Elitismo para todos

Convicciones inestables

¿Qué debo pedir para los míos? La perseverancia ha de seguir siendo la virtud básica, el estar todos los días al pie del cañón, hasta que se acaben los días.

Las certezas existen como una necesidad de la conciencia. Son indispensables para que la vida ocurra en cierto paisaje descrito con atributos positivos, el paisaje ideal. Así tiene que ser la vida, se dice uno, y establece un sistema de referencias ideales y distópicas, deseables y negativas, de cosas buenas y malas que componen el mundo. De acumulaciones y de pérdidas.

Si el sentido común sentimental fuese verdadera sabiduría, es decir, una distancia inteligente ante el fenómeno sucedido, la norma de toda persona sería una ley termodinámica: nada se crea, nada se destruye, todo se transforma. La superficie lisa permite transitar sin obstáculos. La superficie estriada detiene en donde uno está.

Cuando pienso en el pasado veo un abrupto y descorazonador cambio de conciencia, de existencialidad. La confianza cultural del crepúsculo de la maquiladora de utopías —en frase de Robert Valerio, el gran ensayista muerto— se evaporó, como todo lo sólido se ha evaporado en estas últimas épocas. Desapareció un valor humano: la confianza en un cierto mañana, en un cierto sentido. El tiempo fue vampirizado y coaguló.

Osho, un polémico gurú oriental actuante en Occidente, con quien el filósofo Peter Sloterdijk pasó largas temporadas, decía que los hombres han vivido mucho tiempo como lo hacen ahora, con violencia e inconscientemente, pero que puede ocurrir un salto cuántico crucial —un salto evolutivo o la muerte en una tercera guerra mundial. Para ese salto evolutivo debe crearse un gran Budacampo, el campo donde puede posibilitarse el futuro. El gran mesías Budacampo, le llama Osho, menos un lugar o una persona que un manantial de conciencia compartida generado por muchos seres humanos que tienen en común la búsqueda individual de sí mismos. Sin iglesias, en el neognosticismo tardomoderno. Lo que acaba llamando con urgencia, contagiosa y colectiva, una Arca de Conciencia de Noé.

Este hombre argumenta que cada cual ha de salvarse a sí mismo, que tal es la única posibilidad: "Basta y sobra con ser el centro de uno mismo. Luego la propia paz se vuelve contagiosa: el silencio empieza a diseminarse y atrapa los corazones de otras personas". Sucede de una manera natural, dice, "no es uno mismo quien lo hace".

Silencio significa apartar todo el mobiliario de la mente: pensamientos, deseos, recuerdos, fantasías, sueños, todo. "Uno contempla la existencia directamente. Uno está en contacto con la existencia sin que nada se interponga", escribe. Desde luego no es fácil pero lograrlo es menos difícil de lo que parece.

Es otro más que propone desmontar, detener, paralizar la mente y liberarla para estar, nada más. Toda esta argumentación derivó hasta acá por accidente, pues yo buscaba una prevención dicha por una princesa vidente, Francesca de Billiante de Saboya: "Que el Señor conceda a mis nietos la gracia de la perseverancia en los duros tiempos que se avecinan".

¿Qué debo pedir para los míos? La perseverancia ha de seguir siendo la virtud básica, el estar todos los días al pie del cañón. Hasta que se acaben los días. Y allí "hálleme agradecido, no asustado" la muerte, esa transformación. Volviendo al tema de antes, una tristeza individual y profunda se apoderó de la mente colectiva: la desconfianza del mañana, su impostulable enunciado. Las histerias de la sociedad del espectáculo no bastan para desplazar dicha tristeza y desasosiego. Los jainas le llaman a la época triste-triste.

El inmediatismo que se impuso es una reacción atmosférica. Si no hay mañana, solo hay hoy. Tal vez. Lo único estable es que nada lo es. Y si nada es cierto, entonces todo está permitido, como dice el nihilismo predominante. Complicada cuestión, gótica, terminal, de superhéroes y últimas horas, de mundos catastróficos e industrias del espectáculo donde se cuentan sobrevivencias épicas, opciones humanas al límite: regresar del cosmos a la tierra, sobrevivir a un ataque despiadado y a peripecias extremas, resistir en un tiempo decadente y final.

Perseverancia significa mantener firmeza y constancia en la ejecución de los propósitos y en las resoluciones del ánimo. Es la duración permanente o continua de una cosa. Tiene por sentido permanecer, aun desde las células cancerígenas de la comida basura, esa fuerza malévola que azota este tiempo histórico, lleno de plagas y perturbaciones. Su fijación y confianza representa su valor mismo: funciona porque sucede y al revés. Volviendo al tema: las certezas son una necesidad de la conciencia.

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