Elitismo para todos

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Legalizar las drogas, comenzando por la mariguana, no es el experimento social que algunos piensan, sino al contrario: lo ha sido la prohibición.

Cierta tranquilidad reinaba en el panorama cultural existiendo Pacheco: quizá su templanza literaria, ese su justo medio de perfección alcanzada, y su comportamiento amable y generoso entre navajeros del ego lo hacían un referente objetivado, concreto. Imaginario, sí, todo es imaginario. Pero actuante en una psique común. Una vez más: lección de impermanencia.

Lacan afirma que el sitial está vacío y que ese es el problema de la época: la legitimidad de la autoridad. Autoridad legítima, autoridad ilegítima, no autoridad. Aun en tiempos tan arbitrarios y amorales como los nuestros, una zona de lo real sigue sosteniendo el valor ético del viejo precepto cervantino: nadie es más que otro si no hace más que otro. Y tal es la verdadera autoridad. Así no se sepa, pues se trata, entre otros, de poetas, los legisladores secretos de la humanidad, como dijo Shelley, poeta.

¿Cómo pasar de eso a las autodefensas? Pasando. Es un fenómeno extraño, vuelto del todo mexicano. La autoridad dice que los absorberá, mientras tanto marcha a su lado. Las armas de esos grupos han salido de quién sabe dónde: armamento pesado. Ya se han contradicho entre ellos: el doctor Mireles, primer líder visible de la insurrección regional, afirma que los miles de millones destinados a Michoacán por el gobierno federal desviarán un porcentaje al crimen organizado. Un comandante autodefénsico emergente, Papá Pitufo (sic), desautoriza al otro y afirma que dejará de ser vocero del movimiento. Una senadora es imputada de tener relación con los templarios criminales: las fotos de las redes sociales la denuncian. La sociedad michoacana no es consultada para diseñar el plan tecnocrático gubernamental de un rescate que le atañe, propuesto por el mismo tipo de pensamiento que provocó el hacerla llegar hasta esta situación. Salvo posibles avances al respecto en la Asamblea Legislativa de la capital, el tema de la legalización de la hierba, aludido permisivamente hasta por Barack Obama, es otro de los pendientes nacionales mediáticamente silenciados. Pensar que el robótico Peña Nieto atenderá el asunto —presente en países, legislaciones, movimientos públicos y médicos, incontables actos empíricos individuales y de grupo, series televisivas y películas— es como creer que este gobierno entreguista podría oponerse a la política ancilar y esclava de intereses trasnacionales que lo caracteriza como caracterizó a los anteriores.

La consulta del Tarot hecha por Jodorowsky para México concluye diciendo que se trata del país que se crucifica a sí mismo para dar lugar a un nuevo momento global. La inmolación nacional ya está en curso y se necesitan una catástrofe mayor o un gobierno cesarista autoritario para suprimir a las clases criminales. La guerra de las drogas no fue, en su origen, más que una decisión impuesta al país por los cálculos geopolíticos nixonianos. Ahora esa guerra es nuestra y no tiene para cuántas generaciones terminar.

Legalizar las drogas, comenzando por la mariguana, no es el experimento social que algunos piensan, sino al contrario: el experimento social ha sido la prohibición. Dictada desde el siglo XIX por los mismos intereses, anglosajones en su origen, que han monopolizado la industria mundial de la droga, siempre ilegal y vinculada al poder político y a las finanzas, los motivos prohibicionistas han sido todos cristiano-moralizantes, meras racionalizaciones que esconden otro factores: la tutela moderna del Estado leviatánico sobre el individuo, la inocultable simbiosis entre la política y el delito, el temor social atávico al reconocimiento y tolerancia de los estados alterados de conciencia que las drogas logran, el material tremendista necesario para los contenidos de la semiótica social del miedo.

¿Cuáles son las causas de este creciente avance hacia la despenalización de la mariguana? ¿La evidencia y el sentido común? ¿El reconocimiento parcial del fracaso de la guerra dictada por el imperio? ¿Una autocorrección estratégica todavía posible en el sistema mundo contemporáneo? ¿Un cálculo de ingeniería social entre un porcentaje no mayor a 10 por ciento del total de la población como máximo, los consumidores de hierba? ¿Una absorción de flujos monetarios hasta hoy informales?

Quizá todo eso o una inercia positiva que se mueve como un inconsciente cultural zigzagueante en la historia. El extenso alcance práctico y simbólico de la legalización de la droga será una restitución de la libertad. A veces la historia transcurre por el lado correcto, aun inesperado.

fmsolana@yahoo.com.mx