Elitismo para todos

Camarada Revueltas

¿Qué diría ahora ese austero, profundo y desolado gran escritor, sobre los veloces e inesperados escenarios críticos de estas horas en los que surgieron términos perentorios viralmente extendidos: crisis, renuncia, legitimidad?

En julio de 1950 La Voz de México, órgano oficial del Partido Comunista Mexicano, publicó un artículo que atacaba severamente dos obras recientes de José Revueltas: la novela Los días terrenales y la obra de teatro Elcuadrante de la soledad. Se trataba, decía el texto, de dos “trabajos” decadentes apegados al existencialismo, la filosofía más reaccionaria de la burguesía según su estridente descalificación.

Era ignorante, farisea y extraliteraria. Hoy ese anatema comunista debe leerse como un homenaje entonces inadvertido a la fuerza narrativa de Revueltas, a esa “imaginación justa” (la expresión es de Caillois) con que garantizó lo que escribía, fundada siempre en imágenes derivadas de un sistema de ecos lingüísticos,  de referencias de su mundo concreto y de su empeño político en él: la voluntad de voluntad para transformarlo según la ideología marxista.

En uno de sus reingresos al partido, Revueltas hizo una autocrítica en la que estaba la novela reprobada por los comunistas. Él mismo escribió que era desmoralizadora, desarmante del proletariado, calumniadora de los comunistas y predicadora de “la disolución y quiebra de todos los valores”. Otra manera de decir que era una gran novela.

Cuando fue detenido en 1968 como uno de los líderes del movimiento estudiantil reivindicó en su declaración ante el fiscal sus ideas revolucionarias y sus convicciones políticas. Tanta dignidad ética, coherencia propia de grandes hombres y por eso tan inusual, correspondió a su profunda indiferencia y aun descuido para la recepción de su obra. Pocos autores como él —quizá ninguno— tan ajeno a la promoción circulante de la obra. Nunca fue el mendigo desdeñoso de Unamuno y por ello tuvo la mala suerte, el mal karma literario de aquellos autores que no saben o ni siquiera piensan en promoverse y publicar.

Hay quien considera que esta conducta obedeció a la modestia. En primera instancia sí. Una indiferencia sapiencial en los frutos de la acción (salvando el imaginario universo utópico marxista) actúa en Revueltas, un santo laico no por arrobo sino por estar atento y concentrado en otros fines. Uno principal, su empleo de la literatura para retratar el drama trágico de los seres humanos en contextos de opresión, extrañeza, necesidad, desencuentro. Hasta su muerte, las dos pasiones intensas del escritor, sus dos servidumbres permanecieron: la escritura y la política. Ninguna anuló a la otra o la volvió estéril.

En El luto humano escribió: “Fui parte y factor, y el vivir me otorgó una dignidad inmaculada, semejante a la que puede tener la estrella, el mar o la nebulosa. Si tarde lo entiendo, este minuto en que se me ha revelado es lo más solemne y lo más grande; inclino la cabeza sobre mi pecho: mi corazón es una bandera purísima”.

¿Qué diría ahora José Revueltas, ese austero, profundo y desolado gran escritor, sobre los veloces e inesperados escenarios críticos de estas horas en los que surgieron términos perentorios viralmente extendidos: crisis, renuncia, legitimidad, pues casi tres décadas de neoliberalismo corrupto e impunemente mexicano estallan —así sea en el lenguaje— catalizando el descontento, el hartazgo, el empobrecimiento y la inseguridad de la gente hasta entonces resignada y silenciosa que se encontró en el horror y la repulsa de Ayotzinapa? Dos países se confrontan cuando se sabe que en Bellas Artes hay una profusa y refinada exposición en homenaje a Octavio Paz por su centenario, pero que el de Revueltas se pensó festejarlo (a saber si se hizo) en la estación Bellas Artes del Metro capitalino —no puede ignorarse que Paz también fue digno en 1968 y, sin duda, lo sería esta vez.

Destinos dispares, se dirá. Tan dispares como los empolvados y retóricos representantes del gobierno discutiendo, en un incómodo formato impuesto, con los jóvenes alumnos del Politécnico que los arrinconan empleando otra lógica y otra forma de la enunciación. Las instituciones y las burocracias yéndose al diablo desde hace tiempo porque son parte del mismo problema que deben remediar.

El asunto es tan crítico como complejo: cambiar las vías del sistema sin interrumpir el paso de los trenes. Una catarsis que inicie la entrada a un nuevo proceso nacional. Todo comienza en un punto y con una acción. Pero las oligarquías responsables, formales e informales, no entienden que no entienden. Ya se verá.

fmsolana@yahoo.com.mx