Elitismo para todos

Libertad negativa

En el ánimo colectivo parece predominar la convicción de que este país no tiene enmienda y que sus batallas por venir ya están perdidas, así las melifluas encuestas cada tanto reporten que la sociedad mexicana es feliz, o que cree serlo.

Dado que no somos libres —según escribe Isaiah Berlin— pero que no podríamos vivir sin la convicción de serlo, ¿qué debemos hacer? El mismo dilema se presenta en cuanto al voto del próximo 7 de junio, nuestra más inminente tautología: el sentido común y el conocimiento empírico advierten que nada sustancial será distinto en el país después de esa jornada que, al suceder, solo refrendará al sistema político existente, porque este y las castas que lo integran son el problema principal que tiene este país.

Sin embargo, cualquier posibilidad de transformarlo debe darse bajo sus propias reglas. De ahí que dicho sistema sea tan absolutamente perfectible como hasta ahora resulta esencialmente no sustituible. Uno puede ignorarlo pero no reemplazarlo pues —irrebatible, opresivo lugar común— la democracia (así sea una tan envilecida, manipulada y patológica como la mexicana) es hasta ahora la menos mala de las prácticas políticas que conocen las sociedades humanas en esta época terminal.

Así, pues, siendo la más lúcida de las posturas posibles (“la inteligencia es esa facultad que se abstiene”), la abstención electoral no resultará suficiente para castigar o deslegitimar a los partidos políticos y al sistema electoral que han confiscado el interés público y han usurpado la representación de la sociedad mexicana. Los partidos hegemónicos, tan parecidos entre sí los tres, recurrirán a sus votos clientelares para mantener sus cuotas de poder con las diferencias circunstanciales del caso, dispuestos como siempre a gobernar desde porcentajes mínimos y absolutamente indiferentes a cualquier legitimidad representativa. Recuérdese su cínica e inmoral divisa: “Haiga sido como haiga sido”.

La anulación del voto, por otra parte, debiera diferenciarse. En donde estas líneas se escriben —el atribulado narcoestado de Jalisco en su zona alteña y cristera—, la anulación puede resultar inevitable si se establece una generalización objetivamente verdadera (todos los políticos son iguales o, aun siendo distintos, el sistema no les permite actuar de otra manera) y se ignoran los matices específicos, ciertamente tan sutiles que corren el riesgo de evaporarse ante la terca realidad (¿da lo mismo elegir al hijo del anterior presidente municipal, ostensiblemente corrupto, o debe darse la oportunidad a otro, así provenga del esperpéntico PRI en alianza con el partido canalla PVEM?).

Pero si estas reflexiones fueran hechas en Nuevo León, quizá valdría la pena votar por el inesperado surgimiento de Jaime Rodríguez, El Bronco, candidato independiente a la gubernatura que ha enfrentado a las oligarquías partidistas, gubernamentales y mediáticas concitando un auténtico apoyo popular. En Guadalajara habría que otorgar el voto a Pedro Kumamoto, un joven y refrescante aspirante independiente al congreso local, cuya imaginativa y valiente campaña es una muestra, pequeña pero muestra al fin, de que sí hay otra forma de hacer política, otra narrativa posible incluso en medio de la debacle y el desánimo nacionales. O en el distrito 5 de Sinaloa elegir a Manuel Clouthier, o en la Ciudad de México a varios candidatos y candidatas de Morena a jefaturas delegacionales y diputaciones locales. Un voto diferenciado, entonces, que se otorgue con el escepticismo crítico de una doble y contradictoria convicción: sí, las cosas no tienen remedio, pero uno debe empeñarse en intentar que cambien.

El conde saboyardo Joseph de Maistre escribió en su célebre libro Las noches de San Petersburgo: “¿Qué es una batalla perdida?... Es una batalla que se cree haber perdido”. En el ánimo colectivo parece predominar la convicción de que este país no tiene enmienda y que sus batallas por venir ya están perdidas, así las melifluas encuestas cada tanto reporten que la sociedad mexicana es feliz, o que cree serlo, incluso en medio de sus patentes tribulaciones públicas, de su mal gobierno orgánico, de la impunidad y la corrupción que sistemáticamente padece al modo de una inmodificable geografía nacional.

Justo ahora otras formaciones políticas, como las españolas Podemos y Ciudadanos, muestran que el horror de la época y su crisis civilizacional pueden enfrentarse de algún modo. ¿Es imposible hacerlo en México? ¿Es tan avasallante y monolítica su dictadura perfecta que no ofrece intersticio alguno de acción paralela, diferenciada?

fmsolana@yahoo.com.mx