Elitismo para todos

Flameantes papeles

AUNQUE PAREZCA QUE México es el único país donde la corrupción y la impunidad no se detienen, alguna vez será diferente, así nuestra generación no lo vea: la utopía de la corrección todavía existe en lo posible

El discurso que ciega. "Estoy harta —dice la politóloga belga Chantal Mouffe, autora junto con su esposo, el pensador argentino Ernesto Laclau, del influyente libro Hegemonía y estrategia socialista— de que a todos los que tratan de cuestionar el consenso neoliberal y que afirman que hay alternativas, se les acuse de populismo. Es la manera de impedir que se piense diferente". Para esta autora de 72 años, quien ha sido maestra de algunos ministros de Syriza, el partido de izquierda radical que gobierna en Grecia, y cuya obra ha inspirado a los fundadores del inesperado partido político español Podemos, la democracia tiene una necesaria e inevitable dimensión populista: debe responder a los problemas reales de la gente.

Cállense los distintos. La filosofía de la victoria, una herencia del pensamiento hegeliano ("Todo lo real es racional y todo lo racional es real"), entre otras fuentes, promulga como incuestionables aquellas formas y modos que hegemonizan lo real porque se imponen ideológicamente y triunfan. No otra es la doctrina de la gracia luterana que justifica la riqueza como un don de Dios a los suyos (el pueblo elegido) y explica la pobreza como un castigo divino (los jodidos inferiores): la tan anticristiana y hasta hoy triunfante ética del capitalismo. Y si en todas partes —medios de comunicación, escuelas, iglesias, familias, gobiernos o asambleas generales de la ONU— se repite lo mismo, silenciándose las perspectivas diferentes, el asfixiante pensamiento único es lo que predomina. No obstante lo que se oculta sigue estando presente, así sea en estado potencial.

El señor de la disgregación. Aun Francisco, un Papa que parecía dispuesto a modificar la narrativa inmóvil y anquilosada de la Iglesia católica, incapaz durante milenios de ir más allá de los niveles míticos de dogmas ya desfasados, hoy defiende de nuevo la indisolubilidad del matrimonio, condena el divorcio y reitera que la familia se compone de un hombre y una mujer, ese "sueño de Dios para su criatura perfecta" que solo se realiza en dicha unión y en ninguna otra más. Este es el uso específico de la religión como ideología, aquella falsa conciencia que es una mera servidora de la opresión ya denunciada por Marx como el "opio de las masas", el estupefaciente de la razón. La sociología trascendental de Ken Wilber define la "legitimidad" de una religión en tanto satisface las necesidades psicológicas y sociales de una cultura. ¿Cuán legítima es la actitud excluyente de un credo que separa y no integra, de una devoción cuya deidad sus intermediarios dicen que dice: ésta sí es mi criatura y aquella no?

El hambre posmoderna. Los que no entienden que no entienden —quienes comparten el objetivo común de mantener el injusto sistema actual: políticos, financieros, empresarios, dueños de medios masivos de comunicación, intelectuales orgánicos, tontos útiles, oprimidos que admiran a sus opresores, etcétera— hablan de la desigualdad económica como un mal inevitable, una característica del capitalismo que representa el defecto de su axiomática virtud. Aunque el sabio nunca convencerá al necio y el necio siempre refutará al sabio, y antes que los hechos predominan las interpretaciones, El hambre (Anagrama, 2015), un estremecedor libro de Martín Caparrós, documenta su geografía para mostrar lo que califica como "la mayor vergüenza de nuestra civilización": cientos de millones de personas no comen lo suficiente en un planeta que produce alimentos de sobra pero los desperdicia, especula con sus precios y los eleva irracionalmente ("la especulación con el trigo mueve cincuenta veces más dinero que la producción de trigo") o los convierte en agrocombustibles ("con los 170 kilos de maíz que se necesitan para llenar un tanque de etanol-85, un chico zambio o mexicano o bengalí puede sobrevivir un año entero").

El último koan. Lúcida cortesía del psicoanalista Aniceto Aramoni: "Agárrense de la brocha, porque vamos a quitarles la escalera". Las oligarquías ya lo hicieron. Sin embargo la historia es como las olas de la marea: va y viene. Y aunque parezca que México es el único país donde la corrupción y la impunidad no se detienen (tal es la crisis profunda y quizá terminal de los derechos humanos: en esta sociedad no existe la justicia), alguna vez será diferente, así nuestra generación no lo vea. La utopía de la corrección todavía existe en lo posible.


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