congéneres en conductas infrahumanas para las cuales el odio y el desprecio eran la única reacción. Además de lo extraordinario, de los comportamientos debidos, de los actos gratuitos, de la decencia común. Del genio humano, del misterio de la melodía, del fuego de la palabra y de la danza de las imágenes. Aún entonces dudé si una variante compensaba el horror de la otra.

Las preguntas fundamentales siguen todavía sin obtener respuesta. O no tienen ninguna pues son un falso problema, o la solución al enigma de por qué hay algo y no más bien nada solo surgirá en la escena final de este proceso donde la conciencia percibe estar. Aquel hombre flotante, desapegado, como un benévolo sentado al margen de las mareas, dijo algo inesperado:

—¿Sabe qué pasa? Es por tanto preguntar. La vida es un koan como éste que le diré para que pronto lo resuelva: sosténgase de la brocha porque van a quitarle la escalera. O sea: buscar la respuesta es el impedimento. ¿Me entendió?

Sí y no. Como es frecuente, el sagrado descontento que a algunos nos caracteriza no deja de preguntar. Por otra parte, la duda metódica que asalta a tantos nos lleva a entender que somos meros intérpretes de interpretaciones. Esa libertad posmoderna es, sobre todo, un itinerario en el cual es indispensable preguntar una y otra vez. Distinta cosa es que no se obtengan respuestas, que sean insuficientes.

Lo que sigue a continuación es el silencio, un retiro del decir. Callarse es un hecho lingüístico, pero el silencio no. El culmen de la existencia, escribe Elémire Zolla, es la unificación de conocedor y conocido, pasar del mundo de las formas formadas al de las formas formantes: el trabajo en lo echado a perder.

El que habla no sabe, el que sabe no habla, dice la sentencia hermética. Del pasado pendiente deja de hablarse pues al saldarlo nada queda por decir.

fmsolana@yahoo.com.mx