Elitismo para todos

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La tempestad es la trasposición de un actor-director-administrador acosado y exhausto de trabajar, que organiza y ensaya a los actores, vigila la función y sus horarios, sueña con la jubilación pero todavía está obligado a salir a escena para implorar el aplauso del público.

Unos pocos años después de su matrimonio, Shakespeare dejó a su familia en Stratford y se fue a Londres a hacer su carrera dramática. La leyenda cuenta que llegó a la ciudad siendo muy pobre y sin amigos. Se apostó afuera del teatro y mediante una propina guardó cabalgaduras de los caballeros asistentes. Durante un lustro no hay rastros de su estancia en Londres. "Sin duda, invierte este tiempo en estudiar los secretos de su arte", opina el biógrafo. Hacer, hacer, repetir.

Obtiene, no se sabe cómo, una recomendación para James Burbage, propietario y director de El Teatro, quien le admite en su compañía como traspunte. Inicia su carrera de éxito refundiendo composiciones ajenas. "Debuta, escribe, da su primera obra, triunfa. ¡Es Shakespeare!".

Hasta alcanzar la primera posición que ocupará —compañero del conde de Essex, amigo del conde de Southampton, dueño de un escudo de armas, autor favorito de la reina Isabel—, ha pasado por el aprendizaje y la escasez, compañeros necesarios de las buenas letras. O inevitables.

Primero en El Teatro y luego como socio de El Globo, un edificio octogonal al modo en que solían ser los teatros de entonces. El de Shakespeare, construido con lujo, era público y a cielo descubierto, menos el escenario y las galerías. Carecía de asientos. A su alrededor contaba con tres galerías, las dos más bajas divididas en palcos, la superior corrida. El escenario estaba de frente y era completamente abierto, sin arco proscénico o telón. A espaldas del escenario estaba la Tiring House, dos pisos en los que se vestían los actores.

La representación se anunciaba en carteles escritos a mano y pegados a los muros. Comenzaba a las tres de la tarde. Sobre el tejado del escenario se izaba una bandera. Si faltaba la luz del sol se prendían candilones. En los entreactos tocaba la orquesta y para hacer tiempo los asistentes platicaban, leían, jugaban a las cartas y bebían cerveza. La obra se escenificaba con ellos a su alrededor y sobre las tablas, respirando al lado de los personajes y viviendo el drama junto a ellos, confrontados a sí mismos, los varones en el corral de abajo, las mujeres en la cazuela de arriba.

Como todos los dramaturgos de entonces, Shakespeare podía montar escenas simultáneas y coherentes, arquitectónicamente posibles. Doble cremallera, velocidad letárgica, complemento, emulsión. Algunas escenas atroces se sugerían, en alusiones e imágenes que debían ser imaginadas —y así se harían propias. La fragorosa respiración de El Globo —obra, dramaturgo, actores, público, época histórica— era un hecho escénico a máxima capacidad.

El conjunto de la obra shakesperiana va de 1591 a 1611, durante dos décadas, de los veintisiete a los cuarenta y siete años, obra "a la que no afea ninguna arruga". La primera, Trabajos de amor perdidos, está ya marcada por la garra de león, como dice la crítica: intensidad de vida, magnificencia de imaginación. Y la última, La tempestad, leída por algunos como un testamento, como un adiós al arte y a la vida: "Romperé mi varita de mando", anuncia Próspero, su denso personaje. La trasposición también, como han visto muchos, de un actor-director-administrador acosado y exhausto de trabajar, que organiza y ensaya a los actores, vigila la función y sus horarios, sueña con la jubilación pero todavía está obligado a salir a escena para implorar el aplauso del público.

No se conocen las causas que indujeron a William Shakespeare a retirarse a su villa natal de Stratford y abandonar Londres. Desde entonces se especuló sobre una enfermedad por el cansancio debido al enorme esfuerzo de imaginación desplegado durante veinte años. Lo más directo que se sabe acerca de su muerte son las palabras de John Ward, vicario de Stratford: "Shakespeare, Frayton y Ben Jonson se reunieron en alegre convite; pero Shakespeare parece que bebió demasiado, pues murió de una fiebre contraída allí". El documento arguye contra toda enfermedad y cansancio, solo habla de una muerte banal. Seguía todavía en contacto con sus compañeros actores, adquirió una casa en Londres y aportó su parte para la reedificación de El Globo.

Tal vez Shakespeare, tuteador de la muerte, pudo decirle: "Llegue rogada, pues mi bien previne; hálleme agradecido, no asustado". Murió diez días después de Cervantes y fue enterrado un 25 de abril de 1616 en el lado norte del presbiterio de la iglesia de la Santísima Trinidad de Stratford. Ambos murieron después de haber abrazado al universo.

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