Elitismo para todos

Frases sueltas

Las contrarreformas seguirán su curso, incluidas las leyes de un autoritarismo que criminalizará las protestas sociales; solo queda organizar el pesimismo, reconocer el abismo entre los intereses sociales y la realidad empírica.


Hace no mucho, a los 80 años de edad, el empresario francés Claude Mineraud publicó un breve libro testimonial y reflexivo cuyo título lo dice todo: Un terrorisme planétaire le capitalisme financier. Terrorismo planetario económico, político y social de un sistema patológicamente voraz —“tecnoestructura sin perspectiva, sin otra finalidad que su propio e irrisorio poder, incapaz de percibir el desuso y la fosilización de la ideología a la cual sirve de vehículo”— solo dedicado al dinero, a la usurera rentabilidad. El autor sabe de lo que habla: su crítica no es un rechazo ideológico porque él mismo ha sido un capitalista toda su vida, si bien uno sui géneris que en sus empresas se empeñó en crear empleos y siempre estuvo dispuesto a perder o ganar. Su crítica es uno más de los urgentes avisos de incendio de la época. O de hundimiento inminente, pues se refiere a Francia, y con ella al mundo, como “una nave ebria abandonada a las pulsiones de una maquinaria descompuesta cuyo engranaje puede explotar”.

“El discurso ininterrumpido por parte del orden existente acerca de sí mismo”, según escribió Guy Debord en su disección de la sociedad del espectáculo, vuelve a manifestarse otra vez como una operación publicitaria hegemónica durante estos días mexicanos de la contrarreforma petrolera impulsada por el régimen priista-panista y dictada por los centros internacionales del poder. Comte habló del progreso en el orden, otro modo dogmático de referirse a la propaganda dominante del statu quo actual que se concibe a sí mismo como “el universal humano consumado”. De ahí, de tal linealidad “modernizadora” se derivan todos los argumentos de la privatización petrolera en curso: así ocurre, afirman, en otros países; así entonces debe ser aquí. Es la creencia de las élites dominantes en la perennidad de un sistema económico y social que no solo se presenta como superior a todos los demás habidos en la historia sino como el único posible. El capitalismo privatizador de última hora es un estalinismo autoritario que se ostenta como liberal y democrático pero que niega tajantemente, descalificándolas, las perspectivas y opiniones que no concuerden con él.

Es llamativo el encendido rechazo de lo que peyorativamente se denomina “dogma” sobre la privatización de la renta petrolera dictada por las empresas petroleras trasnacionales y comprometida por el gobierno de Enrique Peña Nieto, al señalar que la defensa del petróleo (consistente en no modificar la Constitución sino en aumentar la inversión pública en el sector y detener la corrupción de Pemex, reestructurándolo debidamente) es un fundamentalismo doctrinario propio de una visión históricamente inmóvil. En sentido estricto es objetividad demostrable, pues la desconfianza ante los impulsos “modernizadores” que invariablemente implican la privatización directa o embozada de los bienes nacionales se basa en los resultados de ello, exponencialmente favorables a las oligarquías y claramente nocivos para la sociedad común. El nuevo dogma es denunciar como dogma aquello que se oponga a lo que no es dogma sino “progreso”, o sea, la Gran Narrativa hegemónica desde la revolución industrial. Dicho de otro modo, es el miedo de los defensores del orden existente, esas víctimas del miedo a la alteridad.

Lo mismo se predicó del TLC cuando la operación hegemónica para implantarlo por el régimen salinista: palanca de desarrollo para el futuro, garantía de prosperidad nacional. Sin embargo, los indicadores económicos muestran que el número de pobres aumenta año con año, el salario mínimo decrece dramáticamente (en 1982 podían comprarse con él 50.9 kilos de tortilla y en 2013 solo 5.2 kilogramos; entre 2000 y 2011 se incrementó 0.1% en el país, mientras que en Honduras subió 9.6 por ciento y en Brasil 5.6), el número de desempleados sigue aumentando, la autosuficiencia alimentaria ha desaparecido, el sistema de bienestar en salud, vivienda y educación va colapsando y, en cambio, el número de multimillonarios sigue en ascenso junto con la violencia y el crimen, así la construcción gubernamental mediática del consenso insista en negarlo. No desapareció el país desde entonces, solamente fue privatizado.

Las contrarreformas seguirán su curso, incluidos los mecanismos legales, las leyes secundarias de un autoritarismo que criminalizará las protestas sociales. Tal es el Pacto por México. Solo queda, por ahora, organizar el pesimismo, reconocer el abismo entre los intereses sociales y la realidad empírica. Algo saldrá de todo ello.

fmsolana@yahoo.com.mx