Elitismo para todos

Espejo de agua

En él veremos reflejarse el tiempo que aún nos falta, los días turbios de la conciencia y las mañanas luminosas de la mente plena, la época nublada de la historia canalla y el brillo de las estrellas indiferentes que miran hacia abajo.

Esta tardanza. Nos llevó doce años hacer un espejo de agua. En él veremos reflejarse el tiempo que aún nos falta, los días turbios de la conciencia y las mañanas luminosas de la mente plena, la época nublada de la historia canalla y el brillo de las estrellas indiferentes que miran hacia abajo. El agua del espejo es humilde, franciscana, ocupa silenciosa el espacio que le fue dado. Puede reproducir el círculo de plata de la luna y alterar su superficie según lo interprete el viento con sus pliegues y sus rizos. Nuestro estanque es múltiple: nos refleja a nosotros.

Otro azogue. Un mito entendido como ejemplo perfecto de un espejo es contado por Elémire Zolla desde una parábola del Talmud: “Un hombre va por una calle, se encuentra una jauría de perros, le entra miedo, se sienta en medio de ellos”. La dificultad del asunto consiste en reconciliar, tender un puente entre sus posibles lecturas: la pasividad o la diligencia, el encuentro intencionado o la casualidad inevitable. De ahí que el mito siempre sea una relación entre opuestos. Mientras haya mendigos habrá mitos, dijo Walter Benjamin.

Los maestros mudos. Fueron seis gatos que tuvo en Roma. Dos eran grandes sabios. Y se lo enseñaron todo a Elémire Zolla: cómo se yace, cómo se avanza, cómo se contempla. Tres operaciones que para un místico resultan naturales pues son sus arquetipos. ¿Qué es el misticismo? El conocimiento de lo eterno, el regreso a la unidad, a lo uno. Se obtiene por mil caminos. No es un atributo antiguo o moderno sino intemporal y suprarreligioso. El místico se coloca fuera del mundo de la competencia por el prestigio y el poder. Zolla afirma que adquiere poder sobre el poder.

Un sacrificio. Nosotros, en cambio, debimos sacrificar a Raquel, nuestra maestra de paciencia, una gatita atribulada que nunca fue feliz. Aquella tarde le pedí al veterinario que lo hiciera. Primero la durmió con anestesia y luego, utilizando una larga aguja, traspasó su corazón. Algunos colegas así se suicidan, me dijo, mientras un discreto estertor salía de los belfos del animal. No supe si estaba en mi derecho disponer su muerte y segar su vida. Esa imagen icástica, un suave silbo torturado, quedará grabada en mi memoria. Fue su última lección.

La naranja de Octavio Paz. La mujer lo miró y de pronto le lanzó una naranja que él cogió al vuelo. Ananda Mai, la directora espiritual de un ashram en una modesta casa a las afueras de Delhi donde un amigo lo había llevado, estaba sentada en el suelo y jugaba con las naranjas de una cesta a su lado. Llevaba un sari de algodón azul, tenía unos cincuenta años, era morena, de ojos líquidos, manos elocuentes y cuerpo pleno, según la describió el poeta. Paz dudaba si debía aceptar o no el premio internacional de poesía que en 1963 le habían otorgado, el primero de lo que sería una larga y opulenta lista hasta culminar en el Nobel de Literatura. “Lo que cuenta no son los premios sino la forma en que se reciben. El desinterés es lo único que vale”, le aconsejó la sabia mujer. Una edulcorada biografía literaria de la recepción.

Tender la cama. Se atribuye a Pitágoras, como enseña Zolla, el precepto siguiente: “Al levantarte del lecho, envuelve los cobertores y haz desaparecer de ellos todo rastro tuyo”. El lecho se entiende como el sueño mismo y la noche como un pasado que debe dejarse atrás. El maestro indica que también es una exhortación a eliminar toda complacencia mental. Acaso por ello Simone Weil vendrá a intuir siglos después que la raíz del mal es el ensueño. Al tender la cama uno deshecha esos jirones de la conciencia que comprometen nuestra vinculación directa y somática con el fenómeno de lo real.

La forma fiel. La gente culta es aquella, dice Gadamer citando a Sócrates, que no ha olvidado el saber de que hay cosas que no sabe. El espejo de agua solo refleja y acaso no se esmera por descifrar eso que refleja. Una operación similar se realiza en el juego de la literatura, nuestra ascesis de la interioridad. Toda experiencia del ser es una adquisición de conocimiento, el espejo de agua conoce porque al representarlo fugazmente experimenta al ser. El juego entonces se adueña de los jugadores —“todo jugar es un ser jugado”— y el agua mansa domina lo que ve. Doce años nos llevó construir un duplicador del cielo. Ese doble espacio es un sendero hacia el final: seguiremos sabiendo que hay cosas que nunca sabremos. Y sin embargo su forma es fiel.

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