Elitismo para todos

Doble vida

Antes de que su familia supiera la verdad del engaño, los mató a todos; suprimir sus vidas y no destruirlas puede parecer hasta una acción piadosa, salvo por un serio error de concordancia: Romand no murió.

El libro L’Adversaire, de Emmanuel Carrère, cuenta la historia de Jean-Claude Romand, un discreto funcionario de la Organización Mundial de la Salud que vivía en Gex, pequeña localidad francesa a 17 kilómetros de Ginebra, la ciudad donde ha trabajado durante 18 años, los mismos de su matrimonio. Salía todos los días laborales de su casa al trabajo con metódica puntualidad.

Una mañana de enero se levanta más temprano que de costumbre, mata a su esposa Florence y a sus hijos Antoine y Caroline, de tres y siete años. Camina a la casa vecina y en ella mata a sus padres. Después liquida al perro, prende fuego a las casas e ingiere un bote de somníferos.

Cuando sale del coma se ve rodeado de policías estupefactos. Romand no es médico, como se ostenta, y nunca ha trabajado en la OMS ni en nada que se sepa, no es quien durante años ha dicho ser. La mentira se había iniciado al no presentarse a su segundo examen de la carrera de Medicina, lo que no le dijo a nadie. Simuló estudiar, graduarse y conseguir trabajo en Ginebra.

Todos los días salía en el coche y llegaba a un estacionamiento solitario donde dejaba pasar el tiempo. De vez en cuando inventaba congresos y viajes y entonces se dedicaba compulsivamente a frecuentar sex shops y casas de masaje en Ginebra.

El escenario se derrumbó cuando una amante le reclamó el dinero que le había prestado. Romand vivía de una pequeña pirámide de inversiones financieras de contactos médicos toda envuelta en mentiras que debía colocarse supuestamente en Suiza al 18 por ciento de interés.

Antes de que su familia supiera la verdad del engaño, los mató a todos. Suprimir sus vidas y no destruirlas puede parecer hasta una acción piadosa, salvo por un serio error de concordancia: Romand no murió y recibió una larga condena. Habrá quien piense que es justo para que el remordimiento de su espantoso crimen lo torture con largueza, pero al sobrevivir el verdugo se rompe un sentido de equilibrio, de proporción.

Las cosas comienzan un día en un punto, y el de Romand radicó en un examen que no fue a presentar. ¿Por qué? No lo sabemos. Una causa plausible es la impreparación. Por debilidad de carácter no lo confiesa y toda la energía que existencialmente empleaba cambia de función: ahora se trata de aparentar.

Una parte principal del nuevo arreglo es aprender entonces a matar el tiempo, a dejarlo pasar sentado en el auto mirando hacia el vacío de una carretera. Moviéndose un poco entre tiendas de estaciones de servicio, Romand consume las horas y vuelve a casa, salvo cuando está en la otra pista oculta de su vida: la amante y las citas con los interesados en invertir por la tan alta tasa de interés que ofrece y que se va anunciando de boca en boca.

Dos o tres veces, a lo largo de los años, Romand decidió decirle la verdad a su mujer y darle un nuevo rumbo a su vida. Nunca lo hizo y una suma de mentiras se fue estratificando con otras. Acabó siendo imposible salir del laberinto: la ficción construida, la que no era nada, resultó predominante. Era como haber animado un mustio y atroz cadáver de irrealidad vuelta real.

Así que la amante pegó de gritos, amenazó con denunciarlo si no le pagaba un dinero que él no tenía y decidió concluir. Había calculado sin duda tantas veces, en las horas perdidas dentro del coche, cómo mataría a los suyos y terminaría él. ¿Se acobardó? ¿Cometió un lapsus suicida?

Para efectos de esta nota no se conocen las confesiones de Romand. Sus razones, si no las que lo llevaron a inmolar a su familia sí aquellas que explicarían la larga cadena causativa que comenzó una mañana con la ausencia a un examen, se ignoran. En dicha acción trivial, más bien en su no cumplimiento, está condensado un destino entero. Es una fecha púdica y secreta que pone en acción aquel mecanismo que no podrá volver atrás ni cambiar o corregirse. Una ciega fatalidad: posponer una y otra vez la confesión, la sinceridad de la verdad, volver a mentir.

Romand aprendió a ser paciente y abismarse en la monotonía durante sus años de simulación, en el océano del tedio del estacionamiento. Tampoco sabríamos qué estados de conciencia ha encontrado en esas horas eternas. Debe estar en su celda ahora siendo paciente y abismado. Continúa viviendo una doble vida, así esta vez ya no vaya ni venga para simular ser nada. Cuando se es alguien ¿para qué se necesita ser algo?

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