Elitismo para todos

Luna roja

La luna roja tiñe la crucifixión de sangre y agonía, un teatro metafísico que supera la dicotomía significado-significante: dolor y doliente, víctima y verdugo, muerte y liberación.

Eclipsa sobre el cielo y lo tiñe de una coloración premonitoria. Sangre o incendio: la crucifixión. Debe uno salir del brutal significante del martirio divino para mirar el dolor del Gólgota y entenderlo de otra manera, simbolizarlo distinto.

El dolor es una lección, el placer es un gasto. Aunque debe haber límites en su representación, términos medios. A menos que se trate de los viejos ritos bestiales del mundo invertido donde los hombres matan a los dioses.

Aun las sobreactuaciones son parte de la puesta en escena, juego de contrarios. El violento escenario de la crucifixión como tragedia cósmica captura la mente y congela el alma. Contiene una culpa humana que no explica el sacrificio divino.

En otra narrativa se dice que la cruz es el signo de la mediación, y que su elección crística obedece a un recordatorio metafísico de la tarea del ser humano: mediar entre sí, mediar con la naturaleza, mediar consigo mismo. 

Elémire Zolla va más allá y escribe que la crucifixión, “la más atroz y gloriosa de las fechas”, tiene por arquetipo las tres cruces y sucede cuando se encuentran el martirizado y el contemplativo. La cruz es símbolo del estado contemplativo, de una quietud que excede los sentidos.

Cómo conciliar, se pregunta, la quietud atenta y reposada con la máxima tortura. Los padres griegos hablaron de la realidad de la crucifixión y de la impasibilidad del espíritu de Cristo en ella. Los nestorianos y el islam dijeron que el sacrificio radical solo fue aparente. Una manera retórica de escapar a su contradicción.

La luna se vuelve roja cuando anuncia cosas. Zolla cuenta que los padres griegos hablaban de apatía, la que no significaba no sentir, sino no consentir. Agotar las opiniones tanto propias como ajenas y alcanzar la indiferencia respecto de los valores profanos individuales y colectivos.

Se contempla cuando se miran los significados de la realidad en un estado de quietud. Si la contemplación se logra puede irse más allá de las cosas, hacia su significado. Un poema de Sa’di citado por el ensayista dice: “Vacíos, consumidos, muertos estaban sus corazones/ porque no se habían adentrado por el camino/ que va del mundo de los significantes al de los significados”.

Significante se traduce como forma, imagen, circunstancia, documento. El poeta persa enseña, según Zolla, que quien permanece entre los significantes se condena a vivir en la vaciedad de lo aparente. Quien contempla, en cambio, atiende el misterio por el cual algo es en lugar de no ser, y en ocasiones logra una identificación total con el objeto.

Las formas, imágenes, circunstancias y documentos de la crucifixión ocultan más de lo que muestran y lo que muestran lo sentimentalizan. El escarnio del cuerpo esconde aquello más importante, el profundo significado complejo del Viernes Santo, un gran guiñol sagrado hecho de tantas composiciones.

“Hendid la madera: yo estoy allí; levantad la piedra y me encontraréis allí”, proclama Jesús en el Evangelio gnóstico de Tomás. Del significante al significado. Cuando lo antes no advertido abre nuevos espacios de significación. Pero como hasta el lenguaje tiene horizontes emotivos, el sentimentalismo impide salir de los espejismos del lenguaje, del mundo de la superficie.

La luna roja tiñe la crucifixión de sangre y agonía, un teatro metafísico que supera la dicotomía significado-significante: dolor y doliente, víctima y verdugo, muerte y liberación. Por ello tiene un revés esotérico, otra interpretación como una fecha integral para conmover la mente y el corazón humanos.

Aunque hoy en día las historias sagradas son ignoradas por la misma gente, advierte Zolla, que se deja engañar cotidianamente por los fabricantes de imágenes políticas, por los productores de publicidad. El crédulo racionalismo escéptico no puede usar las imágenes según enseña la ciencia correcta: pasando de la interpretación literaria a la simbólica.

Siendo analfabetos simbólicos, nosotros los posmodernos hemos reducido la imaginación. El consejo de Zolla para preservar el significado en medio de la superficial vorágine de los significantes es cambiar constantemente de palabra para nombrar la cosa. Las palabras son perspectivas.

Que la tarde no nos sorprenda usando la palabra (la perspectiva) empleada por la mañana.

Hay un momento inmóvil a las tres de la tarde del Viernes Santo. El tiempo se detiene entonces. Hay quienes creen que dicho instante contiene un portal estelar de geometrías cósmicas. A dónde lleve no se sabe. Pero sí se sabe que algunos intentan entrar.

fmsolana@yahoo.com.mx