Elitismo para todos

Espacio abierto

Desde el lugar donde moraba, una ciudadela del silencio, esa célula del alma buscada por los místicos medievales, don Juan hizo un mundo literario permanente con pocas palabras y un par de libros.

Las coincidencias superiores llamadas sincronicidad. Estoy dando Rulfo a mis alumnos ayudándome con la inteligente guía hermenéutica de Alberto Vital, su biógrafo y estudioso. Éste, un antiguo y querido amigo, me escribe en ocasión del día de San Juan Nepomuceno Rulfo, según el calendario que él observa y yo comparto.

Envejecer es ir recordando. Aquel miércoles de hace años el Centro Mexicano de Escritores abrió sus puertas para la habitual reunión de los miércoles. Leyó quien esto escribe. Don Juan lo escuchaba. Cuando la lectura terminó el regaño fue directo y sin contemplaciones, rulfiano. Él mismo había seleccionado el proyecto literario del joven, selección hecha por última vez pues ya dejaba su generosa tarea de tutor literario desempeñada a lo largo de tanto tiempo y con tantos escritores en proceso.

Había sido una tontería debida a las precipitaciones existenciales de quien esa tarde había leído. Introducir una vieja carta familiar en la novela sin darle ningún tratamiento escritural. Era una ocupación súbita del espacio narrativo y hasta una cierta provocación literariamente imberbe que don Juan reprobó. Tenía razón, desde luego, y su áspera lección me sería explicada después por don Francisco Monterde, decano del centro y exquisito escritor.

Como los adjetivos en Juan Rulfo: concretos. Regresó después al centro tres o cuatro veces más. No volví a cometer el error de aquella penosa ocasión. La lacónica e inescrutable presencia de don Juan nimbaba la larga mesa rectangular donde unos cuantos escritores en ciernes presentaban los avances de su obra prometida. En contadas ocasiones tomaba la palabra, la cual valía tanto como los silencios que la
sostenían, los intervalos donde se daba y el modo en que era dicha. Al hablar con esa directa sencillez lograba ir más allá de lo que hubiera dicho y su elegante reserva era un dominio máximo en su literatura porque antes existía en él.

Tal economía verbal tendrá un doble origen: el ejercicio del gusto como capacidad de descartar y la ascesis del lenguaje. La lógica es la superación de los espejismos del lenguaje. Así, aquel día el maestro fue perentorio, después de pedir un par de explicaciones al torpe aprendiz que leyera:

—Eso que usted trajo no sirve de nada. Déjese de tonterías y póngase a escribir. O reescriba la carta, redúzcala, hágala suya. No ande de transcriptor ancilar. Cómprese una goma, una tijeritas. ¿Conoce los arbolitos japoneses? Pues así, igual.

Era una convocatoria a recuperar el sentido. Treinta años después de esa tarde, cuando don Juan ya había muerto, la novela por fin quedó escrita. En ella estaba la carta convertida en otro texto y también las inmanencias del maestro hasta donde se hubieran podido trasvasar, volver escritura, pues se sabe que el problema del conocimiento no es lo conocido sino el conocedor.

La vida que transcurre y se ve pasar desde el barandal de los recuerdos ofrece refugio a veces: ese único tiempo humano que escapa a la contingencia mediante el pasado que se hace presente cuando se evoca. Los estoicos afirman que ya no puede tocarlo la veleidosa fortuna. Funda la única certeza de la memoria y plantea otro problema: el recuerdo es lo que se recordó por última vez. Pero así es la vida: cajas chinas, una cosa que lleva a otra cosa.

En literatura se le llama angustia de las influencias (Harold Bloom) a un fenómeno similar: la presencia del predecesor, una compleja relación entre el maestro y el aprendiz, siempre determinada por el predecesor y no por el alumno, quien es elegido por aquél aun cuando ya esté muerto, y provoca angustia pues nunca acaba de ser resuelta. El predecesor tiene un destino concluido, su continuante no. El predecesor tiene logros, su continuante no, y además está en peligro estético debido a la densa sombra que proyecta la obra del otro sobre él.

Habría sido imposible decirlo entonces en aquella generosa casa del Centro Mexicano de Escritores en las calles de San Francisco. Ahora puede hacerse: “10. Creo en Juan Lacónico Rulfo, hermano de Kafka, miembro del panteón, padre de todos nosotros, sepulturero. Creo que porque pudo mejor que nadie lo dejó de hacer. El creador de Emma lo hubiera aplaudido”.

Desde el lugar donde moraba, una ciudadela del silencio, esa célula del alma buscada por los místicos medievales, don Juan hizo un mundo literario permanente con pocas palabras y un par de libros. Así lo permanente se elabora con lo esencial.

fmsolana@yahoo.com.mx