Elitismo para todos

Buenas noches, tristeza

Tristes días los de estos días. La Condesa se degrada y el crimen la conquista, Colombia se niega a pactar la paz con la guerrilla y Luis González de Alba se suicida de un tiro en las vísperas de un dos de octubre cuarenta y ocho años después de aquel día.

Los detonadores de la memoria son abundantes, insospechados. Entre ellos está la muerte de quienes conocimos, de quienes incurren antes que nosotros en la terca costumbre de morir que suele tener la gente.

Una mañana sonó el teléfono de la redacción. Luis González de Alba reclamaba furioso por un artículo recién publicado en el suplemento semanal donde se reseñaba una promiscua y casi orgiástica noche de sábado en su bar gay El Vaquero. Enrique Mercado firmaba el artículo, pero yo era uno de los editores del suplemento y la llamada, mucho más que conminativa, iba directamente para mí.

Discutimos con una aspereza que el uno del otro ya conocía. Yo negando que hubiera dolo o mala intención al publicarlo, él asegurando que sí. Mi ignorancia de esos lugares y mi desinterés por ellos, sin objetar nunca su pleno derecho a existir, me descalificaban para saber si efectivamente sucedía lo que el colaborador había descrito. Luis gritaba que era una maligna exageración y podría desembocar en una clausura.

El desencuentro se saldó como suelen saldarse esos desencuentros: desvaneciéndose. Habremos vuelto a vernos todavía algunas veces más. No sé si nos simpatizábamos. Puedo creer que no. Sin embargo también recuerdo abundantes risas en común, claridosidades irónicas y brillantes textos lapidarios, lo mismo que cultura compartida y vuelta vida diaria en un intelectual que sí supo traducir griego y hablar latín.

Hace años un hombre que llevaba cinco dogos llegó de madrugada al Parque México y los azuzó frente al estanque de los patos. Las bestias hicieron una carnicería que el hombre observó a la distancia. Luego se marchó y no volvió a saberse de él ni de sus depredaciones. La acción quedó como una herida anunciante o una fecha secreta, una anticipación brutal de lo que a continuación vendría: el asalto gradual de la inseguridad, de la barbarie y el deterioro.

Surge así otra forma de la memoria en estos momentos tristes de la época triste, advertida por los jainas en profecías que corren desde hace cientos de siglos y han sido dichas literalmente: la época triste-triste. Esa forma contiene los cantos de una nostalgia íntima aunque no reaccionaria porque no son de reacción sino de lamento por la antes plácida y vecinal colonia Condesa, secuestrada ahora por restaurantes y antros que atrajeron narcomenudeo y crímenes varios, descomposición social y violencia, zozobra y malestar para quienes viven ahí.

Aquellas épocas del Parque México en los felices años sesenta, cuando el camión del colegio pasaba de mañana y a él subía Guido, el hijo de un perfumero italiano, llevando un fragante pañuelo bañado en los aromas que comerciaba su padre, y más adelante lo hacía Prendes, con su mirada encendida, y luego otros más. ¿Para qué recordar todo eso, la oscura desbandada de la existencia? ¿O las bicicletas que se alquilaban en un fantástico negocio de la esquina de Avenida México con Sonora y los recorridos épicos en el parque, por sus puentes y atajos, descubriendo los múltiples, inesperados puntos de espacio y tiempo, como si en ellos se multiplicara un aleph de perspectivas caleidoscópicas, de sorpresas encantadoras, de simples y asombrados placeres infantiles?

Y al final, pero no al último, Colombia, que por un estrechísimo margen y con una rotunda abstención vota “No” al acuerdo de paz con su guerrilla histórica. Gana el mezquino Uribe al perspicaz estadista Santos, gana la irracionalidad dirigida, la permanencia administrada de la inestabilidad política y social, de una guerra que beneficia solo a sus hipócritas detractores, formalistas interesados en que el fratricidio continúe mientras ellos apelan a una justicia ideal.

Albert Camus afirmó que la única cuestión filosófica a considerar era la del suicidio. Una de las alternativas ante ello era la de Sísifo: amar el atroz destino que le fue impuesto por los dioses sin justificarlo ni racionalizarlo, solo transfigurándolo a través de la aceptación de esa agobiante piedra inútil de la vida que debe llevarse hasta la cima una y otra vez. La otra opción, simple y descarnada, radicaría en marcharse voluntariamente de un escenario lleno de ruido, furia y sinsentido.

A escoger.

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