Elitismo para todos

Intolerancia

Este artículo provocará vehementes desaprobaciones sin considerar lo que dice, lo cual demostrará que Israel no emplea argumentos sino operaciones de guerra o de contrapropaganda.

Sucedió lo de siempre. El artículo “El martirio palestino” mereció varios correos reprobatorios, unos más violentos que otros, como cada vez que este autor ha escrito textos críticos sobre la política militar de Israel en Palestina. Desde “ignorante de la historia” hasta “antisemita genético”, la amplia gama de descalificaciones utilizadas no mencionan y no refutan los argumentos presentados en el artículo, entre ellos la desproporción bélica de los dos bandos, los daños que mutuamente se infligen y los sacrificios de su población civil. ¿Cifras? Al 22 de julio, luego de la temida ofensiva judía terrestre en Gaza: 566 palestinos muertos y 3 mil 350 heridos; 27 israelíes muertos, dos de ellos civiles. Una ley del talión aplicada exponencialmente, que no puede racionalizarse a menos que se acepte que está dictada por la voluntad de aniquilación.

Este empeño nihilista de aniquilación del otro también existe en Hamás, el grupo irreductible que niega el reconocimiento del Estado judío y que precariamente gobierna la franja donde se hacinan casi dos millones de habitantes sin servicios básicos ni salarios para sus burócratas, sin escuelas, con escasez de alimentos y medicinas, sin trabajo ni vida comunitaria normal, sometidos ahora al horror de la guerra. Los radicales delirios de Hamás son un efecto de la despiadada causa opresora de Israel. Llama la atención esta simetría travestida de víctimas vueltas verdugos o, cuando menos, la inutilidad moral del Holocausto por a) no aprenderse nada de él, no mejorar humanamente, y b) asesinar a otros como si se poseyera un derecho superior a ello, una aberrante justificación otorgada por la historia.

Desde Maquiavelo definimos la política no por su excelencia sino por su desenlace: si no es eficaz, se dice, no es virtuosa. Y si bien el horror y brutalidad de las guerras acompañan sangrientamente la historia humana, aun en momentos anteriores de la turbulenta implantación en Palestina del Estado de Israel —un diseño geopolítico del sionismo decimonónico y el imperio británico—, ha habido dirigentes que, a pesar de su crueldad coyuntural (los hombres buenos e inclinados al bien que deben saber ser malos, descritos por el pensador florentino), como la que mostró Isaac Rabin en 1988 cuando, siendo ministro de Defensa de Israel, sofocó con toda dureza la Intifada palestina, son capaces de definirse políticamente por sus desenlaces, como el que construyó al ser electo primer ministro en 1992 y a continuación relanzar el proceso de paz con los palestinos y los jordanos. Durante la Intifada se mostró tan brutal como las circunstancias lo requerían desde la perspectiva judía, no más. Con ello alcanzó la credibilidad necesaria para proponer el fin de la violencia. Así, con una moralidad de resultados y no de buenas intenciones, una política correcta puede medirse por su eficacia. Y la eficacia siempre es un juego de equilibrios y proporción.

El asesinato de Isaac Rabin en 1995 a manos de un fanático integrista judío, luego de un mitin de su partido moderado, proviene de la misma mentalidad intolerante y esencialista que considera traición cualquier proceso de paz con el enemigo y niega la razón parcial que le asiste, hace oídos sordos a su alteridad y anula la condición humana del otro, considerado naturaleza externa susceptible de sometimiento extremo y violencia impune.

“Nada es grande ni pequeño salvo por comparación”, escribió Jonathan Swift. La asimetría de la circunstancia judeopalestina, la ausencia de una política virtuosa por parte de Israel y Hamás presagia la continuación de
la lucha hasta que uno de los dos bandos triunfe definitivamente sobre el otro o los dos se destruyan mutuamente. Si tal patología no remite —y no hay ningún signo de ello— deberá llegar a un punto concluyente. A menudo, por razones religiosas, se invoca su aceleramiento y desenlace.

No puede renunciarse, sea por mera positividad u optimismo, a la utopía de la cordura y la convivencia civilizada entre Palestina e Israel en la misma tierra y en igualdad de circunstancias. “Fin a la ocupación de Palestina” y “Matar a los niños no es defensa propia” rezan las pancartas de las protestas mundiales contra Israel.

Como siempre, este artículo provocará un pequeño alud de vehementes desaprobaciones. Ninguna considerará lo que literalmente dice. Eso volverá a demostrar que el comportamiento de Israel no emplea argumentos sino realiza operaciones, de guerra o de contrapropaganda, da igual.

fmsolana@yahoo.com.mx