Elitismo para todos

Manual estoico /I

Un brillante texto de Jesús Silva-Herzog Márquez ("Contra la felicidad", Reforma, 28/X/13) ironiza sobre la más reciente y esperpéntica ocurrencia del presidente venezolano Nicolás Maduro: la creación de un Viceministerio para la Suprema Felicidad del Pueblo, y concluye la demolición conceptual de tan demagógica iniciativa con una sabia, agradecible cita de Castoriadis: "El objetivo de la política no es la felicidad sino la libertad".

Es cierto, como señala el articulista, que tales "ingenierías de felicidad colectiva corresponden al ensanchamiento del poder público", y encuentran su origen en el pasado reciente de la modernidad política. La desastrosa y moralizante tutela estatal sobre las sustancias arbitrariamente definidas como ilícitas (el biopoder ya denunciado por Foucault) es una prueba vigente de ello. El empirismo inglés y sus continuadores utilitaristas y liberales (además de los revolucionarios franceses y los autócratas marxistas mencionados por Silva-Herzog) desarrollaron la noción de felicidad en un sentido social, hasta quedar incluida en la constitución estadunidense su búsqueda como un derecho natural e inalienable de los seres humanos.

Sin embargo, podría pensarse también que dicho empeño, casi siempre hipócrita y de resultados equívocos, proviene ahora de la privatización del poder público propia de la sociedad posmoderna de consumo antes que del ensanchamiento de ese poder, a pesar del forzado providencialismo estatal del inmaduro presidente Maduro. Forzando los términos de una psicología que se aplica a los individuos, el "felicismo" contemporáneo como industria de la conciencia colectiva ilustra con meridiana claridad la sabiduría contenida en aquel tan conocido dicho popular: dime de lo que presumes (o lo que obsesivamente publicitas, es decir, sobresocializas) y te diré de lo que careces.

Nunca como ahora la felicidad, o lo que por ella se entiende, ha sido utilizada como definición social prioritaria, como imperativo categórico del deseo humano y como derecho incuestionable del egoísmo de la voluntad personal. Nunca como ahora, entonces, la infelicidad se ha convertido en una realidad existencial que determina la vida de las personas en un juego de espejos donde los reversos de lo que se dice entrañan la verdadera naturaleza de lo real, pues la felicidad consiste en estados o hechos que se quiere que sucedan, y lo contrario, la infelicidad, en aquello que se pretende evitar.

De ahí entonces la naturaleza ilusoria y relativa de ese mantra posmoderno, la felicidad, directamente derivado de la enajenación propia de una sociedad consumista como la actual, donde se ha convertido en el valor supremo que intenta subordinar a todos los demás. Como señala Zygmunt Bauman, esta sociedad es la única en la historia humana que promete —sin cumplirlo, desde luego, pues de eso mismo trata la vigencia del deseo— "felicidad en la vida terrenal, felicidad aquí y ahora y en todos los ahora siguientes, es decir, felicidad instantánea y perpetua". Es además la única sociedad que ideológicamente condena la infelicidad y la describe —aunque sistemáticamente la provoque— como una abominación.

Bauman menciona la evidencia recogida por Richard Layard en sus investigaciones sobre la felicidad y el consumo (al que certeramente llama un "yugo hedonista"), las cuales demuestran que solo hasta un determinado umbral de ingresos, el cual tiene que ver con la satisfacción de necesidades básicas, esenciales o naturales, la sensación de felicidad se ve incrementada. Después de ese punto tan modesto, la correlación entre la riqueza que permite el consumo y la felicidad que éste supuestamente provee se desvanece: "El incremento de los ingresos más allá de dicho umbral no suma nada a la cuenta de la felicidad".

Así, pues, la investigación empírica concluye que la capacidad de consumo no aumenta sustancialmente la felicidad salvo por satisfacer necesidades básicas. Y sí, en cambio, cuando se trata de las necesidades del ser —aquellas que Abraham Maslow ha definido como la "autorrealización" de la persona— el consumo se convierte en un factor inoperante y en ocasiones adverso para conseguir aquello tan elusivo que llamamos felicidad. Más bien se produce la tendencia contraria, confirmada estadísticamente, de una relación entre los habitantes de países ricos y altamente desarrollados con economías de consumo incesante, y los niveles emocionales y aun cognitivos que se definen como infelicidad.