Elitismo para todos

Octubre conmoción

Hasta ahora la costumbre de la desdicha ha sido un hábito nacional, no así su experiencia, pues ésta evita la repetición; comienza octubre con una luna roja: todo tiene que ver.

Las carreteras locales se caen a pedazos. Los servicios de energía eléctrica colapsan aquí y allá. El torvo munícipe levanta una glorieta idiota y la circunda de múltiples y malhechos topes que provocan, al pasar sobre ellos, un innecesario estremecimiento cortical. El abandono de las obligaciones del Estado mexicano, el mal gobierno acumulado en el tiempo, los crímenes que su monopolio de la violencia va sumando. Y el silencio colectivo ante ello, la indiferencia resignada de una sociedad que ya no es tal sino solo una cifra creciente de sujetos aislados.

Las lluvias frías duran todo el año y deshacen las estaciones, los antiguos ciclos de aquel arte del cultivar enseñado por Saturno a los hombres. El infierno de lo idéntico, la dictadura del consenso y un único clima por la alteración del clima global. Deterioro, feísmo, irracionalidad. Un sabor extraño: las cosas buenas no duran, pues, algo: alguien las termina, como si la época mediocre volviera mediocre cuanto toca. Entonces sobrevienen nuevas plagas, la suspensión abrupta de las germinaciones, la fractura de los periodos naturales. La cultura no tiene aún tácticas o perspectivas para adaptarse a ello: ¿hidroponía, espacios aislados, laboratorios más allá de lo físico?

Dejar un vicio de treinta años y sufrir la desintoxicación extrema, cual un adicto celular, orgánico y mental: coldturkey. Volver a hacer la pregunta de siempre, la del sagrado-profano descontento: ¿por qué hay algo, y no más bien nada? No encontrar respuesta, como siempre. La lección: tolerancia, paciencia, alegría. Sila, la virtud budista de una moral objetiva. O dejar de hacer preguntas que no tienen respuesta.

La vergüenza y el enojo de estar enfermo, vieja conducta aprendida durante la sobrevivencia infantil. Ciertos parecidos de esta gripa multiviral posmoderna con aquella convalecencia de hace cincuenta años que produjo una ruptura académica: el niño enfermo leyó los libros del curso en un mes.

Mientras estas líneas se escriben, a la distancia dos garzas despliegan sus alas: son la aparición de un velamen blanco cuya imagen algo significa. ¿Pero qué? El analfabetismo simbólico del momento histórico. La mente común se ha vuelto literal porque solo habita en la dimensión plana ofrecida por los sentidos. Hoy la ciencia vuelve a decir lo que los chamanes arcaicos de la red-tela de araña siempre supieron: la realidad acontece en la multidimensionalidad. Siglos atrás la gente visitaba las catedrales góticas de Nuestra Señora para leer todos sus símbolos, sus conexiones, sus fractales interminables. A menudo se ignora que las metáforas muestran lo otro de lo mismo.

Y la entrada a un ciclo terminal inevitable de la transitoriedad personal. Extraña es la vida y harto misteriosa porque escapa al escrutinio de la razón. No se conoce un gran porcentaje de lo existente dado que no es visible para los sentidos. No se conoce más que una mínima parte de la conciencia. Como si aquello que determinara la realidad —sea la nada o sea una causa eficiente, una entidad demiúrgica— solamente ofreciera tres argumentaciones: sí porque sí, no porque no, sí pero no. “Reírse burlonamente o rezar: todo lo demás es accesorio”, escribe Cioran.

El huracán invocado ante la mutilación de un cuento de Juan Rulfo surge de golpe mostrando las profundas grietas del sistema político, su criminalización estructural y su terrorismo de Estado, incomprensible si se analiza desde una perspectiva lógica: la sangre de las desapariciones y brutales matanzas recientes no parecieran necesarias para la obtención de los atroces fines gubernamentales de privatizaciones definitivas y reingenierías sociales tecnocráticas. Sin embargo el guión histórico de la doctrina del shock económico siempre ha contenido violencia y terror destinados a paralizar mediante el miedo a la población que sufrirá el proceso expoliatorio. El último y más aberrante crimen contra los jóvenes normalistas de Ayotzinapa, aunque corresponda a un contexto mafioso y criminal que capturó al Estado a nivel municipal, advierte sobre quiénes son los enemigos del horror económico: los jóvenes opositores, los estudiantes, los actores de esta hora social.

Una cosa es tener la costumbre y otra tener la experiencia de la desdicha: eso divide a los pueblos. Hasta ahora la costumbre de la desdicha ha sido un hábito nacional. No así su experiencia, pues ésta evita la repetición. Comienza octubre con una luna roja: todo tiene que ver.

fmsolana@yahoo.com.mx