Elitismo para todos

Con Magris nos arrebata

La verdadera literatura, escribe el literato italiano, obliga a ajustar cuentas con el mundo del lector y sus certidumbres: leer "El Danubio" es fundar la memoria.

La literalidad: solo citarlo ¿para qué decir qué?: “La reverberación de la nada enciende las cosas, las latas abandonadas en la playa y los cristales reflectores de los coches, del mismo modo que el crepúsculo incendia las ventanas. El río no posee totalidad y viajar es inmoral, decía Weininger mientras viajaba. Pero el río es un viejo maestro taoísta, que a lo largo de sus orillas da clases sobre la gran rueda y sobre los intersticios entre sus radios. En cada viaje existe por lo menos un fragmento de sur, horas tranquilas, abandono, fluir de la ola. Sin preocuparse por los huérfanos de sus orillas, el Danubio corre hacia el mar, hacia la gran persuasión”.

Una excursión hecha de historias múltiples, estratificadas y específicas que se cuentan como tela de araña vibrátil desde una materia hasta ahora no empleada así en los tejidos narrativos: el río mismo, sobre el cual escribir no es fácil, como dice Magris que decía Tumler en su libro al respecto, pues fluye continuo e indiferenciado, ignorando las proposiciones y el lenguaje.

El Danubio es una obra maestra sin reservas, cuya voz narrativa son un cuerpo de agua y los destinos, las fábulas, las memorias de todos aquellos huérfanos en sus orillas. Solo puede consultarse, después de ser leído una, dos y tres veces, por bibliomancia abriéndolo al azar. El río no debe de ser interrogado directamente, escribe Magris, como Medusa petrificante, así que obstinarse en hacerlo hablar lleva a una desproporción literaria de énfasis líricos, a un Danubio que sería inexistente. El libro igual.

Muy pronto conocí el deslumbramiento magrisiano, introducido a él por quien conducía esa fratria de lectores, José María Pérez Gay, pues en el genio triestino y en su literatura estaba el imperio perdido austrohúngaro que aquél hiciera conocer a otros como yo, ávidos y agradecidos también de saber que en Trieste, zona de tránsitos, vivió en silencio literario por veinte años Italo Svevo y enseñó inglés James Joyce para enamorarse cándidamente de una alumna y escribirlo con sublimidad. Y la galanura del brillante ensayista de prosa impresionante, su apariencia, era un valor agregado más.

El grupo que viaja con el otro narrador, el que sigue las variantes, los rizos y la cadencia que impone el río, multiplica formas propuestas por el Tractatus de Wittgenstein, quien también está en El Danubio, pues en él quedan suspendidos los decretos de Su Majestad el Olvido (al que Lichtenberg dedicaba sus obras) y la memoria recuerda, convoca, invoca. Gigi, la viajera que acompaña al relator en su vagabundeo por el río, encuentra en una librería de viejo de Budapest un libro de cartas que la conducen a una mención del maestro de música Eulambio de Gradisca, profesor durante treinta años en Leipzig, evaporado en la nada de la omisión y ahora existente mientras perviva el libro que lo cita. Extraordinario organismo literario de destinos sinápticos, concomitantes y funcionales en una profunda red donde no sobra nada. Ningún ornamento que sea un delito.

En alguna parte de este libro sapiencial escrito desde el río histórico, deidad heracliteana fluyente donde sucede la oscura desbandada de la existencia, el autor triestino se encuentra con una antigua condiscípula, quien le cuenta cómo ha sido su vida hasta entonces. La mujer se confiesa cansada ya de significar para los otros un apoyo constante, un invariable dar. No le agobia la tarea misma, la cual asume como un destino que estoicamente cumplirá hasta el último de sus días, sino lo que a cambio de hacerla recibe: el egoísmo indiferente de tantos de sus beneficiarios, quienes nunca reparan en las necesidades de ella misma, nunca se interesan en su situación. El drama de los tantos destinos inagotables, los nudos episódicos que hacen la red.

Vendrá Magris como un anciano venerable a recibir un premio más, el FIL de Literatura en Lenguas Romances. No será el Dios de Spinoza citado por él, el de naturaleza indiferente, quien lo recibirá, sino el otro Dios, el que permite el atónito estupor ante la fortuna recibida y consagra la lección dicha por Stifter y mencionada por el escritor líquido: que todas las cosas expresan algo, pero el hombre que las escucha se estremece porque hablan de la ley general, del fluir del presente en el pasado.

La verdadera literatura, escribe Magris, obliga a ajustar cuentas con el mundo del lector y sus certidumbres. Leer El Danubio es fundar la memoria.

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