Elitismo para todos

Ya es la una /y II

SOLO SE AMA lo que se conoce y solo se conoce aquello que recibe nuestra atención, uno mismo incluido; entonces el arte de la libertad es el arte de la atención

Las pasiones siguen viviendo en la mente, pero pueden ser encadenadas, afirmaban los eremitas, aquellos que habitaron en soledad los desiertos egipcios y después formaron los primeros grupos de renunciantes, desde el monacato primitivo hasta las comunidades denominadas "lauras" en Palestina.

En alguna de ellas habitó Sinclética, una asceta de la que se conocen enseñanzas cuya pertinencia todavía suena intemporal: "Es posible, viviendo en medio de la multitud, estar solo a través del pensamiento y, viviendo solo, estar en medio de la multitud con el pensamiento". Esa mujer sabia advertía que los practicantes de la transformación síquica radical —"atletas del espíritu", los llamaba— afrontaban un adversario cuya fuerza iría resultando proporcional a sus mismos progresos.

Prudentes como serpientes y simples como palomas, conforme el consejo evangélico que desde entonces observaban, renunciantes de todo tipo habitan aún en el tiempo actual posmoderno, el cual parece ser radicalmente contrario a cualquier tipo de abstención voluntaria, de restricción intencionada, de decir enfáticamente no a las solicitaciones usuales, porque en él rigen la patología del placer obsesivo como aparente fin último del individuo y una diabólica democratización del deseo como atmósfera planetaria de supuesta realización social.

A lo largo del tiempo una cultura paralela y de resistencia ha congregado las estrategias indispensables para permitirnos saber, diría Italo Calvino, qué y quién no es infierno, para hacerlo durar y darle espacio. La frugalidad representa uno de los componentes de esta libertad profunda que siendo interior es exterior y viceversa, en un término dual y compuesto como el de cuerpo/mente, pues quien cognitivamente despierta —empleando para ello cualquier técnica psicofisiológica de la atención, ya que no otra cosa es la tarea del renunciante, su ascesis— a una realidad que va más allá de la realidad aparente, advertirá muy pronto que como es síquicamente adentro resulta ser objetivamente afuera.

A la manera de dos fases complementarias del fenómeno fundamental de interpretación humana, en nuestro origen civilizacional griego se encuentran el misticismo, una ciencia de la comprensión que también se denomina sabiduría, tan mal entendida en la modernidad materialista por la ignorancia "ilustrada", y el racionalismo, una ciencia de la manipulación que conduce al poder, cuyo valor de origen ahora se ha vuelto negativo debido a su autoritaria unilateralidad y a su nihilismo, el cual destruye más recursos físicos y posibilidades humanas de los que construye.

Para salir de ese laberinto al que los seres humanos hemos sido arrojados, según la alusión platónica, es necesario poner en curso, de nuevo, la reducción drástica de la necesidad imaginaria, la deconstrucción del deseo esclavizante, la liberación del estado inducido de contingencia permanente por esta posmodernidad líquida y mediática que se presenta sin asideros sociales, sin referencias históricas, sin sentido existencial trascendente. No hay experiencias, auténticos encuentros con los otros, sino vivencias, meros reflejos tristes de uno mismo. Solo hay peripecias, acciones virtuales, mediáticas o vicarias, y no hay reconocimientos, es decir, contemplaciones inteligentes de lo vivido, aquellas tareas del sabio que no se deja engañar porque se indaga a sí mismo.

La raíz del mal es la desatención del ensueño, asentó Simone Weil, una filósofa contemporánea interesada en la atención como virtud capital de la conciencia humana. Solo se ama lo que se conoce y solo se conoce aquello que recibe nuestra atención, uno mismo incluido. Entonces el arte de la libertad es el arte de la atención. El método supone la ascesis de una atención plena al momento presente. El camino es conocerse a uno mismo, conocerse a uno mismo es olvidarse de uno mismo, olvidarse de uno mismo es estar atento a todo.

Quizá entonces los términos deban corregirse: ya no se dirá misticismo o renuncia sino curación, se hablará de una existencialidad terapéutica cuyo centro radicará en la atención, una perspectiva desde la que el mundo por fin se podrá apreciar. A diferencia del Ulises de Joyce, que culmina con aquel legendario "si yo dije quiero sí" de Molly quedándose dormida, la novela de esta época concluirá con la emblemática negativa de un personaje que al despertar va enunciando: "No yo dije quiero no".

En el reloj histórico ya es la una de la madrugada...


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